CAPÍTULO 3. FAMILIA
T enía ocho años cuando descubrí que no era hija única.
Mi padre, mi madre, mi hermano y yo nos dirigíamos a la ciudad cuando un camión impactó contra nuestro coche.
Ella y mi hermano pequeño murieron en el acto.
Mi padre y yo resultamos ilesos. Nunca se lo perdonó.
Esa injusticia marcó su vida, y la mía, aunque nunca se habló del accidente hasta que, en un viejo armario en el desván, encontré un libro del que cayeron algunas fotografías.
Jamás hubo ninguna expuesta en casa. No había visto la cara de mi madre o no la recordaba.
La expresión en los ojos de mi padre cuando se las mostré, increíblemente abatida y culpable, frenó mi ansia de conocer más.
Le pedí permiso para quedarme aquellas fotos de cuando fuimos una familia.
Entre las instantáneas, había una que miraba cada noche antes de dormir, era preciosa, rebosante de ternura: Mi madre, con el pelo castaño, largo y muy liso, con un espeso flequillo que enmarcaba unos enormes ojos marrones llenos de dulzura, daba el biberón a un bebé gordito, de unos ocho o nueve meses, que parecía sonreír al objetivo.
Yo me colgaba del cuello de papá en una torsión digna de una alegre niña pequeña llena de ingenuidad, energía y vitalidad. Tendría cuatro años.
Días después ocurrió el accidente. Nunca me habló de ellos. Nunca volví a la ciudad. Desde entonces, siempre los eché de menos, incluso sin recordarlos de verdad.
Mi padre se llamaba Eric y jamás dejaba de trabajar. Era un hombre muy particular. Lo recuerdo siempre estudiando, siempre experimentando en su laboratorio del sótano, siempre ocupado con algo y, aun así, nunca me desatendió. Quizá incluso al revés.
Vivíamos en medio de las montañas, apartados de todo, en una casona de piedra y madera, rodeada de naturaleza, a unos cincuenta minutos en coche del lugar habitado más cercano.
Apenas salíamos de allí. Teníamos lo necesario para vivir.
Agua, un invernadero, un huerto y una granja con animales. Refugio.
Madrugábamos mucho. A las cinco, mi padre ya estaba ordeñando las vacas para a continuación limpiar los establos. Reponía el forraje y el agua y, con la leche fresca, acompañada de una buena rebanada de pan con mantequilla, preparaba el desayuno.
Era mi momento favorito del día. Me contaba historias que estimulaban mis ganas de saber más, y casi siempre coincidían con alguna de las materias que me preparaba para estudiar.
Alimentaba mi afán de conocimiento y, cada cierto tiempo, venía para comprobar cómo iban mis tareas y resolver las dudas que pudiera tener.
Se me daba bien estudiar, me gustaba. Disfrutaba cuando me decía que en pocos años podría trabajar con él mientras revolvía el pelo de mi flequillo y me daba un beso orgulloso.
Cuando le pedía ver su trabajo, me respondía que era pronto, tenía que aprender un poco más antes de poder comprender bien a lo que se dedicaba.
A veces, sin que él lo supiera, me escondía tras el sofá cuando él accedía al sótano por la trampilla que escondía con la alfombra de piel de vaca.
Trataba averiguar lo que había allí abajo, pero solamente alcanzaba a ver unas escaleras que llevaban a una pesada y gruesa puerta de la que colgaba un cartel amarillo con un rayo zigzagueante dentro de un triángulo.
Estaba terminantemente prohibido acercarse a ese acceso.
Creí que mi padre era granjero, y que allí experimentaba cómo mejorar el rendimiento de la granja y los cultivos, hasta que aquel helicóptero aterrizó en la pradera. Tenía doce años.
Cuatro hombres vestidos con trajes negros bajaron del aparato entre una nube de polvo provocada por la rotación de las aspas. A continuación, ayudaron a otro más a descender. Tenía el pelo blanco y la cara severa y desagradable. Parecía tener autoridad sobre el resto.
