Capítulo 57
El silencio en el interior de la esclusa química era absoluto. Un silencio pesado, muerto, que le aplastaba los tímpanos.
Diana permanecía acurrucada en el suelo, con las rodillas pegadas al pecho. La oscuridad era tan densa, tan física, que no sabía si tenía los ojos abiertos o cerrados.
De repente, un grito lejano.
—¡Diana!
Era un grito amortiguado, lejano, deformado por el grosor del acero y el hormigón.
Pero lo reconoció al instante.
El corazón le dio un vuelco brutal.
Christian.
Se arrastró a tientas por el suelo hasta chocar contra la puerta. Golpeó el acero helado con ambas palmas.
—¡Estoy aquí! ¡Christian!
Su propia voz sonó débil y ahogada, rebotando contra las paredes de hormigón de la pequeña sala hermética.
Entonces notó un cambio en la presión.
Un siseo agudo y continuo surgió del marco de la puerta. Las juntas neumáticas se estaban expandiendo para sellar cualquier rendija con el exterior. Un segundo después, un chasquido metálico resonó en los conductos del techo y confirmó el cierre del circuito.
No estaban extrayendo el oxígeno. La sala había quedado aislada: una caja sin renovación de aire.
Diana se llevó las manos a la garganta y aspiró una bocanada que ya le pareció más densa, más viciada.
El tiempo acababa de convertirse en una cuenta matemática de respiraciones.
Y la esperanza de saber que Christian había llegado chocó contra una certeza todavía más cruel: estaba al otro lado de la puerta, quizá a menos de un metro, pero no podía impedir que ella agotara lentamente el aire de la estancia.
Solo podría escuchar desde fuera mientras ella dejaba de respirar.
Diana apoyó la frente contra el acero. No, no podía esperar. Había pasado dos años permitiendo que otros decidieran cuándo debía retirarse, qué vida era segura y qué parte de sí misma tenía que enterrar. No iba a morir dentro de una caja construida para proteger a quienes la habían encerrado.
Se obligó a apartar las manos de la garganta.
Respira.
Una vez.
Otra .
El aire todavía no se había agotado. Era el pánico el que intentaba obligarla a consumirlo más deprisa.
Palpó el suelo hasta encontrar el fragmento de metal que había soltado.
Después recorrió la pared a ciegas. La antigua sala de aislamiento debía de poder abrirse desde el interior.
Ninguna instalación militar podía depender únicamente de un mecanismo exterior: tenía que existir algún sistema de liberación de emergencia para el personal atrapado durante una avería.
Sus dedos tropezaron con el banco metálico.
Debajo encontró una caja rectangular protegida por una tapa.
Introdujo el fragmento de acero en la junta y tiró. La pieza no cedió. Volvió a intentarlo con ambas manos hasta que una de las esquinas se levantó y le arrancó la piel de los nudillos.
Dentro había dos conductos neumáticos y una palanca bloqueada por un pasador.
Diana agarró el pasador.
No se movió.
Oyó la voz de Christian más cerca.
—¡Diana!
Apretó los dientes, introdujo el fragmento de metal bajo el pasador y utilizó el borde de la caja como punto de apoyo. El acero se dobló.
Una vez.
Otra.
El pasador saltó.
Diana tiró de la palanca.
Un estallido de aire comprimido atravesó la oscuridad. Las juntas neumáticas del marco se desinflaron con un siseo violento y, en algún punto de la instalación, comenzó a sonar una alarma grave e intermitente.
—Fallo de presión. Refugio Tres.
La puerta seguía bloqueada por los cerrojos, pero el sello hermético había desaparecido.
Diana introdujo los dedos en la junta.
No consiguió moverla.
Volvió a palpar el interior de la caja. Encontró la manguera principal y empezó a serrarla con el fragmento de metal. El caucho resistió durante varios segundos antes de rasgarse. El aire escapó con tanta fuerza que le golpeó el rostro.
La caída de presión liberó el seguro neumático del mecanismo. Los cerrojos retrocedieron apenas unos milímetros.
Introdujo el hombro en la rendija y empujó.
La puerta no se abrió, pero el volante interior dejó de estar bloqueado. Lo encontró a tientas y dejó caer todo el peso sobre uno de los radios.
El metal empezó a girar.
Cada vuelta le provocaba una punzada en el vientre. La sangre volvió a deslizarse por la cara interna de sus muslos.
Continuó.
Los cerrojos se retiraron uno tras otro. Cuando la puerta cedió, Diana cayó de rodillas en el pasillo.
La alarma seguía repitiendo:
—Fallo de presión. Refugio Tres.
El pasillo de la izquierda conducía hacia la escalera norte.
Diana avanzó en aquella dirección, apoyándose contra la pared. Cuando se encontraba a menos de diez metros, una compuerta cortafuegos empezó a descender desde el techo.
Aceleró.
El dolor del vientre le dobló las rodillas.
La plancha de acero golpeó el suelo antes de que pudiera atravesar el umbral. El cierre magnético emitió un chasquido definitivo.
Diana introdujo los dedos bajo el borde.
No había espacio ni siquiera para las uñas. En la pared, una flecha roja señalaba DECON / VEHICLE EXIT, la salida de vehículos por la zona de descontaminación.
El sistema no le estaba permitiendo escapar. La estaba canalizando hacia el único punto de salida que sus captores habían decidido mantener abierto.
Junto a la flecha había un pequeño puesto de control que acababan de evacuar. Sobre la mesa, una radio portátil seguía encendida. Diana la arrancó de su cargador y siguió avanzando.