La verdad imposible CAPÍTULO 5. HOMBRES DE NEGRO
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CAPÍTULO 5. HOMBRES DE NEGRO

E l día de mi vigésimo tercer cumpleaños recibimos visita.

Estábamos en el laboratorio, pero las cámaras externas captaron la inquietud que el ruido de algún aparato extraño produjo en los animales varios minutos antes de escuchar su sonido repetitivo, cada vez más cercano.

Era un helicóptero. Miré a mi padre aterrorizada, pero tras observar las pantallas con detenimiento, dijo calmado que esta vez podía subir.

Como un acto reflejo analicé la imagen en busca de algo que fuera diferente.

Una insignia grabada en el fuselaje distinguía este aparato del otro, con el que, a veces, aún tenía pesadillas.

El ruido característico del rotor y aparataje me devolvió toda la angustia e incertidumbre de antaño.

Mi pulso se desbocaba mientras ascendía con mi padre, que invitó a pasar a sus tripulantes adentro.

—¿Cómo estáis, Eric? Os veo bien —dijo por fin uno de ellos en tono amable tras dedicarme una mirada—. Mía es un placer conocerte en persona, soy Frank Ferguson.

—Gracias, encantada —contesté tensa, notando como esa inesperada atención coloreaba mis mejillas.

Era un hombre tremendamente serio, de actitud solemne y algo distante. Sus ojos, de un verde muy claro enmarcados por una espesa hilera de oscuras pestañas, intimidaban e irradiaban seguridad.

—Estamos bien —intervino mi padre tomando la iniciativa de la conversación—. ¿En qué fase está el proyecto, Frank? —añadió.

—Seguimos en la misma fase, Eric. Sabes que no es fácil, estas cosas llevan tiempo.

Estamos legislando restricciones a nivel internacional sobre ciencias y tecnologías que aún no están desarrolladas plenamente, a través de una unidad que “no existe”, y luchando contra organizaciones muy potentes que quieren hacerse con el control de todo ello, pero creo que vuestra protección está funcionando, ¿no es cierto? Ahora, es lo que más nos preocupa.

—Sí. No hemos tenido más visitas desde la última vez.

En ese momento fui consciente de la importancia de nuestro trabajo y del laboratorio.

Entendí porque nunca nos relacionábamos con nadie y estábamos ocultos al resto del mundo.

El destino de éste podía estar en nuestras manos.

Debía parecer que no existíamos, al igual que la unidad del señor Ferguson y compañía.

—¿Y la investigación de Harvard?

—Privada de fondos.

—Y Standford, HKD… —insistió mi padre.

—Todas sin fondos —interrumpió Ferguson—.

Ahora mismo, nadie posee la tecnología suficiente para avanzar en la materia.

Tu laboratorio es el único capaz de llevar a cabo progresos con relación al control cognitivo.

De hecho, es el único al que se le permite experimentar a este respecto, bajo nuestra supervisión, como bien sabes.

Mi padre asintió serio. Era consciente del peligro que eso suponía.

Por un lado, para el mundo, si aquello se descubría y caía en malas manos, y por otro, para nosotros mismos como únicos investigadores y conocedores de su potencial.

Aunque, quizá eso mismo, nos mantuviera vivos.

—Estáis a salvo, Eric —continuó Ferguson —. Confiad en nosotros. ¿Necesitáis algo?

—No. Estamos bien —volvió a afirmar tras un segundo pensando.

—En los dispositivos tienes la información para pasar al siguiente nivel. Si tienes cualquier duda, contacta conmigo directamente. Aquí tienes los códigos — dijo entregándole una tarjeta.

Acto seguido se levantaron. Me alegré de la brevedad del encuentro pues necesitaba preguntarle a mi padre, sin tapujos, todas las dudas que se generaron en mi cabeza.

El helicóptero se alejó desordenando nuestro pelo.

—Quieres que hablemos, ¿verdad? —dijo sin siquiera girarse a mirarme.

—Sí. Necesito que me cuentes absolutamente todo —afirmé contundente—. Ahora mismo.

​ Entramos de nuevo y esta vez ocupamos nosotros el sofá. Nos sentamos enfrentados en posiciones cómodas, sabíamos que sería una larga charla.

​ —¿Quieres algo de beber? —preguntó mi padre visiblemente nervioso.

