La verdad imposible CAPÍTULO 4. RECUERDOS
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CAPÍTULO 4. RECUERDOS

P asé mi infancia y adolescencia estudiando sin descanso.

Siempre había ido adelantada a la formación que correspondía a mi edad, pero descubrir que mi padre era una auténtica eminencia en investigación científica y, que, bajo mis pies, tenía uno de los laboratorios mejor equipados del mundo, fue un impulso que hizo que, de haber ido a la Universidad, me hubiera convertido en la licenciada en materias combinadas de física, química y medicina, más joven de la historia.

Con dieciocho años, ya tenía el conocimiento exigido a un doctor en varias áreas de tales disciplinas y, sobre todo, comprendía bien las bases de la Optogenética, una ciencia híbrida, casi en pañales, con la que mi padre podría ser calificado con respecto a ella con nuestro mismo parentesco.

Él siempre tuvo una mente brillante, también estudió Física y Química, pero a raíz de perder a su madre por Alzheimer, se licenció en medicina para especializarse en psiquiatría por la Universidad de Harvard, donde continuó su trayectoria en el Departamento de investigación.

Allí conoció a mi madre, una brillante bióloga especializada en ingeniería genética, de la que se enamoró al instante.

El destino quiso que el laboratorio de terapia genética más prestigioso del mundo reuniera a ambos entre su equipo de investigación con el apoyo de varias universidades y fondos gubernamentales internacionales.

Mi padre no hablaba mucho de mi madre y, en cuanto pronunciaba, “le debo todo”, sabía que la conversación había terminado.

Sin embargo, esa noche fue diferente. Era Navidad y quise cocinar algo especial. Un capón relleno de ciruelas que encontré en un viejo recetario de la biblioteca fue el desencadenante silencioso de su reveladora conversación.

—¿Sabes que la última Noche Buena con tu madre fue esto mismo lo que cocinó? —dijo sirviéndose un vaso de leche con una extraña expresión.

—¿Ah, sí?, no lo sabía. Espero que salga comestible, he seguido esta receta —contesté exhibiendo el antiguo recetario manuscrito.

Su expresión cambió. Había mucha ternura en su mirada esta vez. Y melancolía. Era la letra de mi madre. Casi nunca tenían tiempo de cocinar, pero era una noche especial, como ésta, e inesperadamente, mi padre empezó a recordar en voz alta:

—Aquella tarde estabas muy excitada. Venía Papá Noel y habías pedido un trineo para jugar en la nieve —rio triste—. Tu madre disfrutaba tanto viéndote…

Su voz se quebró y una lágrima rodó por su mejilla. No quise ser menos y nos encontramos en un abrazo, llorando por un amor doblemente truncado.

—¿Cómo era mamá, papá?

—¡Cabezona! —recordó riendo, esta vez—. Muy cabezona y tremendamente inteligente, curiosa, decidida, preciosa...

Tenía un carácter fuerte, nada le asustaba.

Creía que todo era posible y soñaba con revolucionar la ciencia —su sonrisa se transformó en seriedad—.

Nunca supo que lo había hecho. El día tres de enero —hizo una pausa como si le fuera muy difícil decir lo que quería—, la asesinaron.

Desde la visita de los hombres de negro siempre sospeché que así había sido, pero jamás me atreví a preguntarlo.

—¿Por qué, papá? ¿Qué ocurrió? —conseguí preguntar con toda mi piel erizada.

—Descubrimos algo. Algo inaudito… Y lo probamos.

—La optogenética… —afirmé esperando más explicaciones.

—Sí, pero más concretamente, la posibilidad del control neuronal.

—Se probó en ratones, lo sé…

—El experimento con ratones demostró que con implantes de fibras ópticas para estimular la corteza prelímbica, tratada con inyecciones de adenovirus, translocó el gen de canalrodopsina a estas células.

Al tratarlas con luz amarilla que las estimulaba, se consiguió la inhibición de los impulsos del cerebro responsables de las adicciones.

Como un interruptor, la luz inhibía las ganas del ratón de consumir las sustancias a las que previamente se le había hecho adicto.

—Eliminando además el recuerdo de su adicción —añadí.

—Efectivamente —dijo con tono orgulloso—.

Siempre creímos que podíamos inhibir impulsos que ya estaban en los sujetos, pero el hallazgo fue probar que también podíamos crearlos.

Podíamos “encender” las ganas de hacer algo que jamás habían hecho, eliminando por completo la voluntad del expuesto.

Así como eliminábamos recuerdos, podíamos también crearlos.

En malas manos sería un descubrimiento atroz…

—¿Eso es posible? —dije completamente atónita.

Inhaló profundamente y contestó:

—Sí, Mía, es posible.

—Dios mío.