Capítulo 55
En el búnker, el cierre llevaba casi dos horas en marcha.
Diana pensó deprisa. Tenía floja la correa de cuero de la muñeca izquierda y la mano derecha libre. El pequeño fragmento de metal que había arrancado del bastidor de la cama mientras fingía seguir aturdida continuaba oculto bajo la palma, clavándosele en la carne.
No era el momento. Si intentaba resistirse ahora, volverían a sedarla.
O harían algo peor.
La interrogadora regresó junto a la cama del técnico. Sus ojos se habían endurecido, despojados ya de cualquier vestigio de falsa amabilidad.
—Señor Leiger, voy a hacerle una última pregunta. Después, no tendrá que preocuparse por más visitas. —El miedo apareció sin filtros en los ojos del jefe de máquinas—. ¿A quién le contó que el impacto no era compatible con la versión oficial? Quiero nombres .
Leiger cerró los ojos. Estaba temblando.
—A mi esposa. Desde el teléfono del hospital de Turku. Le dije que no había sido un accidente.
—¿A alguien más?
—A un psicólogo. Me puso un papel delante y dijo que tenía que hablar para procesar lo ocurrido. No recuerdo su nombre.
La interrogadora dejó de escribir y cerró la carpeta lentamente.
—Comprendo.
Se volvió hacia el guardia y le hizo un gesto mínimo con la cabeza. El hombre se acercó, apoyó una mano enguantada sobre el hombro de Leiger y lo inmovilizó contra el colchón con una fuerza aplastante. La interrogadora no sacó un arma, sino una jeringa del bolsillo interior de la americana.
—Tranquilo, Lembit. Vamos a ajustar la sedación.
Introdujo la aguja en el puerto de la vía intravenosa y empujó el émbolo de una sola vez.
El efecto fue inmediato. El cuerpo de Leiger se arqueó en una sacudida brutal, silenciosa y agónica. Los ojos se le abrieron de forma desmesurada y las venas del cuello se marcaron como cuerdas. Tres segundos después, se desplomó contra el colchón.
El trazado verde del monitor se volvió errático y terminó convertido en una línea continua acompañada por un pitido agudo.
Diana sintió que el corazón intentaba romperle las costillas.
La interrogadora no miró el cadáver. Desconectó la jeringa y volvió la cabeza hacia ella .
Entonces, el capitán Avo Piht se movió.
No fue un gesto heroico de película, sino la explosión desesperada de un animal acorralado.
El marino se incorporó con violencia, forzó la sujeción hasta romper la hebilla y se lanzó de cabeza contra el guardia.
El impacto los derribó a ambos. La mesa de acero volcó con un estrépito ensordecedor y arrastró consigo la carpeta, las bandejas y una de las sillas.
—¡Váyase! —gruñó Piht mientras el guardia le apretaba la garganta.
Diana no pensó. La adrenalina barrió el letargo. Hundió el fragmento de metal bajo la correa de cuero y tiró hacia arriba, serrando el material hasta que la sujeción cedió. El dolor en la muñeca desgarrada fue inmediato, pero la mano quedó libre.
Se dejó caer de la cama. Los pies descalzos tocaron el suelo helado y el mundo entero se inclinó de forma vertiginosa.
No corrió; su cuerpo destrozado no se lo habría permitido.
Recorrió casi a gatas los dos primeros metros, apoyándose en la pared.
A su izquierda, la pequeña puerta con el rótulo de mantenimiento era la única salida alejada del forcejeo.
La alcanzó y descargó todo su peso contra la manilla.
A sus espaldas, la interrogadora había retrocedido y sacado de la cintura un arma.
Diana cruzó el umbral en el instante exacto en que un disparo amortiguado quebró el estruendo de la sala.
El forcejeo de Piht cesó de golpe.
El silencio posterior fue peor que el disparo.
Diana cerró la puerta de un empujón y se obligó a avanzar por el estrecho pasillo, iluminado únicamente por unas luces rojas de emergencia. La sangre le recorría la cara interna de los muslos bajo el camisón. Respiraba a bocanadas cortas.
El pasillo no desembocaba en un sótano convencional, sino en las entrañas de una instalación militar abandonada. Era un laberinto de hormigón armado, mazos de cables cortados que colgaban del techo y conductos de ventilación inactivos.
Estaba en el interior de un búnker de mando.
Al fondo, una escalera metálica de servicio descendía hacia un nivel inferior, aislado por enormes puertas antiexplosión amarillas cubiertas de siglas y emblemas de la USAF que Diana no reconoció.
No oyó gritos ni carreras precipitadas a su espalda. Solo el eco metódico de unas botas pesadas que descendían tras ella.
Quien la seguía avanzaba con la calma de quien conoce el terreno y sabe que su presa no tiene adónde ir.
Bajó trastabillando, aferrada a la barandilla con las manos sudorosas. El dolor abdominal la hizo caer de rodillas en el último escalón. Frente a ella, el volante de una pesada puerta no estaba completamente encajado. Consiguió abrirla lo suficiente para deslizarse al interior.
Era una antigua sala de descontaminación química, hermética, con paredes desnudas de hormigón y conducciones selladas. Diana se arrastró bajo un banco metálico y se hizo un ovillo en la oscuridad, aferrada a su inútil fragmento de metal ensangrentado.
Contuvo la respiración.
Los pasos se detuvieron al otro lado de la pesada puerta .
—Está en la esclusa química —dijo la voz del guardia, amortiguada por el grosor del acero.
Diana tensó los músculos. Esperó que la puerta se abriera de golpe. Esperó el destello del arma de la interrogadora. Se preparó para luchar.
Pero la puerta no se abrió.
—No gastes munición —ordenó la interrogadora con su voz fría y puramente administrativa—. Bloquea el volante exterior y corta la ventilación de este subnivel.
Diana dejó de respirar.
Oyó el chirrido espantoso del acero. El enorme volante de la puerta comenzó a girar, impulsado desde fuera. Los gruesos cerrojos encajaron en el marco de hormigón con un estruendo sordo y definitivo.
Un segundo después, las luces rojas de emergencia se apagaron y la sumieron en una oscuridad absoluta, pesada y sólida como el agua del Báltico. El leve zumbido del sistema de ventilación se extinguió y dejó tras de sí un silencio sepulcral.
Diana soltó el fragmento de metal. La pieza chocó contra el suelo de hormigón con un tintineo sordo, minúsculo en la inmensidad de su nueva tumba.
No habría forcejeo.
No habría milagro.
Comprendió con una claridad devastadora que no había encontrado un refugio. Se había introducido sola en un ataúd.
Un sarcófago de acero y hormigón, a veinte metros bajo tierra.
Nadie oiría sus gritos.
Moriría por la hemorragia o consumiría lentamente el aire de la estancia, olvidada en las entrañas de la Guerra Fría.
Y el mundo nunca sabría que había sobrevivido al naufragio.