La verdad imposible CAPÍTULO 6. EL MUNDO.
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CAPÍTULO 6. EL MUNDO.

E sa tarde, sentada en el alféizar de la ventana de mi habitación, miraba al infinito tratando de entender mis sentimientos.

Había descubierto muchas cosas. Buenas, malas, desconocidas, inimaginables…

Y todas me sacudían por dentro. Cientos de sensaciones danzaban descontroladas entre mi cabeza y mi estómago.

Pensar en Kellan me producía asco, odio, ganas de venganza.

Esa molesta ira se apoderaba de mí y no la soportaba.

Pensaba en mi madre para alejar toda esa negatividad, pero una inconmensurable pena aparecía en la base de mi garganta, haciéndola arder.

¿Cuánto habría sufrido? ¿Cuánto estaría aun sufriendo mi padre? ¿Y mi tía, Mía? Sin poder evitarlo, comencé a llorar con amargura tratando de encontrarle un sentido a nuestra historia, a la vida… a mi vida. No pude.

La existencia de mi madre, aunque dolorosamente corta, fue intensa, plena.

Vivió el amor, cumplió el sueño de revolucionar la ciencia para mejorar el mundo, tuvo una familia.

Mi padre continuaba con ese legado hoy en día, y yo simplemente existía en secreto, aislada del mundo, de cualquier interacción humana tan necesaria como ausente para mí.

Me sentía vacía y a la vez algo egoísta, pero era inevitable compararme con ellos.

Todos habían tenido experiencias increíbles. Todos, menos yo.

A mis veintitrés años jamás había tenido un amigo, no había mantenido una larga conversación con nadie que no fuera mi padre, jamás había sentido el amor y no tenía perspectivas de hacer nada de aquello. Estaba profundamente triste.

Mi padre entreabrió la puerta de mi cuarto como si pudiera leer mi mente.

—Hola, cariño.

—Hola, papá —respondí tratando de secarme las lágrimas con un hilo de voz.

Había descubierto que la vida era dura. Y aún tenía que asimilarlo.

Podía ser una superdotada para la ciencia, pero en materia social y sentimental era apenas un bebé.

La idea de que mis padres renunciaran a mí por tratar de mejorar el mundo les hacía grandes, enormes, estaba orgullosa, sí, pero también me hacía sentir pequeña, poco importante.

Les admiraba por ello, pero en el fondo de mi corazón, me dolía.

Sabía que mi padre me entendía por su mirada.

—Eres todo para mí, Mía. Y lo eras para tu madre, debes saberlo.

—Lo sé —contesté, antes de convertirme en un mar de lágrimas.

Me abrazó durante un larguísimo tiempo, sin soltarme. Sentados mirando el horizonte, me contó historias de su infancia. De mi abuela, Mía, y de mi tía —mi segunda madre —, que además era su hermana melliza, con la que siempre compartió todo.

—¿Podemos llamar esta noche a la tía? Hace mucho que no hablamos.

—Claro, cielo. Después de cenar la llamaremos.

—Voy a preparar algo rico —dije forzando una sonrisa—. ¿Algún antojo? —pregunté en broma para equilibrar la tristeza del ambiente.

Nuestra alimentación era sencilla, básica.

Casi todo provenía de nuestros cultivos y animales, pero una vez cada tres o cuatro meses, mi padre conducía hasta la aldea para recoger el pedido que contenía lo que necesitábamos.

Esa noche, necesitaba algo dulce. Casi sin cacao y azúcar, cociné pan de plátano y nueces que unté con pasión en un tazón de chocolate caliente que tomamos de postre.

Cumplió su cometido y calmó por un momento mi tristeza.

Casi era la hora de hablar con mi tía y una extraña sensación de agradecimiento, admiración y nostalgia se asociaba ahora a su imagen.

—¡Mía, estás preciosa! —exclamó desde el otro lado de la pantalla— Pero ¿hace cuánto que no hablamos? ¡Eres una mujer hecha y derecha!

Su imagen cobró un nuevo significado para mí.

Me di cuenta de la importancia que su figura había tenido en mi vida y de lo maravilloso que era tenerla.

Era mi única familia, mi única amiga, mi figura materna y, hasta ahora, casi no sabía nada de ella ni de su historia personal.

Había sufrido mucho, y nunca lo habíamos comentado.

Nuestras conversaciones eran banales, pero ahora sentía una conexión especial, más tierna y estrecha.

Quería contarle tanto, preguntarle tantas cosas… pero no podía.

—¡Hola, tía Mía! —Exclamé, dudando— Es que ha pasado… —calculé muchos meses, más de un año—. Demasiado tiempo.

—Desde luego que sí ¿Cómo estás? Cuéntame.

Su tono siempre era delicado conmigo. Lleno de afecto. Creo que mi mera existencia le conmovía. Mi padre fregaba la vajilla dándonos privacidad, pero le llamé a sabiendas de que quizá, lo que estaba a punto de decir, no era correcto del todo.

—He pensado una cosa —dije, nerviosa mientras se acercaba también él a la pantalla—. Espero que pueda ser, pero si no, no os preocupéis ¿vale? Lo entenderé.

