Capítulo 60
Era temprano por la mañana. Diana estaba sentada en el borde de una camilla de una clínica privada, con una bata azul abierta por la espalda.
Llevaba un vendaje limpio en la muñeca, varios electrodos adheridos al pecho y las piernas cubiertas por una sábana desechable que crujía con cada movimiento.
La doctora apagó el ecógrafo.
La pantalla quedó negra.
—El análisis de sangre y la ecografía confirman que el embarazo no ha seguido adelante —dijo.
No utilizó la palabra «aborto».
Tampoco hizo falta.
Diana bajó la mirada hacia sus manos. Bajo las uñas aún quedaban restos oscuros de grasa, sangre y suciedad de Bentwaters.
—¿Está segura?
—Sí. No hay indicios de embarazo ectópico ni parece que necesite ninguna intervención. El sangrado debería disminuir durante los próximos días. Si aumenta, aparece fiebre o siente un dolor intenso en un lado del abdomen, debe acudir de inmediato a urgencias.
La doctora dejó unos documentos sobre la mesa.
—También presenta deshidratación, contusiones en las costillas y rastros de varios sedantes en la sangre. Necesita descansar.
Diana soltó una risa apenas audible.
—Eso parece decirme todo el mundo.
La mujer no sonrió.
—No debería permanecer sola durante las próximas veinticuatro horas.
Diana miró hacia la puerta cerrada.
Christian esperaba al otro lado.
—No lo estaré.
La doctora le entregó un sobre con los resultados y salió de la consulta sin formular más preguntas.
Christian había pagado en efectivo y explicado las lesiones como consecuencia de un accidente de tráfico.
El relato no habría resistido cinco minutos ante un policía, pero había bastado para una clínica privada acostumbrada a tratar la discreción como una forma de buena educación.
Diana se vistió despacio.
Los vaqueros y el jersey oscuro no eran suyos. Christian los había comprado en una tienda abierta cerca de la estación de Liverpool Street mientras ella recibía suero.
Había acertado con la talla .
Aquello le molestaba más de lo que debería.
Abrió la puerta.
Christian estaba sentado en una silla de plástico al final del pasillo. Llevaba la misma ropa manchada de Bentwaters y tenía los nudillos hinchados. Dormía con la cabeza apoyada contra la pared, los brazos cruzados y las piernas extendidas frente a él.
Diana avanzó dos pasos.
Él abrió los ojos.
No le preguntó si estaba bien.
Los dos sabían que no lo estaba.
Se puso de pie.
—¿Qué te han dicho?
Diana le entregó el sobre.
Christian no lo abrió.
—Lo he perdido —dijo ella.
La frase quedó suspendida entre ambos.
No hubo sirenas ni disparos. Ninguna alarma empezó a contar los segundos.
—Lo siento —dijo él.
Diana apretó los labios.
Había esperado dolor.
También rabia.
En su lugar encontró un vacío extraño, demasiado grande para caber dentro de su cuerpo. Y, sepultado bajo él, un alivio que no se atrevía a contemplar de frente.
—Yo también —respondió.
Christian bajó la vista hacia el sobre.
—En el ferri...
—No .
Él volvió a mirarla.
—Tengo que explicarte lo que ocurrió.
—Sé lo que ocurrió.
—Elegí a Volkov.
Ella sintió que la cubierta del MS Estonia volvía a inclinarse. La pechera del ruso atrapada en la mano de Christian. La muñeca de ella deslizándose entre sus dedos hacia el agua.
—Elegiste la misión —dijo.
Él recibió la acusación sin defenderse.
—Sí.
—Y después volviste.
—Demasiado tarde.
—Pero volviste.
Un músculo se tensó en la mandíbula de Christian.
—Eso no arregla nada.
—No.
Diana se apoyó contra la pared. De pronto, las piernas le pesaban el doble.
Christian dio un paso hacia ella, dispuesto a sostenerla.
Diana levantó una mano.
Él se detuvo.
Aquello, más que cualquier disculpa, consiguió que ella respirara un poco mejor.
—No puedo perdonarte ahora —dijo—. Tampoco sé todavía si quiero condenarte. Necesito separar tus actos de los de McCabe. Los suyos de los míos.
