CAPÍTULO 7. WELLINGTON
E n nuestra marcha, no pasamos por la ciudad, lo que me apenó momentáneamente, hasta que por fin llegamos a un recóndito paraje donde aprecié un vallado semi escondido que moría en una garita custodiada por cuatro guardias armados.
Héctor entregó una documentación que sacó de la guantera y, tras unos segundos de comprobaciones e indicaciones, levantaron la barrera.
Nos adentramos en una carretera flanqueada por majestuosos árboles que no reconocía.
Todo era muy verde, realmente frondoso y distinto a lo que estaba acostumbrada.
Al fondo, una rotonda con un poste de madera tallada con caras muy expresivas, apiladas verticalmente. Parecían asustadas o quizá enfadadas.
—Es un Pouwhenua —comentó Julia—. Lo usaban los maoríes para señalizar territorios o lugares de importancia. Este es decorativo —añadió anulando la pregunta que tenía preparada.
—Es bonito —afirmé, sabiendo que Julia no era muy propensa a la conversación.
A escasos metros del Pouwhenua, a la derecha, llegamos a una enorme puerta de anchas lamas verticales de madera oscura.
Tras detenernos un momento, se deslizó lateralmente.
Tenía el pulso disparado. El camino en vehículo se desviaba a la izquierda y una fuente que precedía a una escalinata descendiente, daba la bienvenida a los peatones.
Todo era realmente lujoso, aunque sobrio, salvo por la magnífica vegetación que rodeaba la casa y espesaba el jardín.
Me pregunté a qué se dedicaba mi tía. Creí que mi padre comentó que era profesora, y Julia había dicho que íbamos directos a su casa, pero ese nivel, me parecía excesivo para cualquier profesión “normal”.
Dejé la duda pasar y cogí mi maleta esperando a que Julia y Héctor hicieran lo propio mientras trataba de disimular el golpeteo involuntario de mi pierna contra el suelo.
Rodeamos la fuente y bajamos por la escalera que nos llevó a la imponente puerta de entrada.
Tenía dos hojas de madera de raíz con un extraordinario dibujo moteado en color negro y avellana.
Por lo menos tenían tres metros de alto y se sujetaban en un marco de vigas metálicas con pernos visibles, seguidos por una pared de cristal que acababa en los muros de hormigón visto que estructuraban la casa.
Antes de que pudiéramos llamar, de una de las cámaras que vigilaban el acceso, se oyó una voz que nos instó a adentrarnos hasta el ascensor.
Un vestíbulo de hormigón igual al exterior se abría a la derecha, dando paso a un ascensor de gran tamaño que custodiaban otros dos guardias y que abrieron tras introducir un código.
Nadie dijo nada. Solo un leve movimiento de la cara bastó como saludo.
Aquello no era el lugar que había imaginado, era más como la sede de alguna organización importante.
Era enorme, frío, incómodo. Subimos en el ascensor y a través de sus paredes de cristal pude contar cinco plantas.
Nos detuvimos en la segunda en la que de nuevo una sempiterna figura de vigilancia nos recibió y guio a través de un escueto pasillo hasta otra gran puerta.
—Mía, puedes pasar. Te quedarás aquí hasta mañana. Nosotros estaremos en el apartamento contiguo y volveremos a por ti a las ocho en punto —dijo Julia en tono formal.
—¿Mi tía está dentro? —pregunté ansiosa.
—Sí—confirmó con una sonrisa— Te espera al otro lado.
—¡Gracias! Hasta mañana—añadí invadida por la emoción.
Tras la puerta blindada había un pequeño salón con un sofá y una mesita enfrente de un televisor y más allá una mesa redonda de comedor con cuatro sillas al lado de una ventana pasaplatos que supuse provenía de la cocina.
Escuché unos pasos acelerados por el pasillo que entendí daba a las habitaciones.
—¿Mía? ¡Mía! ¡Dios mío, estás aquí! ¡estás aquí! —repetía mi tía mientras me abrazaba, besaba, alejaba para verme y volverme a abrazar a la vez que lidiaba con los cientos de lágrimas que inundaban su cara.
Estaba tan emocionada como yo, aunque ella era mucho más efusiva.
—¿Qué tal el viaje? Estarás muy cansada… ¿Y tu padre? ¿Como está Eric? Dios mío, tenemos tanto de que hablar.
—Sí, ¡quiero preguntarte tantas cosas! —dije por fin encontrando el hueco para expresarme.
—Tu padre llamará en una hora, así que tenemos un ratito para hablar. ¿Quieres beber algo? ¿Tienes hambre?
Era más apasionada de lo que pensaba, supongo que los nervios intensificaban sus expresiones y no era para menos, hacía demasiado que no nos habíamos visto en persona, y su vida tampoco debía ser fácil.
Yo había nacido en este ambiente extraño, pero ella un día fue una persona normal.
Sentía inevitablemente pena por ella, ternura, pues sufría sin queja alguna las extraordinarias consecuencias del trabajo de su familia.
—Un poco de agua es suficiente, tía.
No hizo caso, había previsto te helado, refrescos variados y unas patatas fritas y aceitunas para picar antes de que nos subieran la cena. Quería dar un ambiente de normalidad a mi visita, pero era algo difícil.