—¿Qué has pensado, Mía?

​ —Podríamos pasar juntos las próximas vacaciones.

Hubo un silencio y un cruce de miradas serias entre ambos.

​ —O si tú no pudieras venir, podríamos ir nosotros—añadí.

​ —Mía, yo no puedo dejar el laboratorio —se apresuró a decir mi padre.

—Entonces… Quizá pueda ir yo allí unos días —sugerí rápidamente, visiblemente excitada.

—Deja que lo piense, ¿vale, cariño? ¿Tú cómo estás, Mía? —preguntó, mirando a su hermana y zanjando el tema.

Me despedí de mi tía, dejándoles también su espacio.

Había sido un día agotador y enseguida me entregué a los sueños que, por primera vez, tenía: viajar, estar con Mía en persona, conocer gente, sitios nuevos, ver el mundo real.

Necesitaba un tiempo para ser normal. Me apasionaba la labor que desarrollaba, el increíble objetivo que tenía por delante, pero también era una persona, una chica de veintitantos con necesidades humanas como todos los demás.

Ellos habían satisfecho las suyas; era mi turno.

En el desayuno, volví a la carga.

​ —Papá, ¿has pensado en lo de ayer? —pregunté sin más tras un sorbo de mi taza.

​ —Mía, es más difícil de lo que crees.

​ —¿Por qué?

​ —Nuestro trabajo nos obliga a permanecer ocultos. Nuestra vida es diferente, importante, lo sabes.

​ —Claro que lo sé. Llevo toda mi vida encerrada en esta casa. No tengo ni un solo amigo y las únicas personas que he visto en mi vida han sido mi padre y mi tía. ¡Ah! Y Frank Ferguson y su equipo… y al demonio de Kellan Lowe.

Sin darme cuenta, había alzado la voz. Mi padre, lejos de estar sorprendido, expresaba sin palabras que esa exaltación, la esperaba hacía tiempo.

No entendía por qué los ojos verdes de Frank Ferguson se colaron en mi cabeza.

Su boca carnosa, su cuerpo atlético, su tranquila autoridad…

sin duda, había llamado mi atención, pero no se había manifestado hasta ese preciso momento en el que había expresado mis deseos por primera vez.

Recordé cómo la tela de su traje parecía insuficiente en el punto más ancho de sus brazos, como se arrugaba su rostro al hablar.

Su presencia, aquí mismo, en nuestro sofá…

Sentí calor en mis mejillas y suspiró inesperado emanó sonoramente de mi boca.

Nerviosa decidí salir a tomar un poco de aire.

«¿Frank Ferguson?» Me repetía extrañada.

«Tendrá por lo menos 20 años más que yo.

Podría ser su hija» Quería alejar ese pensamiento de mi mente, pero cuanto más lo intentaba, más difícil se hacía.

Sentada en el prado imaginé sus manos apartando mi pelo y colocándolo detrás de mi hombro.

Casi pude sentir el roce de la punta de sus dedos en mi mejilla. ¿Qué me estaba pasando?

—¡Papá! —grité sorprendida y secretamente avergonzada—. Me has asustado.

—Mía, he estado pensando. Quizá sea bueno que salgas de aquí unos días.

No podía creerlo.

—¡¿De verdad?! —exclamé ilusionada.

—Sí, cariño —asintió—. Pero es peligroso para todos.

Representas algo que mucha gente desea. Aquí estás protegida; fuera eres muy vulnerable.

No quiero oponerme a que salgas. Has tardado mucho en pedírmelo —añadió—, pero no podrás ir sola.

La unidad de Frank también protege a tu tía en Nueva Zelanda; Vendrán a buscarte pasado mañana.

La alegría me invadía y cerrar la boca o dejar de sonreír y besar a mi padre parecía imposible.

Él sonreía también, pero en sus ojos se apreciaba una gran preocupación.

Quería decirle que estaría bien, segura, pero no podía articular palabra, solo reír y emitir pequeños gritos de felicidad que, de verdad, necesitaba.

Corrí a hacer la maleta, de repente, me preocupaba mi aspecto.

Quizá en Nueva Zelanda podría comprarme algún vestido.

Y salir a tomar un batido e ¡ir al cine!

Uno de verdad, con mucha gente y palomitas.

Una sonrisa de oreja a oreja se dibujaba en mi cara cada vez que lo imaginaba.

Por fin iba a viajar, a salir, ¡vería a Mía! No podía esperar.

El día de mi partida, el sonido del helicóptero desató mi euforia. Estaba tan excitada que hacía cosas sin sentido hasta que di con el cuerpo de mi padre y le abracé con fuerza.

—Mía, por favor, ten cuidado. No te fíes de nadie, no te separes de tú tía. No des información, ni hables con desconocidos.

Su semblante se volvió tan serio que descarté la broma acerca de mi edad que tenía preparada.

​ —Papá, tendré cuidado, no te preocupes —dije convincente—. Y gracias. Gracias de corazón por dejarme hacer esto. Significa… La vida para mí.

Nos abrazamos de nuevo unos segundos mientras una mujer descendía de la aeronave.

​ —Soy Julia. Me envía el señor Ferguson —dijo extendiendo la mano.