La verdad imposible CAPÍTULO 6. EL MUNDO. #3
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CAPÍTULO 6. EL MUNDO. #3

Julia advirtió que el anillo me estaba molestando debido a la hinchazón de mis manos.

Y me aconsejó moverme por la cabina y realizar unos ejercicios para revertirla.

Todavía quedaba mucho viaje, apenas llevábamos ocho horas de vuelo y serían más de treinta.

Era la primera vez que estaba tanto tiempo sin hacer nada, y aunque tenía la mente ocupada en mil elucubraciones, el trayecto empezaba a hacerse pesado y la conversación brillaba por su ausencia.

Percibía que Julia, Héctor y el otro piloto, al que no me habían presentado, no querían o, no debían, intimar mucho conmigo.

Era comprensible, yo era “trabajo” para ellos.

Uno delicado, además. En la octava vuelta al pasillo del avión, me acerqué a la cabina.

​ —Hola, soy Mía —dije dirigiéndome al otro piloto.

​ —No puedes estar aquí —se limitó a contestar mirando intensamente a Héctor para que me devolviera a mi sitio.

​ —Lo siento, no quería molestar.

​ —No pasa nada, Mía, vamos a tu asiento—dijo Héctor.

Se levantó de su sitio para acompañarme mientras el desconocido piloto siguió sin articular gestos ni palabras. Era un tipo serio, desde luego, que no tenía ningunas ganas de verme ni la cara. Ni siquiera se giró a echarme una ojeada. Nada. Pensé que era bastante huraño.

​ —Supongo que tiene un mal día —pensé en alto para que todos lo oyeran—, pero aun así tendrá nombre —añadí insistente.

—Se llama Tom. Es un... Tipo serio—dijo Julia intercambiando miradas con Héctor.

Me limité a subir las cejas en señal de resignación.

​ —Mía, Tom necesita concentración. Estamos tratando de volar sin ser detectados —añadió Héctor en un intento de disculparle.

​ —Eso es imposible. Cualquier radar nos puede localizar —afirmé.

​ —Un radar primario sí podría localizarnos, pero no identificarnos. Para los secundarios ahora mismo no somos visibles. Pero estamos en el aire. Con muchos más aviones —aclaró.

​ —Entiendo —dije sincera asintiendo— no debo molestar a los pilotos. No volverá a ocurrir. Disculpadme.

Desde mi sitio eché un vistazo a Tom. Seguía impasible en su asiento, concentrado en el horizonte y en la multitud de pantallas que le rodeaban.

Tenía el rostro anguloso, con la mandíbula y los pómulos muy marcados, de forma armónica.

La sombra de una oscura barba cerrada se adivinaba en sus mejillas.

Llevaba el pelo muy corto. No pude verle los ojos, mi parte favorita y, una vez más, los de Frank Ferguson se presentaron sin previo aviso.

Ese hombre, al que había visto escasos minutos, aparecía últimamente en mi cabeza sin ser invitado.

Era el jefe de todos ellos ¿Nos estaría observando ahora mismo? ¿Podría escucharnos? Era muy probable.

Me recosté en mi butaca y dirigí mi atención al laboratorio, una sonrisa se dibujó en mi boca al pensar en mi padre y deseé llegar pronto a destino para poder llamarle, pero incluso concentrada en otras cosas, la mirada de Frank se colaba en mi mente.

Sus manos. Su voz manifestando su placer al conocerme en persona.

Me ruboricé y cerré los ojos tratando de esconder mi nerviosismo, disfrazarlo de inconsciencia, pero era muy consciente de ello y de lo que me producía.

Deseaba verle. En realidad, deseaba más que eso.

En mi intimidad había imaginado sus manos en mi cuello, sujetando mi cara desde la base, acercándola a sus labios…

Tenía que dejar de imaginar esas cosas. Me reprendía por hacerlo, pero a la vez era tan excitante y desconocido.

Nunca me había sucedido antes y estaba tomando una fuerza ilógica e irrefrenable.

Me desgradaba no ser capaz de controlarlo, pero a la vez me enloquecía.

​ —Mía, vamos a aterrizar para repostar, abróchate el cinturón.

​ —¿Dónde estamos? —pregunté adormilada obedeciendo la orden de Julia.

​ —Aún queda trayecto, tranquila. Aprovecharemos para cenar en tierra—contestó sin responderme.

Todo era bastante incierto, impreciso. Las respuestas de todos, las evasivas, el directo bloqueo de Tom.

Sinceramente esperaba poder hablar con mi tía, en otros términos.

Ahora mismo mi cabeza era bastante más entretenida que la realidad que tanto ansiaba vivir, aunque era cierto que el viaje solo acababa de empezar.

Tomamos tierra una vez más antes de llegar a nuestro destino.

El cansancio acumulado se desvaneció por completo al aterrizar cerca de Wellington, donde a pie de pista nos esperaba un coche negro.

Solo Julia, Héctor y yo subimos a él. Tom descendió del avión cuando arrancamos y se dirigió hacia el hangar sin siquiera dedicarnos el vistazo que yo alargué un poco más de lo debido.

Era alto, fuerte y ¿cojeaba?, entrecerré los ojos tratando de mejorar mi enfoque perjudicado por el inicio de la marcha, pero no pude apreciarlo con claridad. Sonreí a Julia que estaba mirándome.

—Vamos directos a encontrarnos con tu tía. Hoy descansaremos. Esas son las órdenes.

Órdenes, misión… Parecía que estuviéramos en una batalla. Me sonaba extraño, pero casi todo lo era. Hasta el coche tenía el volante en el lado contrario. Decidí no pensarlo y seguir disfrutando de la ilusión que explotaba en mi pecho cada segundo.

—¿Podré llamar a mi padre? —pregunté ansiosa.

—Está previsto hacerlo a lo largo del día, sí.

—De acuerdo —asentí contenta.