Capítulo 56
Bentwaters no estaba completamente abandonada. El perímetro estaba delimitado por altas vallas y varios carteles oxidados con el emblema de la USAF. Aunque algunos edificios mostraban luces tenues, el resto era un mar de sombras: hangares gigantescos, pistas en desuso y densos pinares.
Christian aparcó a varios cientos de metros de la entrada principal y se aproximó al perímetro en silencio. Encontró un tramo de alambrada deformado por el tronco de un pino, derribado quizá durante alguna tormenta. Se arrastró por debajo y la alambrada le rasgó la chaqueta de cuero al pasar.
Avanzó pegado a las sombras y evitó las zonas abiertas de las pistas de rodaje.
Los pocos focos activos dibujaban islas de luz sobre un asfalto agrietado y cubierto de desconchones.
En algún dosier había visto una fotografía del edificio de operaciones de Bentwaters.
Era una mole baja, casi sin ventanas, más parecida a un búnker que a una oficina. No tardó en localizarlo .
Una masa chata y ciega de hormigón armado.
La pesada puerta principal estaba sellada.
Rodeó el bloque hasta encontrar un patio hundido que albergaba la maquinaria de ventilación.
Una de las grandes rejillas de acero cedió cuando tiró de ella.
Se introdujo por la abertura y descendió por el conducto hasta la sala de máquinas.
Atravesó la sala de generadores y abrió una pesada puerta que daba al pasillo principal.
Se deslizó entre carcasas metálicas y bidones vacíos hasta encontrar una puerta sin señalización.
La abrió y el giro de la manivela resonó en el silencio del edificio.
Solo una luz roja de emergencia parpadeaba en el techo de hormigón. Un altavoz empotrado en la pared crepitó en la oscuridad.
—Acceso norte sellado. Ascensor de servicio inutilizado. Túnel técnico bloqueado. Mantengan abierta únicamente la rampa de descontaminación hasta completar la retirada.
—Cierre final en dieciocho minutos —respondió otra voz.
Acababan de revelar tres vías de escape inutilizadas sin saber que él los escuchaba.
Miró el plano de evacuación fijado a la pared. Todas las rutas convergían en un mismo punto: el hangar de descontaminación de vehículos.
La instalación ya no era un laberinto. Era un embudo.
Se dirigió hacia allí. Sus ojos, ya habituados a la penumbra, empezaron a descifrar el entorno bajo el parpadeo escarlata de las luces .
La muerte real rara vez tenía el dramatismo de las películas. Solía adoptar la forma de un trámite burocrático o de un desastre sucio.
Aquella enfermería era ambas cosas.
En la primera cama yacía un hombre, enfundado en un pijama de hospital. No había sangre ni señales de que hubiera intentado defenderse. Alguien había utilizado la vía intravenosa para administrarle una sustancia letal y silenciosa.
El sello de Equilibrium.
En el suelo, junto a una mesa metálica volcada, yacía un segundo hombre.
Era robusto y ancho de hombros. Un vendaje manchado asomaba bajo la ropa de hospital y un disparo efectuado a corta distancia le había destrozado el pecho.
Mantenía los ojos muy abiertos, congelados en un último gesto de rabia desesperada.
Christian no conocía a ninguno de los dos.
El segundo llevaba un ancla tatuada en el antebrazo, rodeada por unas palabras en estonio.
El pecho se le encogió.
Tenía que ser uno de los tripulantes del MS Estonia . No tenía sentido que se encontrara tan lejos de Finlandia, a menos que ciertos supervivientes hubieran sido trasladados y apartados de la investigación.
Y solo existía una razón para hacer algo así. Sabían demasiado.
Pero fue la tercera cama la que hizo que el corazón le golpeara las costillas.
La correa de cuero que había sujetado una de las muñecas estaba cortada. Sobre los azulejos blancos había pequeñas gotas de sangre fresca y marcas de pies descalzos, demasiado pequeñas para pertenecer a los dos hombres, que conducían hacia la puerta trasera de mantenimiento.
Podían ser las huellas de una mujer.
También las de un niño.
Christian se aferró a la primera posibilidad.
Tenían que ser de Diana.
Necesitaba que fueran de ella.
Las huellas ensangrentadas continuaban por el pasillo.
El rastro se volvía más tenue a cada metro, pero todavía destacaba sobre el gris del hormigón. Las luces de emergencia lo teñían de un color casi negro.
Christian apoyó una mano contra la pared y sintió la rugosidad del material bajo las yemas despellejadas de los dedos. Contuvo la respiración e intentó escuchar algo que le indicara hacia dónde había ido. Solo oyó el zumbido moribundo de la instalación.
Había encontrado pruebas de que Diana había estado allí. Pero quizá había llegado demasiado tarde para salvarla.