La verdad imposible CAPÍTULO 1. MONTAÑAS
3%
La verdad imposible

La verdad imposible

Por Irene Fatas Perez

© inepub.com

CAPÍTULO 1. MONTAÑAS

A quella luz me despertó como si alguien estuviera presionando con fuerza sobre mis párpados.

Me aparté de ella arrugando el ceño y entreabriendo los ojos con dificultad.

¿Dónde estaba? ¿Qué había pasado? ¿Y por qué tenía ese horrible dolor de cabeza?

Las preguntas se agolpaban en mi mente aturdida y no era capaz de encontrar respuestas.

¿Qué lugar era ese y cómo había llegado allí?

No lo recordaba. No recordaba nada. Tenía el cuerpo entumecido y mis movimientos eran lentos y pesados.

Cada músculo, cada fibra, tiraba como si hubiera estado años haciendo ejercicio sin descanso.

«¿Qué me pasa?» «¿Me han drogado?» «¿Por qué?

» Traté de recordar quién era. Fue una sensación extraña.

No había información, mi cabeza se había convertido en un gran abismo oscuro y vacío.

Solo había incertidumbre, inquietud. Las cuestiones más sencillas se repetían en bucle: ¿quién soy?

¿Cómo me llamo? ¿Cómo he llegado aquí?, pero las respuestas seguían ausentes.

Me miré a mí misma. Mis manos y mi cuerpo me eran familiares, pero no esa ropa.

Aquel pantalón y suéter elásticos se ajustaban como un guante a mi anatomía.

No conocía aquel tejido gris. Era una mezcla entre goma y fieltro, firme y suave a la vez, ajustable y transpirable, sin costuras, como cortado de una pieza a mi medida.

En los pies, el mismo material, acabado en goma en la suela y adaptado hasta por encima del tobillo.

No llevaba reloj, ni complementos ni adornos. Eso era todo.

​ A mi alrededor no había pistas que me condujeran a una respuesta.

Estaba en una especie de antigua choza de piedra en bastante mal estado, con un techo hecho de troncos enteros con toscas aberturas por donde se colaban los rayos de aquella cegadora luz.

Había despertado sobre un montón de paja compactada en el que se había colocado una pieza grande del mismo tejido de mi escueto atuendo.

Olía a campo, a tierra y hierba seca, casi dulce.

Era penetrante, pero no desagradable. El resto, vacío. Solo piedra y una puerta.

El silencio atronador de aquel lugar contrastaba con el desesperante ruido de mis preguntas.

«Sal de aquí», me dije, encontrando por fin un pensamiento coherente.

Fui hacia aquel acceso dolorida e inesperadamente lo abrí sin dificultad.

La claridad exterior me golpeó de nuevo y, tapando mi rostro con las manos, me concentré en reconocer algo a través de otros sentidos.

La temperatura era cálida. No había viento ni sonido alguno.

Grité: ¡¿Hay alguien?! ¡¿Alguien puede oírme?

! Necesito ayuda. Por favor, ¿alguien me oye? , pero no hubo respuesta.

«Tiene que haber una explicación» Esperé a que mis ojos se acostumbraran a aquella luminiscencia.

Era intensa y aportaba calor. Deseé que fuera el sol, y despacio pude ver que acertaba.

Por su posición y fuerza tenía que ser mediodía.

Bañaba más allá, unas enormes montañas verdes que se dibujaron majestuosas ante mi débil mirada.

El cielo azul se prolongaba hasta el infinito en medio de aquel valle flanqueado por un espeso bosque. Era imponente. Tras un segundo de admiración, volví a chillar. Lo hice con todas mis fuerzas, pero no hubo réplica.

​ En mi mirar, ávido de algún movimiento, descubrí una valla que a lo lejos rodeaba la construcción en la que me hallaba.

Varios postes de hormigón unidos por alambres de espino conectados a unos electrodos se levantaban desafiantes entre el recinto y mi libertad.

¿Era algún tipo de granja? Entre preguntas, me acerqué al vallado y el sonido que emitían aquellas cuerdas metálicas corroboró que llevaban corriente.

Estaba encerrada y no sabía por qué. Tras horas deambulando, buscando una posible salida, voceando e intentando encontrar un sentido a aquella situación, mi precario estado me obligó a entrar en la casa y descansar.

El desconcierto crecía, así como la inquietud y el terrible cansancio físico que me afligía, pero no sentía miedo. Ni siquiera un poco, y eso también me aturdía. Un sonido seco me despertó.

—¿Quién está ahí? —pregunté en alto. —¿Hola? ¿Quién es? ¡¿Hola?! — continué— ¡Por favor responda!¡Vuelva! —, grité al mismo tiempo que intentaba correr hacia la salida.

