Capítulo 58
Christian volvió a examinar las huellas.
Una voz electrónica irrumpió en el pasillo:
—Fallo de presión. Refugio Tres.
La alarma procedía del ramal de la derecha. Un altavoz del corredor emitió un chasquido.
—Ha forzado el cierre interior —informó una voz femenina ronca—. Ha salido de la esclusa. Repito: el objetivo está fuera.
El inglés era impecable, demasiado preciso. Pero Christian reconoció la cadencia de las vocales. Sueca.
Otra voz respondió:
—Control Uno ha cruzado el perímetro norte. Cierren la instalación antes de que llegue.
Christian no sabía quién era Control Uno, pero la tensión de aquellas voces dejaba claro que no formaba parte de su cadena de mando.
Bajó por la escalera de servicio.
El túnel se bifurcaba. A la izquierda, un rótulo indicaba «ARCHIVOS»; a la derecha, «DECONTAMINACIÓN / REFUGIO 3».
Siguió el pasillo de la derecha.
Junto a la puerta de la esclusa encontró sangre fresca, una manguera neumática seccionada y el pasador doblado del mecanismo de emergencia.
Diana había salido sola.
Las huellas continuaban hacia la sala de descontaminación de vehículos.
Christian entró en el inmenso hangar subterráneo, bañado por luces rojas. Al fondo, una persiana metálica bloqueaba el acceso a la rampa exterior.
—¡Diana!
Algo se movió detrás de los depósitos de filtración.
Diana estaba agazapada en un rincón, con el camisón manchado de sangre y la radio apretada contra el pecho. En la otra mano sostenía un fragmento de metal ensangrentado.
Al verlo, abrió los ojos de par en par.
—¿Christian...?
Él dio un paso hacia ella.
Todo su cuerpo le exigía abrazarla, comprobar que era real y pedirle perdón.
No lo hizo.
Lo que necesitaban no era un abrazo. Era una salida.
La radio emitió un chasquido.
—Sector B —dijo una voz masculina—. Cierren la salida tres. No permitan que alcancen la superficie.
Diana miró la persiana.
—Esa es la salida tres .
Christian corrió hacia el mecanismo manual de emergencia. El panel eléctrico estaba muerto. Agarró la cadena, se la enrolló alrededor de los antebrazos y tiró con todo su peso.
Los engranajes oxidados chirriaron.
La persiana empezó a elevarse centímetro a centímetro.
Medio metro.
El aire helado de Suffolk se coló por la abertura.
—¡Pasa! —gritó Christian.
Diana miró sus brazos temblorosos.
—No podrás salir.
Las botas de varios hombres resonaban ya en el túnel.
Christian volvió a tirar.
Durante un instante dejó de oír las alarmas.
Vio el agua negra del MS Estonia . Volvió a sentir el peso de Volkov en una mano y la distancia que lo separaba de Diana.
Toda su vida había sido una operación de cálculo: qué mentira contar, a quién utilizar, qué parte de sí mismo sacrificar para demostrar que tenía algún valor.
A bordo del ferri había resuelto la ecuación según las reglas de McCabe.
Volkov era el activo. Diana, el daño asumible.
Ahora ya no quedaba ninguna ecuación. Solo una elección.
—No voy a pasar —dijo—. Sales tú.
—Christian...
—¡Cruza!
La luz de las linternas ya lamía las paredes de hormigón del pasillo. No había tiempo para discutir. Diana se arrodilló junto a la abertura, se lanzó al suelo y empezó a arrastrarse bajo la persiana.
La puerta doble del hangar estalló hacia dentro.
La interrogadora irrumpió con el subfusil apoyado contra el hombro. Localizó de inmediato la persiana, a Christian aferrado a la cadena y las piernas de Diana, que desaparecían hacia el exterior.
Se llevó la radio del cinturón a la boca.
—Control, los tengo en el hangar de descontaminación. Salida tres. Cierren los accesos.
Bajó el cañón.
Christian comprendió que ya no tendría tiempo de pasar detrás de ella.
Miró a Diana.
Abrió las manos y la cadena se escurrió entre sus dedos a una velocidad vertiginosa.
La persiana cayó como una guillotina y golpeó el hormigón un instante antes de que el subfusil escupiera una ráfaga. Las balas rebotaron contra el acero.
Diana estaba fuera. Christian, dentro.
La caída descontrolada de la persiana activó el circuito de emergencia del hangar. Nuevas sirenas empezaron a aullar. Las luces rojas giraron sobre la sala y las compuertas interiores comenzaron a cerrarse automáticamente.
La mujer cruzó el hangar y golpeó a Christian con la culata.
Cayó de rodillas.
—Acabas de sellarnos aquí dentro —dijo ella.
Christian escupió sangre.
—Ese era el plan .
No era verdad. Pero, por primera vez, no necesitaba que un plan funcionara para saber que había tomado la decisión correcta.
La interrogadora le apuntó a la frente.
Christian cerró los ojos.
Pensó en la playa de Bellevue, al norte de Copenhague. En la arena húmeda entre los dedos. En su hermana Lene sentada frente a él, todavía viva dentro de aquel recuerdo, construyendo una muralla que el mar derribaría una y otra vez.
El disparo resonó.
Siguió sintiendo el hormigón bajo las rodillas. Abrió los ojos.
La mujer permaneció en pie durante un segundo, con el arma desviada hacia el techo y un orificio oscuro en la base del cráneo.
Después se desplomó.
John McCabe apareció bajo la última compuerta interior, que descendía lentamente a su espalda. Su SIG Sauer seguía apuntando hacia el cuerpo de la interrogadora.
McCabe contempló a la mujer tendida en el suelo.
—Una mujer muy competente —dijo—. Pero demasiado confiada con las comunicaciones.
Se acercó al cadáver y le quitó de la cintura una carpeta sellada con una franja azul.
—¿Ha venido a salvarnos? —preguntó Christian.
—He venido a impedir que la División Norte destruya material que pertenece a Londres. Salvarlos ha sido una consecuencia útil.
Christian se limpió la sangre de la boca .
—Me dio la dirección para que entrara antes que usted.
McCabe sostuvo la carpeta que había retirado de la cintura de la mujer.
—La División Norte conocía a todos mis operativos: sus fotografías, sus coberturas y sus métodos de entrada. Habrían detectado a cualquiera antes de que llegara a la verja.
—Pero no a un informante expulsado.
—Exacto.
Christian miró la persiana cerrada.
—Me utilizó como cebo.
—Como una brecha —lo corrigió McCabe—. Usted activó las alarmas, obligó a los hombres de la División Norte a abandonar sus posiciones defensivas y concentró a la unidad en este hangar. Mientras intentaban matarlo, dejaron desprotegidos el archivo y el acceso sur.
—Sabía que vendría.
—Sabía que le daría a elegir entre su vida y la de Diana. Lo demás lo decidió usted.
Christian se puso en pie con dificultad.
—Podría haber muerto.
McCabe guardó la carpeta dentro de la gabardina.
—Esa posibilidad era precisamente lo que hacía creíble la maniobra.