La verdad hundida (Christian Vinther 3) Capítulo 63
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Capítulo 63

Cuando Christian despertó, Diana se había ido. Su bolsa de viaje ya no estaba junto a la puerta. Sobre la mesa encontró una nota:

«Voy a Gales. Necesito pensar sin que nadie intente decidir por mí».

Christian leyó la frase dos veces.

El piloto del contestador automático parpadeaba.

Pulsó el botón.

—Su excedencia ha terminado, Vinther —dijo McCabe—. Quiero verlo en Wapping. Volvemos a empezar.

Christian apagó el aparato.

Durante varios minutos permaneció junto a la ventana, contemplando los autobuses y los taxis que avanzaban bajo la lluvia. Sin McCabe, sin Equilibrium y sin una misión, volvía a sentir el vacío que había intentado llenar desde niño .

La diferencia era que ahora sabía reconocer aquella necesidad. Ya no podía confundirla con una vocación. Su adicción al peligro no había muerto en el Báltico; solo había cambiado de forma.

Marcó el número de Wapping.

McCabe respondió al segundo tono.

—Sabía que llamaría.

—No volveré a trabajar a ciegas.

—Eso no lo decide usted.

—Diana no es un recurso. No volverá a utilizarla a través de mí.

Hubo un silencio.

—¿Ha terminado?

—No. Si regreso, será porque necesito saber quién ordenó el ataque, qué enterraron en el Báltico y cuántas divisiones de su organización están dispuestas a matar para ocultarlo. No porque necesite que usted me diga para qué sirvo.

McCabe dejó escapar un sonido parecido a una risa.

—Preséntese a las nueve.

Christian colgó antes que él.

Se duchó, se afeitó y escogió su cazadora favorita de cuero negro. Al salir a la calle, pasó junto al contenedor. La tapa estaba mal cerrada y el agua de lluvia resbalaba por uno de los laterales.

La caja había desaparecido.

Recordó el cuadro de Turner de la National Gallery: el gran navío blanco, el remolcador oscuro y la gruesa soga que los mantenía unidos.

McCabe seguía creyendo que Christian era el remolcador .

Una herramienta pequeña e invisible destinada a arrastrar monstruos.

Quizá todavía lo fuera.

Volvió a mirar el contenedor, lleno de bolsas de basura, pero sin la caja que McCabe envió a Diana.

Dejó caer la tapa y miró hacia la avenida vacía por la que ella debía de haber pasado unas horas antes.

Una sonrisa torcida asomó a sus labios.

La trampa de McCabe siempre, siempre funcionaba.

Levantó el cuello de la cazadora y echó a andar hacia el metro, consciente de que, esta vez, la tensión de la soga actuaba en ambas direcciones.