CAPÍTULO 7. WELLINGTON #2
—Hace casi dos años que no sé dónde está, ni si está bien o mal. No soportó esta vida de restricciones y un día dejó de llamar. Desapareció. No pudimos denunciarlo por motivos de seguridad y, aunque tuvimos miedo de que lo hubieran secuestrado, nunca nadie pidió un rescate. Jamás supimos nada.
No sabía que decir. No era propensa a hablar cuando no tenía claro lo que quería comunicar, así que estuvimos un momento en silencio.
El cansancio empezó a revelarse y tras varios bostezos, mi tía me ordenó ir a descansar en contra de mi voluntad.
Teníamos aun muchos temas que tocar, las horas pasaban como minutos y, aunque quise mantenerme despierta para saborear un poco más todas las emociones que estaba sintiendo, en cuanto me recosté, me dormí profundamente.
—Mía, son las siete y cuarto. Vamos a desayunar y a arreglarnos—susurró mi tía acariciándome la cara para despertarme—. Vamos a ir a la bahía.
Salté de la cama como un resorte.
—¡Pensé que no podríamos salir! —dije ilusionada.
—No estaba en el plan, pero Frank lo ha autorizado.
—¿Frank? —repetí.
—Frank Ferguson. Creo que le conociste no hace mucho.
—Sí —contesté nerviosa—. ¿Tú le conoces?
—Sí —estuvo a nuestro cargo al principio, antes de ser el coordinador de agentes y director de la unidad.
No sé si fue mi sonrisa o mis ojos los que me delataron.
—Sí que lo es —dijo mi tía con disimulo.
—¿Qué es, qué? —pregunté ingenua.
—Un hombre muy atractivo —me susurró al oído.
Abrí mucho los ojos y me reí sin querer. Y aunque sus ojos verdes y sus varoniles manos atravesaron mi pensamiento, recordé que era posible que en esa sala estuvieran escuchando u observando.
Desde el coche me deleitaba con todo, hambrienta de registrar en mi cabeza cada rincón de aquella isla.
Era alegre, prolífica, soleada y húmeda al mismo tiempo.
El intenso verde de las montañas contrastaba hermosamente con el azul del mar.
Solo la playa y las vías del tren pegadas a ella nos separaban del precioso océano que bañaba la costa salpicando el horizonte de islotes y acantilados.
A través del cristal la gente se movía despreocupada.
Grupos de personas interactuando entre ellos como si nada.
Sonreí a mi tía y en ese momento, viajando en automóvil, con tres personas más por una carretera transitada por más vehículos, me sentí normal.
Fue sensacional. Disfruté en silencio de aquello y tras un rato alejándonos de la ciudad, paramos en una explanada cerca de unas rocas negras que emergían torcidas y aristadas del agua donde rompían las olas llenándolas de espuma blanca. Era poético.
—¡¿Podemos bajar?! —pregunté ansiosa por hacerlo.
—Sí. Tenemos unos cuarenta minutos —contestó Julia mirando su reloj—. Nosotros esperaremos aquí. No os alejéis demasiado y cuidado con los leones —añadió.
—¿Los leones? ¿Qué leones? —pregunté con una risa nerviosa mirando a mi tía.
En seguida aprecié unos sonidos broncos y repetitivos que provenían de detrás de los muros de roca. Me acerqué casi corriendo hacia ellos. ¡Eran leones marinos! Una colonia de preciosos e imponentes leones parecía esperarnos al sol para mostrarnos su belleza.
—¡Que pasada!¡Es alucinante! —dije eufórica corriendo hacia ellos— ¡Y que olor! —añadí al momento riendo y tapando mi nariz.
Mi tía acudió justo detrás de mí. Por increíble que me pareciera, estábamos solas en aquel lugar de ensueño.
Nos sentamos en el suelo pedregoso observando a aquellos magníficos animales.
Sentía el viento en mi rostro, escuchaba el sonido del mar, observaba aquella panorámica una y otra vez y guardaba silencio.
No era capaz de expresar todo lo que estaba experimentando, era tan bonito que se me escapaban las lágrimas.
Mi tía me miraba cómplice, sé que me entendía y que verme así, también le hacía feliz.
Acarició mi pelo, pero no dijo nada. Solo cuando ya habían pasado casi veinte minutos, me ofreció dar un paseo por la orilla.
Nos alejamos de la colonia de leones hacia aquella montaña verde que emergía del mar.
Tras ella, tres más y después lejanía y cerros que se desdibujaban en la distancia.
—Mía, en casa pueden escucharnos —dijo sin darle importancia—. Si quieres comentar algo en privado, busca estos momentos, ¿vale?
—¿También pueden vernos?
—Creo que sí. Salvo en el baño, pueden ver todas las estancias. Al menos antes era así.
—¿Cómo lo soportas? —pregunté a bocajarro.
—Por vosotros cariño —respondió solemne—, por nuestra familia, por tu madre y tu hermano, por mi hijo, por Eric... Por la humanidad —concluyó mirando al infinito.
La abracé. Todos éramos víctimas de la investigación de mis padres.
