Capítulo 61
El rellano vibraba con el sonido de un televisor vecino. La voz grave de un presentador de informativos se filtraba a través de una de las puertas.
No parecía su puerta.
El felpudo desgastado, la mirilla de latón, el pequeño arañazo en el marco de madera...
Eran elementos de una existencia que pertenecía a una mujer muerta.
Llevaba unos vaqueros limpios y un jersey oscuro que Christian le había comprado en Londres.
Se había recogido el pelo en un moño tirante que dejaba al descubierto la cicatriz pálida de la sien.
Tenía las llaves en el bolsillo, pero no quiso usarlas.
Dejó la bolsa de viaje junto al felpudo.
Respiró hondo, levantó la mano y pulsó el timbre.
Tardó medio minuto en abrir. Cuando la puerta cedió, Roberto apareció en el umbral.
Llevaba una camisa arrugada y los ojos enrojecidos por un cansancio crónico.
Tenía la mirada de un hombre que llevaba días intentando unir piezas que no encajaban.
El día anterior, Christian le había confirmado que Diana viajaba a bordo del ferri hundido.
Sus ojos se posaron en ella.
Durante un instante, el rellano dejó de existir.
—Diana...
El rostro se le quedó sin color. Un segundo después, el asombro dio paso a una emoción violenta e incontrolable. De su garganta surgió un sonido estrangulado, una especie de rugido ahogado, y se abalanzó sobre ella. La envolvió en un abrazo desesperado y la apretó contra el pecho.
Ella se dejó atrapar. Sintió el calor de su cuerpo, el olor del suavizante y el temblor violento de sus hombros. Sin embargo, permaneció rígida como una viga de acero. Tardó dos segundos eternos en levantar los brazos y devolverle el abrazo.
—Pensé que estabas muerta —dijo él atropelladamente, hundiendo la cara en su cuello—. Desde que volví de Londres no he parado. El consulado, las listas, la embajada... Nadie sabía nada. El barco... ¿Dónde has estado? ¿Cómo saliste? ¿Por qué no llamaste?
Diana retrocedió unos centímetros, lo suficiente para poder respirar. Miró por encima del hombro de Roberto: la televisión encendida, la penumbra del pasillo, el interior del piso esperando su regreso.
—No podía llamar.
Roberto la agarró por los brazos y examinó su rostro pálido y la ropa ajena que llevaba puesta. Ella, por instinto, deslizó una mano hacia el vientre. Fue un roce rápido, antes de dejarla caer.
Roberto no reparó en el gesto.
—Pasa —dijo, tirando suavemente de ella hacia el interior—. ¿Quieres agua? ¿Llamo a un médico?
Diana entró en el salón y la sensación de asfixia la golpeó de lleno.
En la mesa del comedor había cajas de la mudanza a medio llenar. Sobre el sofá, muestras de tela azul y gris. En la mesa de centro, esparcidos bajo la luz mortecina, descansaban los planos de la casa de Sant Cugat, cubiertos de anotaciones de su puño y letra.
Un mes antes, todo aquello había sido el «futuro».
Ahora le parecía el decorado barato de una obra de teatro.
Una jaula de pladur.
—Mírame. —Roberto se colocó frente a ella. Tenía los ojos brillantes, desesperados por restaurar el orden—. Podemos denunciar a quien sea. Dejamos la mudanza para más adelante. Guardamos las cajas. Lo importante es que estás aquí. Nos casamos cuando tú quieras. Lo arreglaremos todo.
Todo lo que él le ofrecía era objetivamente bueno: seguridad, un hogar y una vida limpia.
Y, sin embargo, las paredes del salón parecieron encogerse a su alrededor.
—Siéntate, Roberto.
El tono interrumpió en seco su avalancha de palabras.
Él parpadeó, desconcertado por el muro de hielo que acababa de levantarse entre ambos. Diana caminó hasta el sillón individual y permaneció de pie junto al reposabrazos.
—No puedo volver y fingir que no ha pasado nada —dijo con una calma aterradora—. No soy la misma mujer que salió por esa puerta.
—Has pasado por un trauma inmenso. El naufragio...
—Lo que ocurrió en el Báltico no fue un accidente, Roberto. Y lo que vino después... tampoco.
Él negó con la cabeza, incapaz de comprender lo que Diana intentaba decirle y aferrado al salvavidas de la rutina.
—Ya hablaremos de todo eso. Ahora tienes que descansar. Estás en casa.
Ella miró las muestras de tela. Miró los planos de Sant Cugat.
Y miró al hombre bueno que tenía enfrente.