—Tú no provocaste nada de esto.
—No decidas eso por mí.
Él bajó la cabeza .
—Tienes razón.
Diana lo observó en silencio. Dos años antes, él habría discutido. Habría desplegado una sonrisa, inventado una salida elegante y convertido la culpa en otra forma de seducción.
Esta vez no lo hizo.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Christian.
—Volver a Barcelona.
Él frunció el ceño.
—No estás en condiciones de subirte a un avión.
Diana sintió cómo el muro se levantaba dentro de ella.
Christian lo vio.
—No —se corrigió—. Eso ha sonado como una orden.
—Porque lo era.
—Era miedo disfrazado de autoridad. McCabe estaría orgulloso.
Ella casi sonrió.
Christian se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta.
—¿Qué necesitas para volver?
La pregunta era diferente. No adónde tenía que ir. No qué debía hacer. Qué necesitaba.
—Un billete. Ropa limpia. Y que no llames a Roberto.
—Vino a Camden a buscarte. Tu abuela le dio mi dirección.
Diana lo miró.
—¿Cuándo ?
—Después del naufragio. Le dije que viajabas en el Estonia. Volvió a Barcelona. Cree que estás muerta.
—Lo sé —dijo bajando la mirada al suelo.
—Te preguntará dónde has estado.
—También lo sé.
—No tienes que explicárselo todo hoy.
—Eso lo decidiré yo.
Christian asintió.
—De acuerdo.
La facilidad con la que aceptó la respuesta la desconcertó.
—Después iré a Gales.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé.
—¿Quieres que vaya a Barcelona contigo y espere fuera?
—No.
Christian respiró hondo.
—¿Quieres que desaparezca?
Diana lo miró.
La pregunta contenía algo más que aquel día. Algo más que el viaje, el embarazo y el búnker.
—Hoy —respondió— necesito que me dejes hacer esto sola.
La respuesta lo hizo parpadear. Diana no había dicho «nunca»; había dicho «hoy». Christian sacó del bolsillo un fajo de billetes y se lo tendió.
—No necesito tu dinero.
—No es mío. Es de McCabe.
Ella cogió los billetes.
—Entonces gastaré hasta el último penique .
—Ese es el espíritu.
Durante un instante surgió entre ellos algo parecido a la antigua complicidad. Duró poco, pero fue suficiente para recordarles que continuaba existiendo bajo todas las capas de culpa.
Christian le devolvió también la cartera, el pasaporte y las llaves que había recuperado del bolso empapado. Le entregó también una bolsa de viaje. Dentro había un abrigo, ropa interior, un cepillo de dientes y unos zapatos bajos.
Ella alzó una ceja.
—¿Zapatos?
—Los tacones habrían sido una elección poco práctica.
—Empiezas a conocerme.
—Ese siempre ha sido el problema.
Diana se colgó la bolsa del hombro.
Al final del pasillo, las puertas automáticas se abrieron y dejaron entrar una ráfaga de aire húmedo. Londres amanecía bajo un cielo del color del cemento.
Christian caminó con ella hasta la salida.
Un taxi negro esperaba junto a la acera.
—Te llevaré al aeropuerto —dijo.
Diana lo miró.
Él levantó las manos.
—Una oferta. No una orden.
—Hasta Heathrow.
—Hasta Heathrow —repitió Christian, asintiendo una vez.
Subieron al taxi.
Diana apoyó la frente contra la ventanilla. Las calles mojadas desfilaron al otro lado del cristal: persianas cerradas, autobuses casi vacíos y hombres que repartían periódicos cuyas portadas hablaban del naufragio en el Báltico.
Christian permaneció en silencio a su lado.
No intentó explicarse.
No intentó salvarla.
Por primera vez desde que había reaparecido en Barcelona, se limitó a acompañarla hasta el lugar que ella había elegido.
Después, Diana tendría que llamar a una puerta en Sants y enfrentarse a la vida que había dejado atrás.
Más tarde iría a Gales.
Y, cuando nadie estuviera mirando, decidiría qué partes de sí misma habían sobrevivido al mar.