A veces me preguntaba si valía la pena. Era un precio realmente alto, un sacrificio enorme para mucha gente.
Por primera vez lo entendí, no era solo su vida, ni la de mi padre, mi familia o la mía.
Eran muchas vidas más. La de Julia, la de Héctor y el resto de los agentes de la unidad que dirigía Frank Ferguson, incluido él y las instituciones, organismos o quienes quiera que estuvieran detrás de ellos y de nuestra protección y mecenazgo.
Todos éramos distintos. Ninguno llevaría jamás una vida normal, nos sacrificaríamos por un bien mayor.
Sentí gratitud y pertenencia al grupo. Éramos un equipo.
Ser consciente de ello me dio más fuerza, ganas de seguir luchando por el grandioso objetivo de curar enfermedades como el Alzheimer, demencias y otros tipos de trastornos cerebrales.
Además, con terapia génica podríamos paliar síntomas que desencadenarían, de otro modo, otros trastornos como depresiones, ansiedad o dolencias similares que afectarían a la calidad de vida de más de la mitad del mundo.
Cientos de millones de vidas mejoradas. Quizá miles de millones.
Era irrechazable. En realidad, era un honor, un privilegio.
A lo lejos vi a Julia levantando una mano. Sin duda era la señal de que debíamos volver.
—Ha sido espectacular. Gracias por traerme aquí —dije entrando al coche.
—Creímos que te gustaría —contestó Julia amable—. Ahora iremos al Mount Kaukau, así que espero que hayas cogido fuerzas.
A Julia le gustaba anticipar lo que íbamos a hacer o como debía actuar frente a ello.
¿Fuerzas? Subiendo a la cima, supe a lo que se refería.
Interminables escaleras y angostos senderos escarpados llevaban a lo alto del Kaukau, donde nos esperaban dos agentes con un picnic que me pareció tan increíble como aquellas vistas.
Tratando de recuperar el aliento, giré 360 grados percibiendo casi toda la isla.
El mar, la ciudad, el puerto y varias cordilleras se apreciaban desde la cumbre, y como si de otro agente se tratara, una enorme torre de telecomunicaciones vigilaba el entorno.
Aprovechamos aquel sol para reponer energías.
—¿Visitaremos la ciudad? —pregunté con la vista puesta en ella.
—No creo que hoy podamos hacerlo —dijo Julia.
No podía negar que deseaba visitar las calles de Wellington o de cualquier otra ciudad del mundo.
Mezclarme con la gente como una más. Esperar una fila, sufrir un empujón, conversar con un desconocido.
Eran sueños para mí, fantasías, pero el día había sido precioso y estaba más que satisfecha con él.
Adoraba la sensación de desconocimiento que me provocaba ese lugar.
Todo era nuevo. Al llegar a la residencia, sin embargo, en la puerta esperaban dos agentes que dejaron de conversar al vernos bajar por la escalinata.
Uno era Tom, el adusto piloto de nuestros vuelos y el otro, ¡Frank Ferguson!
Julia y Héctor se sorprendieron por su presencia y pude observar cómo se cuadraban ante él de manera involuntaria e intensificaban su distancia y seriedad.
—¿Cómo estás, Mía? —preguntó clavándome sus ojos verdes como si pudiera averiguarlo con una mirada—. Espero que estés disfrutando del viaje —añadió después con media sonrisa.
Me ponía tremendamente nerviosa, su mirada provocaba una subida evidente de mi temperatura que ruborizaba mis mejillas.
Era inútil tratar de disimularlo, incluso mi pierna comenzó a temblar de nuevo en aquel mismo lugar, y, en previsión de que también lo hicieran mis manos, las escondí en los bolsillos de los pantalones vaqueros levantando un poco los hombros.
—Hola, Sr. Ferguson —alcancé a decir tras un suspiro furtivo que me hizo sentir tonta del todo.
—Llámame Frank, Mía.
—Frank —repetí tímida evitando su mirada y tratando de pausar el latido de mi corazón que se debocaba.
—He hablado con Eric. Nos llamará a las ocho en punto. Mía, si te parece —dijo mirando también a mi tía— puedes refrescarte un poco y acudir a la sala 3 para la videollamada una hora antes. Quiero hablarte de algo.
No podía esperar. Ese “si te parece” excluía a mi tía que, en el ascensor, se colocó junto a mí detrás de los agentes que nos acompañaban al apartamento.
Repasamos entusiasmadas el increíble día que habíamos tenido, pero antes de lo esperado, vinieron a buscarme para esa reunión que me enervaba tremendamente.
Dudaba si sería capaz de hablar con calma, debía disimular lo que me provocaba y eso me ponía todavía más nerviosa.
Deja de fantasear me repetía mentalmente, pero era superior a mí.
—Mía, pasa por favor —dijo Frank en tono cortés mientras retiraba una silla de la mesa para que pudiera sentarme—. Es todo Julia —añadió con seguridad.
Eran solo las siete y diez.
—Tú padre llamará a las ocho, pero he querido verte primero para explicarte algunas cosas. Espero que no te parezca mal.
—No, no. Me parece bien —respondí mientras aguardaba que él tomara la iniciativa—. Muy bien.