Había llegado el momento.
—No me voy a casar contigo, Roberto.
El silencio que siguió fue absoluto. Roberto dejó caer los brazos. Tardó varios segundos en articular palabra.
—Estás en estado de conmoción. No tienes que decidir nada hoy. Si es por lo que te ha pasado allí, buscaremos ayuda. No tienes que tirar tu vida entera a la basura...
—No es solo por lo que me pasó. Es por lo que ya me estaba haciendo yo aquí.
Él frunció el ceño, herido.
—¿De qué estás hablando?
—Este piso. Los planos de la casa. La boda. —Señaló la mesa con la barbilla—. Elegí todo eso por miedo, Roberto. No porque fuera lo que realmente quería. Me aterraba mi propia vida y traté de esconderme en la tuya.
—Teníamos una vida feliz, Diana.
—Tú me diste una vida que cualquiera llamaría feliz —concedió ella, sintiendo el escozor de la verdad—. Pero cada vez que miraba hacia ese futuro, sentía que desaparecía.
Cerró los ojos durante un segundo. La imagen de la enfermería iluminada de rojo de Bentwaters parpadeó en su memoria y se superpuso al salón de Sants.
—Antes de marcharme al Báltico, había algo más. Algo que podría habernos unido para siempre a esa casa de Sant Cugat. —Hizo una pausa mínima. El muro de hielo se resquebrajó apenas una fracción—. Lo he perdido. Y, en lugar de sentir únicamente dolor... también he sentido alivio.
La palabra quedó suspendida entre ambos, cruel por su honestidad.
—El alivio no borra la pena —añadió Diana—.
Tampoco significa que no hubiera podido quererlo.
Significa que una parte de mí sintió que acababan de devolverme una decisión que yo había permitido que tomaran el miedo, el tiempo y los demás.
Y no quiero construir una familia sobre esa clase de mentira. No sería justo para nadie.
Él dio un paso atrás, como si ella acabara de golpearlo. El dolor de sus ojos se transformó en una incomprensión devastadora.
—Entonces, todo esto... —Tragó saliva—. ¿Nada de lo nuestro fue de verdad? Yo sí te quería aquí. Entera. Tal como fueras.
—Fue de verdad mientras pude fingir que me bastaba —respondió Diana, negándose a permitir que cargara con una culpa que no le pertenecía—.
El problema no eras tú. Era yo, intentando vivir una vida que no sentía como propia.
Tú querías salvarme del caos. Y yo he descubierto que el caos también forma parte de mí.
Él dejó caer la cabeza, derrotado. La ilusión de la vida correcta acababa de romperse en pedazos sobre el suelo del piso.
Diana se llevó la mano derecha al anular izquierdo. Se quitó el anillo de compromiso y avanzó hacia la mesa de centro. Lo dejó con cuidado sobre los planos de la casa, justo en el centro del pasillo dibujado a lápiz. Junto a él, sacó del bolsillo de los vaqueros las llaves del piso y las dejó caer.
El metal tintineó sobre el papel.
—No volveré a dormir aquí —sentenció—. No sería honesto.
Roberto levantó la mirada hacia ella. Era el último intento de un hombre que se ahogaba y buscaba una explicación que pudiera comprender.
—¿Hay alguien más? —preguntó con amargura—. ¿Es por él? ¿Por ese Christian?
Diana lo miró y volvió a sentir el frío del acero de la persiana del búnker. Recordó a Christian arriesgando la vida por ella, la sangre en el suelo y la verdad que había perseguido hasta casi morir.
—No me voy con él ni con nadie —respondió mientras se volvía hacia la puerta—. Me voy conmigo. Por primera vez.
Caminó hacia la entrada. No hubo movimientos bruscos, gritos ni portazos. Solo la marcha inexorable de alguien que acababa de romper su jaula.
Roberto, apoyado en el marco de la puerta del salón, la vio agarrar el pomo. Dijo algo muy sencillo, cargado con el peso de lo que podría haber sido:
—Vuelve si algún día quieres... otra vida.
Diana no prometió nada. Solo asintió levemente.
—Gracias por todo lo que intentaste darme.
Salió al rellano, recogió la bolsa y cerró la puerta tras ella.
La calle de Barcelona la recibió como a una intrusa. Apretó los puños dentro de los bolsillos y empezó a caminar hacia la avenida en busca de un taxi que la llevara al aeropuerto.
Antes de refugiarse en Gales, todavía le quedaban decisiones que tomar y verdades que afrontar.
La vida correcta quedaba atrás.
Pero, mientras caminaba, Diana Valenti volvió a respirar.