Fue impactante ver aquella máquina voladora tan de cerca y ¡tener por fin visita!, pero antes de que supiera quienes eran, mi padre me ordenó subir a mi habitación y no salir bajo ninguna circunstancia.
Su extrema seriedad al mirarme no me dio opción a rebatir ese mandato. Me preocupé y obedecí, aunque no sin asegurarme poder escuchar su conversación abriendo una rendija de mi ventana que daba a la entrada principal en el piso superior.
Él salió a recibirlos, pero ellos quisieron entrar en la casa.
—Hola, Eric, ¿cómo estás? —dijo el que parecía el jefe.
—¿Qué queréis? —contestó mi padre, poco amigable.
—Ya lo sabes, Eric… Queremos que te incorpores a nuestro proyecto —respondió el mismo hombre —. Podemos ofrecerte lo que nos pidas.
—¿Podéis devolverme a mi familia? —preguntó con ira.
—Eric, Eric…—repitió con tono condescendiente—.
Lo de tu esposa y tu hijo fue un desgraciado accidente.
Nadie quería ese desenlace, pero a veces los humanos somos obstinados.
Nos negamos a aceptar lo inevitable. Tarde o temprano aplicaremos tu teoría y mejoraremos nuestra raza.
Es el avance más grande de la historia, y tú puedes ser recordado como su descubridor…
Te estoy ofreciendo la inmortalidad, Eric, date cuenta.
—Estás loco —interrumpió mi padre— jamás trabajaré para vosotros.
—¿Estás dispuesto a asumir las consecuencias de esta decisión? —preguntó tras un largo silencio— ¿Cómo está Mía? —añadió despacio.
—Si tocáis a mi hija destruiré todo y me mataré. No tendréis nada.
Hubo una pausa tensa.
—Eric, vamos a darte un tiempo más para que transcribas tus conocimientos, pero mi paciencia se está agotando. Quiero el ensayo completo, y quiero que seas tú el que experimente con los primeros humanos que ya estamos seleccionando —sonrió— Será histórico, Eric. Vamos a cambiar el mundo... Juntos.
—No lo conseguirás —añadió mi padre—. No lo permitiré.
Fue la primera vez que noté miedo en su voz.
También rabia, odio, sentimientos que hasta ahora no conocía y no me gustaron.
En cuanto escuché al helicóptero alejarse, corrí al encuentro de mi padre.
Estaba muy alterado, sudaba y daba vueltas de un lado a otro del salón con la respiración agitada tocándose la cabeza con ambas manos.
—¿Papá? —pronuncié con tono delicado tratando de no asustarle.
—¡Cariño, hola! —contestó como si nada hubiera pasado mientras se acercaba para darme un fuerte y largo abrazo.
—¿Quiénes eran esos hombres, papá? —dije todavía entre sus brazos— ¿Qué querían? ¿Cómo sabían mi nombre y lo del accidente de mamá y Alan?
—Mía, tengo que enseñarte algo…
Fue la primera vez que me dejó bajar con él al sótano.
No pude articular palabra en mucho rato.
Aquello era totalmente desconocido, pero sobre todo inesperado.
Tras la enorme puerta blindada, una superficie mucho mayor a la de la planta de nuestra casa se extendía ante mis asombrados ojos casi sin fin.
Varias salas independientes contenían extrañas y aparatosas máquinas llenas de orificios para alojar tubos, bandejas, agujas, aparatos de centrifugado, pantallas, cables, probetas…
Deambulé con sumo cuidado entre todo aquello y con la boca todavía abierta, en una de las salas mi padre comenzó a hablar.
—Esta es la unidad de proteómica, Mía. Hay ocho unidades en total —dijo mientras avanzábamos—. Ésta, la de citometría de flujo, y continúan la de resonancia experimental, cultivos celulares, genómica, difracción de rayos, cirugía experimental y bioquímica.
Le miré atónita, como si hablara en otro idioma… uno que estaba deseando conocer.
—¿Para qué sirve? —pregunté, con dificultad—. Enséñamelo, por favor.