La verdad hundida (Christian Vinther 3) Capítulo 54
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Capítulo 54

—RAF Bentwaters. El antiguo búnker de mando —le había dicho McCabe mientras caminaba con indiferencia hacia la salida de la estación.

Bentwaters. Una antigua base de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos en Suffolk, al noreste de Londres.

Un mastodonte de hormigón abandonado el año anterior, con pistas en desuso y refugios enterrados bajo pinares húmedos.

No figuraba en ningún documento como centro clandestino, pero era allí adonde Equilibrium enviaba a sus fantasmas.

El coche que conducía no era suyo. En una bocacalle cercana a Waterloo había encontrado un Vauxhall viejo, mal aparcado y con las luces apagadas.

Rompió el pequeño cristal lateral con una piedra envuelta en la manga de la chaqueta, introdujo la mano y abrió la puerta desde dentro.

Christian no había perdido su capacidad operativa.

Los entrenamientos en la base militar de Thule, en Groenlandia, le habían enseñado a improvisar cuando no había herramientas ni tiempo para buscarlas.

Con los minutos agotándose, arrancó a golpes la carcasa de plástico situada bajo el volante, localizó a tientas los cables del clausor y peló el aislamiento con los dientes.

Cuando el cobre produjo una chispa y el motor tosió antes de arrancar, supo que acababa de cruzar otro punto sin retorno.

Del escaso margen que McCabe le había concedido, ya había perdido diecisiete minutos robando el coche y escapando del centro de Londres.

El reloj digital del salpicadero cambió de cifra.

Christian hundió el pie en el acelerador. No sabía cuánto tiempo necesitaba un equipo de purga para vaciar un búnker. Sí sabía cuánto tardaban una bala, una inyección o una bolsa de plástico en convertir a un testigo en un problema resuelto.

Cada minuto que devoraba la carretera era un minuto que Diana pasaba a solas con ellos.

Al incorporarse a la carretera principal, el tráfico disminuyó. La noche de principios de octubre se adhería al parabrisas en forma de lluvia fina. Christian no pensó en la legalidad de lo que estaba haciendo ni en el maletín con el Registro Báltico que había entregado a McCabe.

Pensó en Diana. En el instante en que, sobre la cubierta inclinada del MS Estonia , había elegido asegurar primero a Volkov en lugar de acudir a salvarla.

Por primera vez desde Waterloo, aflojó el acelerador.

Hasta poco antes había aceptado que Diana estaba muerta; ahora la imaginaba respirando en algún lugar bajo tierra.

Le aterraba llegar tarde. Casi tanto como llegar a tiempo y tener que sostener su mirada.

La vacilación duró lo que tardó en cambiar de marcha. Después volvió a hundir el pie.

Condujo durante casi dos horas, exprimiendo cada revolución del maltrecho motor: siguió la A12 en dirección a Ipswich, tomó después el desvío hacia Woodbridge y, por último, se internó por unas carreteras secundarias que atravesaban el campo.

El paisaje se volvió negro y rural con granjas aisladas, casas dispersas y taludes cubiertos de zarzas.

Cuando aparecieron en el horizonte las primeras luces de Bentwaters —un rectángulo de focos bajos, siluetas de hangares y un cartel oxidado con el emblema de la USAF—, el reloj del salpicadero marcaba las 21:09.