La verdad imposible CAPÍTULO 6. EL MUNDO. #2
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CAPÍTULO 6. EL MUNDO. #2

Oír su apellido me sonrojó una vez más. Quizá había pensado en él un poco más de lo debido y seguro que de una manera indebida, pero mis pensamientos eran míos, y los dirigía a donde yo quería.

Esa idea reafirmó la importancia de nuestro proyecto.

No podíamos permitir jamás que un pensamiento no fuera voluntario, personal e intransferible, y mi expresión cambió por un momento.

¿Era egoísta por irme? ¿Debía hacerlo? Dudé, pero recordé que eran apenas un par de semanas, solo unas vacaciones. Me las merecía, las necesitaba.

—Hola, Julia —sonreí—. Soy Mía.

—Lo sé —contestó condescendiente— Seré tu hermana mayor.

Te he preparado un dossier explicativo —lo abrió—.

Lee esta historia. Esta será tu vida, nuestra relación y el objeto de este viaje.

Aquí tienes documentación personal, dinero en efectivo y un móvil del que jamás te debes despegar ni usar para llamar a nadie que no esté entre los contactos.

A nadie —reiteró escueta—. Si tienes dudas, las comentaremos en el viaje.

Julia era mayor que yo, de unos treinta y largos, aunque se parecía mucho a mí.

Quizá era más atlética, no muy alta, con el pelo castaño liso y largo, algo más oscuro que el mío, que enmarcaba unos ojos grandes y almendrados de color café.

También tenía pecas en el rostro y su boca poseía el mismo tipo de labio superior, redondeado en la zona del arco de cupido.

Vestía informal; unos vaqueros y una chaqueta de punto azul marino sobre una sencilla camiseta blanca.

Exactamente igual que yo, salvo porque mi chaqueta era negra y un poco más suelta y, en lugar de botas, calzaba zapatillas.

Su seguridad resultaba atractiva, y aunque sabía que nuestra relación no sería personal, estaba ansiosa por conocerla más, si podía.

Me costaba identificar su actitud. Me hacía sentir extraña, como si en lugar de mí misma, fuera un exótico animal salvaje al que hay que proteger y tratar con cuidado.

Un ejemplar único con el que interactuar con precaución, pero que despertaba en ella la misma curiosidad que sentía yo.

Tras un montón de abrazos más, el helicóptero despegó haciendo la inquietud de mi padre cada vez menos perceptible.

Un suspiro después ya solo apreciaba el espeso verdor del bosque que rodeaba nuestra casa.

Julia me miraba a escondidas. Sentía sus ojos estudiándome mientras leía aquel dossier en el que, como en un buen libro, se iba relatando la historia que tenía que asumir como propia.

—Mía, este es Héctor. Pertenece a nuestra unidad, como ves, además es el copiloto, y en esta misión, será mi novio.

—Encantado, Mía—dijo él con la misma mirada que Julia.

Me hacía sentir extraña, pero no me disgustaba. Yo también les observaba a ellos expectante. No tenía ninguna experiencia social, así que me limitaba a sonreír y esperar a que ellos tomaran la iniciativa.

—Encantada —contesté.

En mi cabeza resonó la palabra “misión” por un momento, pero me limité a ignorarla.

Quizá ellos estuvieran en modo “profesional” pero para mí, era algo vital.

Algo necesario para mi desarrollo como ser vivo.

Era salud, alegría, excitación, nervios, ganas, felicidad. Era lo mejor que me había pasado.

Héctor se sentó a mi lado y de un bolsillo sacó una caja con un anillo y un smartwatch. Su aspecto agresivo contradecía su actitud amable. Llevaba el pelo engominado y repeinado hacia atrás con gafas de aviador con filo dorado. Y sonreía.

—Mía, tendrás que llevar este anillo y reloj para todo. No debes quitártelo ni para ducharte ni para dormir. Siempre puestos ¿ok?

—¿Para qué son? —pregunté obedeciendo.

—El reloj es la extensión del teléfono. Controlará tus constantes, te mantendrá localizada y podremos enviarte mensajes o llamarte, sabiendo que siempre lo llevas contigo.

El anillo es un avisador camuflado, si detecta cualquier peligro o tenemos que decirte algo sin que nadie más lo sepa, se calentará y acto seguido recibirás las indicaciones pertinentes por escrito o vía telefónica.

Además, si te sientes amenazada por algo, solo con apretar su piedra, nos llegará un aviso sin que tengas que hacer nada más.

Hubo un segundo de silencio.

—Comprendido —asentí.

