La verdad hundida (Christian Vinther 3) Capítulo 53
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Capítulo 53

La puerta principal se abrió con un chirrido metálico que resonó entre las paredes de hormigón.

Una mujer cruzó el umbral, seguida por un hombre robusto de rostro inexpresivo.

Vestía pantalón oscuro, camisa blanca sin adornos y una americana negra y entallada.

Llevaba el pelo castaño recogido en un moño impecable y no mostraba ninguna identificación. Sostenía una carpeta en la mano.

—Buenas noches —dijo con voz ronca—. Señorita Valenti. Capitán Piht. Señor Leiger.

Su inglés era impecable, cuidadosamente pronunciado, aunque las vocales conservaban una leve musicalidad nórdica. Diana mantuvo el fragmento de metal oculto bajo la palma y fingió que acababa de despertar.

—Diana Valenti —continuó la mujer, como si comprobara la etiqueta de un paquete—. Funcionaria de la Agencia Tributaria española. Especialista en tránsitos portuarios.

La mujer se acercó primero a Leiger .

—Señor Lembit Leiger. Jefe de máquinas. Se encontraba en las cubiertas inferiores cuando el barco escoró. ¿Correcto?

El hombre apenas asintió.

—Tengo que repetir algunas preguntas para comprobar la coherencia de sus respuestas. ¿Qué vio exactamente?

Leiger respiró hondo y puso los ojos en blanco.

—Ya se lo he dicho otras veces. Escuché un ruido mecánico.

Brutal. Como metal desgarrándose. Después oí cómo entraba el agua.

No por una grieta bajo la línea de flotación...

, sino desde arriba, por la cubierta de vehículos.

Hubo un impacto seco, distinto del embate de las olas. Después se apagaron las luces.

La mujer anotó algo.

—¿Se lo contó así a alguien más? ¿A algún médico de Turku? ¿A algún periodista?

—No sé qué dije cuando llegamos al barco de rescate. Estaba helado.

La interrogadora cerró la carpeta de golpe y volvió la mirada hacia Diana.

—Señorita Valenti. Usted conocía al pasajero ruso Volkov y vio su camión, así como a Christian Vinther, en la cubierta de vehículos minutos antes del desastre.

Diana apretó los dedos contra la sábana.

—Sí.

La interrogadora se volvió hacia Avo Piht.

—Y usted estaba en el puente. Conocía las decisiones de navegación y las anomalías en las comunicaciones.

El capitán la miró con desprecio .

—Vi muchas cosas. No sé cuáles quiere que recuerde y cuáles quiere que olvide.

—Solo quiero saber qué versiones circulan fuera de este edificio —respondió ella.

Diana comprendió entonces que no estaban allí para reconstruir la verdad, sino para calcular cuánto se había filtrado. A los ojos del mundo, Avo Piht y Lembit Leiger habían desaparecido en el mar. Si ella se encontraba en la misma sala, significaba que también era un fantasma.

No eran supervivientes. Eran prisioneros.

Los barcos se hundían una vez. Las historias incómodas tenían que hundirse dos veces.

La interrogadora descolgó la radio que llevaba en la cintura y pulsó el botón.

—Sala A. Solicito confirmación.

Una voz masculina dijo:

—El paquete está asegurado en Waterloo. Control Uno ha salido de Londres. Tiempo estimado: dos horas y veinte minutos. Inicien el cierre escalonado. La instalación debe quedar limpia antes de su llegada.

La interrogadora soltó el botón.

Diana percibió el cambio en la atmósfera antes de ser capaz de ponerle nombre. La mujer dejó de tomar notas y guardó el bolígrafo en el bolsillo. El guardia se separó de la pared. Ambos empezaron a reunir los expedientes médicos.

Cierre.

La palabra se le clavó en la piel, más fría que el agua del Báltico.

No iban a curarlos. Iban a hacerlos desaparecer.