CAPÍTULO 5. HOMBRES DE NEGRO #3
—Mía, es suficiente por ahora. No necesitas saber más. Hoy trabajamos para un buen fin. Es lo más importante.
—¿Qué? ¡No! —dije irritada—. Merezco saberlo, papá. Nunca me he quejado, de nada. Pero necesito saber que pasó, que pasa, ¿por qué una llamada puede cortar de cuajo la conversación más importante de mi vida sin más explicación?
Esperé respuesta, pero mi padre simplemente se acercó a besarme en la frente.
—Hija mía, no puedo decirte más. Por favor, no insistas.
Me levanté del sillón iracunda mientras corría a mi habitación.
No entendía porque mi padre no podía hablarme con claridad.
Trabajábamos juntos, conocía mi potencial.
No era ninguna tonta incapaz de entender las cosas por más complicadas que fueran.
Y sin embargo él me estaba tratando como tal.
No tenía a nadie con quien hablar. No tenía a nadie en realidad.
Mis lágrimas brotaron amargas muriendo en la almohada, haciéndola cada vez más húmeda e incómoda.
Tras un buen rato entre reproches mentales y sollozos, me incorporé más calmada.
Aún tenía cientos de dudas, aún quería saber tantas cosas.
Miré por la ventana, el paisaje también era bonito aquí. Recordé a mi madre. Sonreí triste, suspiré y decidí tratar de obedecer a mi padre. Eric era un hombre muy inteligente. Tranquilo y reflexivo. Quizá yo hubiera heredado el carácter de ella, aunque hasta ahora no lo supiera.
Por la mañana desayuné sola. Mi padre ya estaba trabajando y al entrar en el laboratorio le vi serio y callado, estaba leyendo en su ordenador principal y apenas advirtió mi presencia, se dirigió al área de rayos.
—Ponte el protector y pasa —dijo mientras conectaba varios aparatos.
Así lo hice.
—Mía, pueden oír todo lo que decimos.
—¿Qué? —contesté horrorizada —¿Quién? ¿Frank Ferguson?
—Sí. Frank, y su equipo, pertenecen a una red secreta de vigilancia internacional especializada en avances científicos y tecnológicos.
Ellos deciden si nuestro laboratorio prosigue o no con la investigación, colaboran con laboratorios externos para comprobaciones y ayudas a nuestra labor, vigilan todos nuestros avances y establecen pautas de continuación.
Pueden vernos y escucharnos en todo el recinto, salvo en esta zona.
Solo podemos permanecer aquí unos minutos, como sabes, así que tendrás que escucharme sin interrupciones.
—De acuerdo.
—¿Recuerdas los invitados de Kellan, los falsos científicos?
—Sí.
—Se identificaron como parte de esta red de vigilancia.
Tenían documentación oficial, información clasificada y fondos suficientes para restablecer la investigación.
Y nos ofrecieron hacerlo. Tenían dispuesto un laboratorio oculto en la zona más aislada del desierto de Rangipo, a unos 250 km de Wellington, fuera del conocimiento de ninguna otra institución.
Kellan, a través de sus empresas, aportaba parte del capital al proyecto cuya particularidad era su carácter absolutamente confidencial.
De hecho, para participar en él, teníamos que simular nuestra propia muerte, para lo que habían dispuesto una avioneta con cuerpos que identificarían como nuestros y que convenientemente tendría un grave accidente en el que fallecerían todos los tripulantes.
Si aceptábamos, podríamos continuar con el experimento científico más relevante de la historia, pero —hizo una pausa involuntaria— tendríamos que renunciar a ti.
Mi hermana te criaría en la ciudad con una nueva identidad.
Nuestros nombres desaparecerían de la faz de la tierra, pero nuestros actos podrían cambiarla por una mejor.
Tú madre no paró de llorar en horas. Pasamos la noche en blanco volviéndonos locos.
¿Qué era más importante, la humanidad o nosotros?
Finalmente determinamos que era un sacrificio que debíamos hacer por el bien de millones de familias como la nuestra—Inhaló cerrando fuerte los ojos de los que caían lágrimas amargas—.
Y lo hicimos. Fue un dolor inexplicable el que sentimos al decirte adiós —dijo mientras me abrazaba con afecto sincero— Te quedaste con Mía.
La alarma de tiempo máximo de exposición en el área de rayos nos recordó el porqué de la sintetizada conversación. Y aunque las preguntas luchaban por emanar de mi garganta, las reprimí e hice un gesto a mi padre con las manos para que continuara.
—¿Recuerdas la visita de hace unos diez años?
—Once —contesté asintiendo con la cabeza expectante.
—Kellan es el hombre del pelo blanco, Mía.
KL Industries o, lo que es lo mismo, Kellan Lowe, quiso hacerse con nuestra investigación.
Todavía quiere —miró de reojo el contador Geiger y con una mueca dio por finalizada la conversación mientras me entregaba un documento—.
Tenemos que dejarlo aquí. Cuando pueda te contaré más, pero no debes preguntarme nada al respecto.
Recuérdalo. Sal y transcribe los resultados de este informe —concluyó entregándome unos documentos.