—¿Vives aquí? —pregunté observando a mi alrededor.
Era un lugar pequeño y prácticamente vacío. Pero lo más llamativo, eran aquellas paredes desnudas de hormigón con unos ventanucos altos que, aunque dejaban entrar la luz, no permitían ver el exterior.
—Hacía mucho que no —contestó forzando una sonrisa—.
Cuando tú padre y tú madre comenzaron a trabajar juntos, llevábamos una vida bastante normal.
Tenía un apartamento con vistas y decoración—añadió guiñándome un ojo— Una casa algo más cálida que esta, pero entonces, conocí a Kellan y todo cambió.
—Sé lo que pasó —apunté mientras le cogía de la mano.
—Después, vivimos aquí casi doce años. Con diferentes medidas restrictivas según el nivel de alerta. Lucas se fue a Suiza y yo me mudé a un piso a las afueras, vigilado, claro. Y desde hace unos tres días, convinimos en que, dada tu visita, esta sería la ubicación más segura.
Recordé la ausencia de Lucas.
—Debe ser duro vivir aquí.
—En realidad hay cosas peores. Esto está bien equipado, pero no puedes salir.
—¿No podremos salir? —pregunté con sorpresa y apenada.
—Creo que hay algo planeado. Pero, ya sabes…
—Si, es peligroso —añadí seria.
—Eso es.
—Tía, vi a Kellan. Hace once años.
Guardó silencio. Su sonrisa era difícil de comprender.
—Esa parte sí fue dura. Creí haber encontrado al amor de mi vida y…
Todo era mentira. Nunca existió —dijo melancólica—.
No para él. A mí, me dejó un hijo que desapareció sin dejar rastro, y un corazón devastado, pero a pesar de todo, les recuerdo cada día.
Durante un tiempo, fue como vivir una fantasía.
Después… Una pesadilla —susurró—. Pero, dejemos de hablar de mí, cuéntame cosas tú.
—¿Yo? Pues a parte del trabajo en el laboratorio, no he hecho mucho más que estudiar en toda mi vida... Esta es mi experiencia memorable— sonreí sintiéndome verdaderamente afortunada de estar allí.
—Mía, tu vida y la de tu padre serán memorables. Saldréis en los libros de ciencia del futuro. Estáis cambiando el mundo. Estáis haciendo historia.
—¿Qué es una vida frente a siete mil quinientos millones? —pregunté irónicamente.
—Eres una mujer increíble, cielo —añadió mientras me daba otro abrazo.
El sonido de una videollamada nos interrumpió. Mi padre se había adelantado. En la pantalla observé el salón de mi casa y añoré su calor. Aquel, a pesar de todo, era un hogar.
—¡Papá! —dije emocionada—¿Cómo estás? Ya estoy con la tía y todo está bien.
—¡Hola, cariño! ¿Cómo están mis chicas favoritas? —preguntó con evidente emoción también.
—Bien. Esto es algo diferente a lo que había imaginado, pero estamos muy contentas. Muy felices de estar juntas por fin. Y espero que mañana podamos hacer algo de turismo—añadí titubeante.
Cada vez que hablaba de hacer alguna actividad normal, ambos se miraban sin articular las palabras que yo podía imaginarme. Eran palabras de preocupación, aunque no estaba segura de sí significaban también prohibición.
—Julia os dirá el plan —contestó por fin—. Pero ya sabes que…
—Lo sé papá. Obedeceré a lo que me digan. Solo con estar aquí ya ha merecido la pena el viaje. No necesito nada más.
Hablamos un rato largo. Incluso contaron anécdotas de su juventud que no conocía.
Recordaron a mis abuelos y a los suyos y también a mi madre.
Ella y Mía eran grandes amigas, estudiaron juntas en la Universidad y por casualidades del destino, después coincidió con mi padre en su primera investigación.
Sonaba todo a preciosa normalidad, a familia. Me encantó.
Unos golpes en la puerta confirmaron que nuestra cena estaba lista.
Un carrito con dos coloridas ensaladas y unos humeantes lomos de pescado horneado con patatas acompañados de una cesta de pan con pastillas de mantequilla, esperaban fuera.
Lo dispusimos en el comedor, y de la nevera trajimos agua y una botella de vino blanco.
Solo lo había probado una vez con mi padre la pasada navidad, pero me agradó su sabor dulce y afrutado.
Nuestra conversación iba y venía de un tema a otro como una pelota de goma rebotando contra la pared sin trayectoria definida.
Y sin llegar al postre habíamos terminado el vino.
Mi tía se levantó y abrió otra botella entre risas.
“Hay mucho que celebrar y ninguna solemos festejar nada” dijo mientras rellenaba las copas.
—Carpe diem, pequeña Mía —añadió justo antes de brindar.
—Carpe diem —contesté—. Te quiero —añadí mirándole a los ojos inmensamente feliz.
Nuestra conversación se alargó en el sofá varias horas más. Entendí que aquella residencia era un centro de protección de personas de alto riesgo. Mi tía lo era en cuanto que su vida podría suponer una valiosa baza para Kellan y sus intereses.
—¿Qué ocurrió con Lucas? —pregunté al hilo de la conversación.