La verdad imposible CAPÍTULO 2. TORMENTA
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CAPÍTULO 2. TORMENTA

C ada mañana aparecía en mi puerta una bandeja con una botella de un líquido similar al agua y un engrudo viscoso, blanquecino e insípido que interpreté como comida.

En la base de la bandeja, un número, el ocho.

No eran horas, no sé qué significaba, ni quién la dejaba.

No conseguía recordar nada y, sin embargo, no estaba asustada.

Era inesperado. Inquietante. Llevaba allí seis días, que supiera, quizá fueran más, pues bajo la manta que cubría la cama hecha de paja compactada, encontré flores secas atadas con briznas.

Había treinta pequeños ramos, con tres o cuatro flores cada uno, que se correspondían con las que allí crecían.

«¿Las dejé yo?» Eran bonitas. Sencillas.

Contrastaban muy bien con la complicada maraña de interrogantes en la que me había convertido.

Estaba exhausta de buscar recuerdos bloqueados.

Sentía que querían aflorar, pero algo no se lo permitía.

«¿Por qué tengo amnesia?» Drogas, traumatismos, shocks…

Podría haberla producido cualquier cosa, pero no concluía en nada.

Únicamente sabía que estaba presa y que me querían viva.

​ «Si intentara matarme, quizá aparecerían».

Inmediatamente, deseché aquel pensamiento; era un riesgo demasiado grande.

«Quizá podría simularlo», insistí, pero algo me llevaba a rechazar la muerte de pleno.

No me gustaba ni de manera hipotética. Quería vivir.

Intuía que debía hacerlo, pero no así. Tenía que contactar con mis captores de alguna forma.

La reposición de la bandeja era el único momento en el que podría interactuar con ellos.

«Debo mantenerme despierta». Quizá si durmiera de día lo conseguiría.

Entré en la casa, medité, pero seguía en vilo.

Cambié mi postura, me hice un ovillo, como un bebé, y tras varios segundos sobrevino aquel recuerdo: “Te lo prometo, papá. Lo conseguiré”.

Me incorporé sorprendida. ¿Lo conseguiré? ¿El qué?

Desconocía el propósito, pero entendí que tenía uno y quizá fuera por él, por lo que estaba retenida.

Era apremiante recordar más. Averiguar mi objetivo.

Estaba relacionado con mi padre, sin duda, pero tras ese pensamiento, un terrible y agudo sonido atravesó mi cabeza como una daga. Caí desvanecida.

​ ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy? Me dolía mucho la cabeza.

Y tenía una sensación extraña. No conocía aquella cabaña.

Eché un vistazo dentro y me dirigí hacia la puerta.

Infinitas montañas me dieron la bienvenida, pero aquella valla electrificada me retenía.

Estaba en medio de aquella majestuosa estampa encerrada por energía invisible. «Ojalá pudiera volar».

Aquella tarde, hizo frío inesperadamente.

Era pronto para aquella temperatura tan baja sin previo aviso.

A lo lejos unas nubes oscuras fueron tornándose negras conforme se acercaban, y un viento fuerte dio paso a una repentina y agresiva lluvia acompañada de relámpagos que tronaban con la incomparable fuerza de naturaleza cuando se desboca.

El aire denso me trajo aromas de tierra mojada, de vegetación y pasto renovados por el efecto del agua.

Olía a limpio, a esperanza. Me refugié por precaución, aunque estaba disfrutando de aquel espectáculo.

Por alguna razón deseaba que aquello se desmandara, que cayeran muchos rayos, y que pudiera sentirlos muy cerca.

Como si la atmósfera me hubiera escuchado, las descargas fueron cada vez más numerosas y próximas.

Su estrépito, lejos de asustarme, me alentaba.

Cuando aquel fogonazo cegó mi visión, entendí que la última había caído en la valla atraída por la electricidad que corría por sus alambres punzantes.

El estruendo fue inconmensurable, similar a un bombazo y equiparable a la esperanza que me produjo ver el agujero que había aparecido en la cerca tras el impacto.

Con el corazón latiendo salvajemente, me dirigí veloz hacia él a sabiendas de que era una oportunidad entre cientos de miles.

Tenía que atravesarlo, llegar al bosque como fuera.

En esos escasos cincuenta metros, concentrada solo en escapar de mi cautiverio, empecé a recordar.

Atónita dejé a mi memoria actuar. Volvió como un tsunami.

Potente, arrolladora, llenando cada hueco, cada duda, creando nuevas hipótesis del porqué de mi situación en apenas segundos.

La tormenta entonces empeoró y su magnitud se equilibró con mi tempestad interior.

«Corre. Solo corre» Debía concentrarme en alcanzar la libertad; después llegaría lo demás.

La agresividad del temporal era mi mayor aliado.

Me permitió llegar al bosque, me protegió.

Esa espesura y la borrasca me cobijarían, aunque sentía que ya estaban buscándome.

Seguí corriendo. Debía encontrar algún pueblo o aldea.

Quizá en ella encontrara una posibilidad de comunicarme con…

¿Con quién?, me dije. ¿De quién podía fiarme?

«Sigue», me repetía cada vez que el cansancio se presentaba. «Tienes que seguir».

La tormenta iluminaba mi camino y me servía como referencia para mantener la dirección correcta, pero sabía que no duraría.

Apreté la marcha y, dos segundos antes de caer exhausta, divisé en la lejanía tenues luces en el interior de pequeñas casas.

¡Una aldea! Como una inyección de adrenalina en el corazón, esa visión me regaló unos minutos extra de carrera, pero no fueron bastantes.

Estaba al borde del colapso, deshidratada, extenuada.

Caí rendida al suelo. Las piernas ya no respondían, así que hice varias hendiduras que forré con la hojarasca en un intento de recoger el agua de la lluvia que aún caía.

Había escuchado los aullidos de un lobo, quizá hubiera cuevas cerca.

A unos pocos metros, encontré una cavidad que acepté como refugio.

En cuanto salí del alcance de la lluvia, mi ropa se secó instantáneamente.

Fue una grata sorpresa, otra más en una noche repleta de emociones que me mantenían irremediablemente despierta, pero debía descansar o no podría seguir.

Acurrucada en ese agujero repasé mi vida entera…

Era demasiada información, demasiado intensa.

Estaba abrumada y la promesa a mi padre se instaló en mi pensamiento para no salir jamás.

Entre lágrimas acompañadas del sonido de la tormenta cada vez más lejana, me acuné inconscientemente.

«Lo conseguiré papá. Lo conseguiremos. Te lo prometí».