CAPÍTULO 5. HOMBRES DE NEGRO #2
—Después vinieron los ensayos con ratones y el gran descubrimiento.
No solo podíamos hacerles olvidar que habían sido adictos, también podíamos hacer que recordaran cosas que no habían experimentado nunca, y que actuaran en consecuencia anulando por completo su voluntad mediante la estimulación con luz.
En colaboración con el Instituto Nacional de salud de Bethesda en Maryland, se recreó una pequeña colonia de roedores con el objetivo, de cara a la galería, de observar lo que puede ocurrir a una sociedad cuando se condena a sí misma por sobresaturación.
Realmente experimentábamos con la optogenética y las reacciones de los individuos en convivencia.
Una caterva de animales sumisos a nuestra voluntad horrorizó al comité ético.
En cuestión de días todo el ensayo y el laboratorio fueron desmantelados.
Los comités internacionales consiguieron vetar los avances, o eso nos dijeron, alegando razones morales.
A tú madre la requirieron para otro estudio localizado en Suiza y a mí me ofrecieron dirigir el Departamento científico de la Universidad de Standford en California.
Ella no aceptó, a pesar de los jugosos beneficios ofertados, y, aunque era obvio que querían mantenernos separados, finalmente nos trasladamos a San Francisco con la condición de tenerla en mi equipo.
Fue duro. Teníamos en nuestras manos el mayor avance científico de nuestra época, quizá de todas, y nos prohibieron desarrollarlo.
Era cierto que un uso malicioso podía tener unas consecuencias catastróficas, pero bien usado era la llave a la cura de graves enfermedades y mucho sufrimiento…
Nuestra labor en Standford no nos llenaba y tú madre se fue apagando…
Aquel verano decidimos ir a visitar a tu tía.
Hacía ya unos meses que se había mudado a Nueva Zelanda tras conocer a Kellan en un crucero de lujo por Las Bahamas al que le habíamos invitado en agradecimiento a los cuidados que te había dedicado.
Ambos fueron solos y en la cena del Capitán coincidieron en la misma mesa.
Kellan era neozelandés, de Wellington, un tipo distinguido, mucho mayor que Mía, pero muy apuesto.
Era romántico, educado, encantador, con una gran posición económica gracias a sus empresas de telecomunicaciones y, enmarcados por una piel algo cuarteada por los años y el sol, unos ojos tan azules como un cielo claro.
Mía cayó rendida a sus pies. Dejó todo y se mudó en cuestión de pocas semanas.
Vivían en un ático imponente en la ciudad y, además, él poseía un espectacular chalé moderno construido en varios volúmenes superpuestos, hechos con hierro, hormigón y descomunales cristaleras con vistas al lago Hawea en la región de Otago en la isla sur de Nueva Zelanda.
Tenían las vistas más sobrecogedoras que puedas imaginar.
La abrumadora naturaleza y lo recóndito del lugar, hacían que exclusivamente se pudiera acceder en helicóptero.
Un auténtico privilegio de viaje y de morada donde durante los seis primeros días de nuestra visita, fuimos los huéspedes más felices y agradecidos del mundo.
Guardó silencio cerrando los ojos, como si quisiera revivir aquellos sentimientos.
Le apreté la mano entendiéndole. Admirándole.
Tenía tantas y tan increíbles vivencias.
Yo, sin embargo, no había salido de aquella casa.
Y había instintos y deseos que ya me costaba mucho refrenar.
Soñaba con hablar con alguien, con ser frívola de vez en cuando, con besar a un chico.
A veces aquellas ganas se presentaban en mi cabeza sin ton ni son.
Como ahora mismo. Sentía envidia de mi padre, de mis padres, de su historia personal y profesional.
Me veía tan pequeña a su lado. Fueron, eran, lo que yo desearía ser. Y aunque no quería interrumpir, hablé.
—Te envidio, papá. Has tenido una vida apasionante a todos los niveles. Digna de admiración.
—No debes envidiar ni admirar lo que no conoces bien, Mía.
Yo no soy digno de tal sentimiento—dijo cabizbajo visiblemente apagado y continuó—.
El séptimo día, tras el brunch , escuchamos a un helicóptero acercarse.
Tu madre, tú tía y yo, nos dirigimos hacia la terraza extrañados.
Mía le preguntó a Kellan si esperaba a alguien al ver su comportamiento natural, como si conociera aquella visita.
La mirada de mi padre se volvió dura.
—Eran tres hombres. Vestían trajes negros con idéntico e impoluto aspecto —relató como si odiara expresarlo.
—¿Eran los mismos hombres de la visita de cuando era niña? —pregunté al ver en él la misma expresión de entonces —Eran ellos, ¿verdad? — insistí.
—Sí —respondió evitando mirarme. —Eran ellos. Pero entonces ninguno sabíamos sus verdaderas intenciones. Imaginamos que Kellan los esperaba, creímos que serían invitados, amigos de nuestro gran anfitrión, pero tras las presentaciones oportunas desvelaron el motivo de su visita.
—¿Cuál era? —pregunté ávida de saber.
—Querían ofrecernos trabajo —contestó arqueando las cejas y apretando los labios.
—¿Qué clase de trabajo?
—El mismo que desarrollamos ahora, Mía. Pero con distintas aplicaciones. Eran las “malas manos” que siempre temimos, disfrazadas de científicos. Nos engañaron.
El sonido del teléfono sonando irrumpió en aquella atmósfera de misterio y ambos dimos un respingo en nuestros sitios.
Mientras esperaba a que mi corazón alcanzara su velocidad normal, mi padre se levantó y salió del salón para hablar.
“Nos engañaron” resonaba en mis oídos mientras ansiaba su regreso.
Tras el tiempo suficiente para casi volverme loca, mi padre entró de nuevo en el salón con la cara desencajada.
—¿Qué ocurre, papá? ¿Quién era?