Mis esfuerzos por alcanzar a quien fuera no sirvieron de nada. Seguía muy débil y, aunque empezaba a amanecer, aún estaba oscuro y, de nuevo, la luz, con su ausencia, me jugó otra mala pasada.

Las montañas parecían cómplices de aquella presencia fugaz.

Seguían mudas ante mis preguntas. Impávidas.

Al volver adentro encontré una caja de un material similar al plástico.

Era gris translúcido y contenía una botella con lo que parecía agua, y otro recipiente con algo gelatinoso dentro.

«¿Es comida? ¿Me están alimentando?» Instantáneamente mi estómago rugió y casi sin pensarlo, devoré aquel engrudo blanquinoso deseando que no estuviera envenenado.

Al levantar la botella descubrí en la base de la caja una inscripción.

Era un ocho representado numéricamente. «¿Ocho?

¿Qué significa?»  Reproduje aquel pensamiento en alto: «¡¿Qué es esto?

! ¡¿Qué queréis?!¡¿Qué hago aquí?! ¡¿Quiénes sois? !»

Si me habían secuestrado, ¿por qué razón?

¿Por qué a mí? ¿Quién era yo? Me habían privado de mi identidad, de mis emociones, de mí misma…

«Piensa. Piensa en algo», me repetía, ocho…

¿Ocho qué? ¿Horas? Entré en la casa y marqué con una brizna de paja el lugar que se iluminaba en el suelo por la todavía tenue luz.

Si eran horas, en ocho, quizá regresaran.

Volvería a marcar el reflejo de la luz y obtendría una suerte de reloj solar controlando así el tiempo que estuviera retenida.

Solo pensarlo me desesperaba. Era un rehén.

¿Cuál era el motivo? Mi amnesia era total.

No me gustaba la situación. ¿Cuánto tiempo llevaba allí?

El esfuerzo por recordar era constante, agotador y lo peor, improductivo.

No encontraba nada reconocible, ni en mí, ni en aquel habitáculo.

Fuera, un paraje de montaña con hayas, robles, abetos y pinos, pero ¿de dónde?

, ese tipo de arbolado podía darse en multitud de latitudes.

Por la vegetación, la luz y la temperatura, tenía que ser verano.

Me atreví a pensar que julio o agosto pues no veía nieve en las cumbres más altas.

Quizá muy al norte habría habido más, haría más frío.

Eso descartaba algunas zonas. «¿Dónde hay montañas como estas?

» No parecían una cordillera. Era un macizo de roca caliza de unos dos mil metros en sus cimas, que formaba una garganta como podría haber miles en todo el mundo.

De nuevo, no encontraba soluciones. Solo más dudas. Me apoyé contra la pared intentando no pensar. Dentro, el haz de luz, que ya cogía fuerza, había variado de posición desde la marca con la paja. Busqué una piedra y escribí: Día 2. Verano, 6 o 7 de la mañana.

La luz corría por el suelo demasiado lenta para apreciarlo. Contaba los segundos mentalmente, e hice marcas cada novecientos, que dividido entre los sesenta que tenía cada minuto, eran un cuarto de hora.

Me impuse el reto de llegar a las ocho horas.

¿Qué pasaría entonces? ¿regresarían? Cada segundo se me hizo eterno.

Mis pensamientos vagaban entre intentos de recordar y especulaciones sin fundamento.

Solo el hambre y la sed parecían marcarme el ritmo.

No ocurría nada más, no había nada. Ningún cambio.

No había respuestas ni contactos. Ni siquiera animales.

Ni una hormiga, ni un pájaro. ¿Cómo era eso posible?

Me asombraba no volverme loca, no perder la calma.

Me tumbé en la cama y dejé la mente en blanco.

La puerta al golpearse volvió a sobresaltarme de madrugada. Esta vez salí de aquel lecho con mayor velocidad. Menos dolorida, corrí con empeño, pero a pesar de ello, no alcancé a ver más que el infinito arbolado que verdeaba el paisaje. Ni rastro de ninguna presencia más.

«¿Por dónde accede?, es imposible que tenga tiempo de llegar a la valla sin que le vea». Debía revisar cada palmo de la casa, del exterior, de aquella cerca. Tenía que recorrerlo todo en cuanto amaneciera.

Entré y mi suerte de reloj indicaba la misma hora del día anterior. Apunté: 6.30 y añadí un interrogante .

Una nueva caja descansaba junto a la entrada.

Contenía otra botella y un recipiente similar al del día anterior.

Estaban llenos, y en la base, de nuevo el ocho.

Solo el número: 8. Ingerí el engrudo, era el mismo, con su misma ausencia de sabor y desagradable textura.

No me preguntaba más, no había alternativa y saciaba mi hambre y sed durante todo el día, pero, sobre todo, era una señal de que, quien fuera que me retuviera allí, quería mantenerme con vida.