En poco más de una hora llegamos a un aeródromo, donde nos esperaba un pequeño avión privado. Trasladamos el equipaje a su cabina y Héctor junto al otro piloto, tomaron los mandos.

—¿Es tu primera vez en un avión? —preguntó Julia.

—Es mi primera vez para todo —contesté—. Estoy algo nerviosa.

Julia sonrió desviando la mirada a la ventanilla.

La imité. Ya entrábamos en la pista de despegue.

El aparato enseguida cogió la velocidad suficiente para elevarse en el aire de manera muy diferente a la del helicóptero.

Este vuelo hizo que mi espalda se adhiriera al asiento de mullido cuero beige, al que me agarré instintivamente con sorpresa por las sensaciones que me producía.

Parecía que mi estómago quisiera salir de su sitio, desplazándose por mi interior con la soltura que la gravedad sustraía al resto de mi cuerpo.

Era absolutamente genial. Sentía la potencia de los motores y la fuerza de la tierra negándose a que la abandonáramos.

Pura física aplicada. En dos minutos estábamos entre las nubes.

El viaje iba a ser largo. Julia me ofreció una almohada y un botellín de agua. Aún no habíamos roto el hielo, pero no me sentía incómoda.

—¿Te gusta volar? —pregunté por fin.

—No me importa. ¿Y a ti?

—Me está gustando mucho —respondí asintiendo—. ¿Cómo es… El mundo?

Julia me miró sorprendida. Era una pregunta demasiado genérica. Quizá algo infantil o, todo lo contrario. Se debatía entre pensamientos. Entendí que no había una respuesta fácil, en realidad debía ser realmente difícil según el tiempo que le tomó contestar y su imprecisión.

—El mundo es... Complicado. Puede ser un lugar increíble, y horrible en la misma medida y al mismo tiempo. Es… Complicado —repitió exhalando aire con resignación.

—¿Y el amor?

Frunció el ceño. Deduje que esta cuestión era más incómoda, e igual de inesperada.

—Haces preguntas muy complejas, Mía. Además de bastante personales —masculló entre dientes.

—Lo siento —contesté apreciando también debilidad en su mirada.

Había visto películas y leídos libros, pero nunca había vivido en la realidad y ni me había acercado a un amor que no fuera fraternal.

Últimamente fantaseaba con él, incluso aunque lo quisiera evitar.

Eran pensamientos recurrentes, ideas, sueños…

Mullí mi almohada y la coloqué entre el respaldo y mi hombro. Apoyé la cara y cerré los ojos.

La voz de Héctor anunciando turbulencias me devolvió la consciencia.

Había dormido varias horas, las innumerables emociones que estaba experimentando me agotaban y, como corroboraba el sonido de mi tripa, me daban hambre.

En cuanto pasó la agitación exterior, comimos.

Julia se levantó a calentar las bandejas preparadas al efecto y yo aproveché para ir al servicio.

El avión era increíble, la comida también, todo, y aunque sabía que eso no era lo habitual, ahora mismo era real.

​ —¿Tienes alguna duda con respecto al dossier, Mía?

Tenía miles con respecto a todo, aunque me limité a decir que no.

El dossier narraba la vida de una persona relativamente corriente.

No tan diferente a la mía como había imaginado.

Una chica que preparaba un doctorado en Biología a la vez ayudaba en casa a su padre agricultor y ganadero.

Tenía una hermana, Julia, que vivía en la ciudad con su novio, Héctor, al que conoció trabajando en un banco.

Se veían de vez en cuando, sobre todo en fechas señaladas.

Eran huérfanas de madre desde muy jóvenes y, este año, para celebrar sus cumpleaños, iban por fin a visitar a su única familia, su tía, que vivía en Wellington, Nueva Zelanda.

Su relación no era mala, aunque si escasa, y sin la confianza que aporta la convivencia.

Estaban separadas desde hace mucho tiempo y la diferencia de edad era considerable.

Este viaje sería un punto de inflexión para recuperar esa familiaridad ausente y construir nuevos lazos.

Mía, la tía de ambas vivía en Wellington desde que ellas eran niñas y hacía demasiado que no se habían visto en persona.

Tenía un hijo, Lucas, al que no conocían.

La última vez que hablaron tendría unos doce años y estudiaba en un colegio interno.

A los diecisiete se mudó a un piso de estudiantes mientras sacaba la carrera.

No sabían mucho más de él, ni había previsión de verle.

Esta parte era exacta a la realidad. Se dio cuenta de que no sabía nada de Lucas, ni siquiera como era o donde vivía, sería genial conocerle.