Capítulo 62
Los restos del MS Estonia permanecían inmóviles en el fondo del Báltico.
En la pantalla curva del pesado televisor de tubo del apartamento de Camden, el telediario mostraba una recreación gráfica del barco apoyado sobre el lecho marino.
La animación de la BBC descendía lentamente hacia las profundidades mientras una voz explicaba el debate sobre si recuperar los cuerpos o dejar el barco allí, convertido para siempre en una tumba marítima.
Christian bajó el volumen.
Diana estaba sentada en el extremo de la cama, envuelta en uno de sus jerséis. Había pasado unos días en el apartamento de Camden después de dejar Barcelona. No le había contado todos los detalles de la conversación con Roberto y Christian no había preguntado .
En la pantalla, el comentarista hablaba de proteger la dignidad de las víctimas.
—No quieren proteger una tumba —dijo Diana—. Quieren construirla.
—El Registro ha desaparecido. McCabe controlará la investigación y los rusos negarán cualquier operación. No podemos demostrar nada.
—Hoy no.
La respuesta hizo que Christian la mirara.
Diana mantenía los ojos clavados en el televisor.
No había dicho «nunca».
Había dicho «hoy».
Christian apagó el aparato. El cuadrado luminoso se contrajo hasta convertirse en un punto blanco y, después, desapareció.
—¿Qué vas a hacer?
—Mañana cogeré un tren a Gales. Necesito pensar lejos de Roberto, de McCabe y de ti.
Christian fingió sentirse ofendido.
—Me encanta ocupar el tercer puesto.
Ella lo miró. Durante un instante reapareció la mujer que había conocido en Barcelona, la que todavía encontraba espacio para la ironía cuando todo ardía a su alrededor.
—No era una clasificación.
El teléfono sonó.
Ambos se quedaron inmóviles.
Sonó de nuevo.
Christian descolgó.
—Vinther.
—Es solo una llamada de cortesía —dijo McCabe—. Aprecio su... sacrificio. Y quiero creer que tanto usted como su invitada se encuentran físicamente bien.
—Estamos vivos a pesar de usted.
—Los resultados siempre admiten varias interpretaciones.
—¿Qué quiere?
—Que abra la puerta al mensajero.
La línea quedó muerta.
Dos segundos después sonó el timbre del portal.
Christian regresó con una caja lo bastante grande para contener varios pares de zapatos. El precinto blanco no llevaba ningún logotipo. En una esquina figuraba el remitente:
ASHCROFT & SONS LTD
En el centro aparecía el nombre de Diana Valenti.
Ella frunció el ceño, desconcertada.
Christian no dijo nada. Imaginaba qué contenía, pero aun así le costaba creerlo.
Ella rompió el precinto y levantó la tapa de cartón. Dentro descansaba un uniforme verde oliva perfectamente doblado: gorra, camisa, pantalón de faena, cinturón e insignias de la Guardia Civil.
La talla exacta.
Diana rozó el emblema con los dedos.
—¿Cómo ha conseguido esto?
—No lo ha conseguido. Ha creado una identidad, una cobertura o una vía de entrada.
—Quiere que vuelva a España para él.
—Quiere que creas que te está devolviendo lo que perdiste.
Diana cerró la caja .
La cargó escaleras abajo, cruzó la calle bajo la lluvia y la arrojó a un contenedor. Cuando regresó, tenía el pelo mojado y los labios apretados.
—Problema resuelto.
—Ha sido muy teatral.
—He aprendido del mejor.
La noche terminó sin más llamadas.