Estábamos de acuerdo en algo. A pesar de que no de esa manera, yo también quería vivir.

De hecho, sentía que tenía que hacerlo más allá del mismo instinto de supervivencia.

Sentía que tenía una deuda, un objetivo, uno grande, algo que todavía no podía recordar.

Poco a poco, pensé. Y con ese mandato comencé a inspeccionar cuidadosamente la estancia.

Recorrí cada centímetro de aquel habitáculo.

Tenía unos cinco metros de ancho por otros tantos de largo.

Era bastante regular y firme, aunque rudimentario.

Las piedras que componían sus paredes no muy altas se apilaban unas encima de otras sin argamasa.

Solo su forma y peso eran suficientes para obtener la fuerza necesaria para convertirlas en una sola cosa: aquel muro que hoy provocaba mi rechazo cuando en otra circunstancia hubiera sido agradecido como refugio de montaña.

Era lóbrego, impasible, estaba segura de que en cuanto pasara el verano sería terriblemente frío.

Tenía que huir de allí. Pronto. La pradera que me rodeaba no ofrecía mucho más que algunas flores moradas, blancas y amarillas que fui arrancando abruptamente para delimitar la zona inspeccionada.

Un pequeño ramo se formó en mi puño sin planearlo y, por un momento, me conmovió su sencilla belleza.

Lo llevé a la casa y lo deposité sobre la cama.

Sonreí sintiendo cierta melancolía. No sirvió preguntarme por qué. Mi cabeza seguía vacía. Borrada.

​ Los días duraban demasiado. Me sentía cada vez más fuerte pero igual de impotente.

Establecí una rutina de ejercicio y descanso seguida de mis comprobaciones diarias.

Paseaba en círculos alrededor de la casa, escuchaba la electricidad de la valla fluyendo y atrapándome dentro sin violencia ni esperanza.

Y a pesar de que trataba de mantenerme despierta para averiguar quién entraba, no me era posible.

Era frustrante. Debía ocurrir algo más. Algo que escapaba a mi comprensión.

Pero ¿qué? Habían pasado ya dieciséis días y todo permanecía igual, todo, salvo la luz.

Cada vez duraba menos. Cada día más cerca del invierno, un poco más de oscuridad.

No encontraba la forma de escapar y seguir con vida.

Por más que lo pensara, era imposible. El día que cumplí un mes de encierro dejé de intentarlo.

Fueron aquellas flores y su tierna simplicidad, adaptadas a su entorno, sin mayores pretensiones que las que ofreciera aquel paraje, las que me inspiraron a dejarme llevar.

Cerré los ojos cerca de una flor morada, pequeña y erguida ante aquellas montañas.

Era preciosa. Con seis diminutos y fuertes pétalos que emergían del mismo suelo, y enmarcaban a los estambres y pistilos de un maravilloso e intenso tono anaranjado.

Me centré en aquel color, solo en él, y respiré.

Inhalé profundamente sintiendo como el aire llenaba mis pulmones haciendo posible mi vida.

Rechacé cualquier otro pensamiento, solo fluía, era.

Como aquellas flores de las que parecía percibir con más fuerza su dulce aroma, su belleza y calma.

Me invadía. Ya no me importaba mi situación, ni quien era, nada importaba en aquel momento.

Nada pesaba. Ni mi cuerpo, ni las dudas, ni el futuro que vendría.

Solo existía ese instante, aquellas flores.

Era mágico. Ellas y mi consciencia se unían, como si formara parte de su colonia, como si fuéramos una sola cosa.

En ese instante un pensamiento atravesó mi cabeza como una flecha: familia.

Abrí los ojos sobresaltada. ¿Familia? Papá, pronuncié atónita.

Y a la vez que me preguntaba por qué, unas manos se dibujaron en mi cerebro.

Eran muy parecidas a las mías, pero masculinas, firmes.

Noté como por primera vez en todo ese tiempo las lágrimas corrían por mis mejillas.

Mi pulso acelerado, precedió a un indescriptiblemente fuerte y profundo sentimiento de amor y respeto.

Las palabras “te lo prometo”, pronunciadas para él, fueron mi primer recuerdo desde que desperté en aquel lugar. Excitada y agradecida, busqué la manera de apuntar mis progresos, pero un agudo pitido resonó hasta la sordera en mi cerebro e hizo que perdiera la consciencia de nuevo.

Aquella luz me despertó como si alguien estuviera presionando con fuerza sobre mis párpados.

¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy? ¿Por qué tengo este horrible dolor de cabeza?

Tras cientos de preguntas sin respuesta, observé a mí alrededor.

Estaba en una casa de piedra con techo de troncos de madera a dos aguas, rodeada por una valla electrificada en medio de ninguna parte.

No había nadie, no había nada. La casa, la valla, y más allá, solo montañas.