​ Me levanté para coger dos vasos y una botella de agua, que dispuse sobre la mesita.

Él bebió un sorbo del que acababa de servir y lo mantuvo en la mano mirándolo fijamente, como si pudiera ver a través de él, algo invisible para mí.

Le di su tiempo. Sabía que estaba deseosa por conocer más y esperaba sus palabras.

Tras un largo silencio, comenzó a hablar.

—Tú tenías tres años. Eras una niña preciosa.

Ibas a la guardería y destacabas por tu sociabilidad e inteligencia…

—su voz de repente cambió al agudo tono que emerge justo antes de romper a llorar—.

He ido contra natura contigo, hija mía. Estoy yendo contra natura con todo —dijo llevándose las manos a la cara.

Su expresión transmitía un sentimiento de tremenda culpabilidad y cautiverio a la vez.

—Papá, si no…

—No, déjame decirlo en alto —me interrumpió—. Lo necesito.

—No me gusta verte así. Eres un genio, el mejor, deberías estar orgulloso. No imagino una persona mejor, ni un padre mejor.

Mis halagos no hicieron más que acrecentar su angustia, pero tras unos minutos, se secó las lágrimas, tomó un segundo trago de agua y prosiguió.

—Cuando nos reclutaron desde HKD, tú madre y yo estábamos eufóricos.

Nos queríamos, nos admirábamos y sabíamos que teníamos algo grande entre las manos.

Pasábamos muchas más horas que el resto del equipo en el laboratorio, incluso a veces dormíamos allí.

Muchas veces. Tú te quedabas con tu tía, Mía, que se llamaba así, como tú, por tu abuela.

Sufrimos mucho con su pérdida, por lo que a mi hermana no le importaba que destinara casi el 100% de mi tiempo a ensayos de terapia génica.

Confiaba en mí. Estaba convencida de que daría con una cura para el Alzheimer o, al menos, me acercaría a ella.

Tras desechar multitud de aproximaciones, descubrimos que el gen ApoE poseía variantes, tres concretamente, y dependiendo de ellas, el riesgo de sufrir la enfermedad podía ser igual a la media con la variante 2, la mitad de lo normal con la 3, o más de doce veces mayor de lo habitual, si la variante era la 4.

El siguiente paso era experimentar en pacientes con Alzheimer desarrollado, administrándoles una dosis enorme de la versión del gen de bajo riesgo en el cerebro.

Había que ver su evolución que, en caso de ser positiva, podría sentar las bases de una terapia preventiva en el futuro.

Hizo una pausa. Tenía la mirada ausente como si ya no estuviera en el salón conmigo. Su mente estaba en aquel laboratorio. No quería devolverlo a la realidad, así que permanecí callada hasta que estuviera listo para continuar.

—Presentamos el ensayo ante un comité. Debía pasar una evaluación científica y ética internacional antes de proseguir con la experimentación.

Pero tú madre no quería esperar. Soñábamos con encontrar la cura definitiva a la enfermedad, y se centró en el bloqueo de la variante 4.

Paulina era obstinada. Con el método knockdown podía introducir en el genoma secuencias de ADN que expresaran moléculas de ARN interferente o introducirlas directamente en las células para interferir específicamente con la expresión del gen diana, disminuyéndola.

Pero no se podía eliminar completamente y, además, la secuencia introducida podía sufrir mutaciones inactivando el efecto deseado.

Había que conseguir de alguna manera poder activar y desactivar estas moléculas cuando fuera oportuno, controlando así sus posibles efectos adversos.

Trabajamos sin descanso. Necesitábamos encontrar un agente inductor que funcionara como un interruptor.

​ Otra lágrima corrió por su mejilla, me angustiaba verle tan afectado, pero permanecí en silencio.

—“Luz”, dijo tú madre. “Luz”. Era lo único que repetía.

Su voz se rompía cuando lo recordaba y a mí me invadía la misma pena viéndole ahogado en tanta melancolía.

—Tú madre, Paulina Pelop, descubriría la optogenética. Fue ella, nadie más —dijo en tono acusador.

—Papá, no importa quien lo descubriera. Tú, eres una de las mayores autoridades en el tema. Tu labor es vital.

Continuó hablando como si no me hubiera oído.