La verdad hundida (Christian Vinther 3) Capítulo 52
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Capítulo 52

—... Valenti.

La voz era ronca, masculina y áspera como el papel de lija.

Diana giró la cabeza. En la cama inmediatamente a su derecha, un hombre de unos cincuenta años la observaba con los ojos enrojecidos.

Tenía el rostro hinchado, una venda alrededor del torso y una correa idéntica a la de Diana que le sujetaba una muñeca.

En la última cama, junto a la pared, otro hombre de mayor edad yacía cubierto por una manta militar.

Tenía las manos enormes, manchadas de grasa incrustada, y varios cortes recientes en la frente.

—Valenti —insistió el primero, en un inglés con acento báltico—. ¿Me oye?

Diana tuvo que rebuscar en el fondo de la memoria.

Lo había visto durante la evacuación de Tallin, primero en el puerto y después en la terminal.

—Sí —consiguió decir—. Lo oigo .

—Soy Avo Piht. Nos sacaron del mar —dijo—. Eso... es lo único que sé.

El hombre de la tercera cama soltó una carcajada breve y amarga.

— Merest... Ja haiglast ka —murmuró en estonio.

Diana frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir?

—Del mar... y también del hospital —tradujo Piht.

El otro hombre se incorporó con dificultad.

—No estamos en Finlandia —explicó en inglés—. Allí había luz natural, ventanas y médicos de verdad. Esto huele a sótano. Soy Lembit Leiger, jefe de máquinas.

El instinto de Diana, aletargado por el trauma y los sedantes, empezó a despertar.

Buscó señales. La rejilla de ventilación era demasiado pequeña; el aire, demasiado frío.

Aquellas no eran sillas propias de una sala hospitalaria, sino piezas de acero atornilladas al suelo.

No había carteles de emergencia escandinavos.

La señalización era mínima: letras en inglés y rótulos de riesgo eléctrico.

Entonces reparó en lo más evidente: las tomas de corriente de la pared tenían tres ranuras rectangulares, no dos orificios redondos.

El trazado del monitor cardíaco se llenó de picos más rápidos.

—Estamos en Inglaterra —confirmó. Tiró con suavidad de la muñeca izquierda. La correa se tensó—. ¿Cuánto tiempo ha pasado?

—Tres días. Quizá cuatro —respondió Leiger—. En Turku nos despertaban para examinarnos. Después del traslado, solo nos despiertan para interrogarnos y vuelven a sedarnos.

—¿Cómo sabe mi nombre?

—Los que vienen a buscarla la llaman Valenti —respondió Piht—. No permanece inconsciente todo el tiempo. La despiertan, le hacen preguntas y vuelven a sedarla.

Diana intentó recordarlo. No pudo. Entre cada uno de aquellos fragmentos había grandes extensiones de oscuridad. Se llevó la mano libre a la frente empapada de sudor. Mantuvo el fragmento de acero oculto en la palma.

—¿Siempre utilizan la misma ruta? —Los dos hombres la miraron sin comprender—. Cuando los sacan de aquí —aclaró ella—. ¿Por qué puerta?

Leiger señaló con la mirada la entrada principal.

—Por esa. Dos personas empujan la cama. Un guardia va delante y otro, detrás.

—¿Giran a la derecha?

—Sí.

—¿Hay escaleras?

—Primero, una rampa. Después, nos bajan en una plataforma. Los interrogatorios los hacen en otra sala.

Diana reconstruyó mentalmente el trayecto:

Puerta principal.

Derecha.

Veinte pasos.

Rampa.

Plataforma hacia un nivel inferior .

Las puertas amarillas y la línea roja probablemente conducían a las zonas técnicas.

—¿Cuánto tiempo transcurre entre las visitas del guardia?

Piht miró el monitor.

—No hay reloj.

—No hace falta.

Diana esperó a que la ventilación se detuviera.

En el silencio que siguió, volvió a oír las botas en el corredor.

Paso.

Paso.

Paso.

El hombre se detuvo frente a la mirilla.

Diana cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia un lado.

La mirilla se abrió.

Tres segundos.

Después volvió a cerrarse.

Las botas continuaron hacia la derecha.

—Cada diez minutos —susurró Diana—. Quizá once.

Leiger la observó con una mezcla de esperanza y miedo.

—¿Está pensando en escapar?

Ella sintió otra punzada en el bajo vientre. Esta vez, el dolor llegó acompañado de una humedad caliente entre los muslos.

Se obligó a no mirar.

—Estoy pensando en no volver a dejar que me duerman .

—Nos atan antes de sacarnos —dijo Piht—. El guardia no se aparta.

Diana miró la correa floja de su muñeca. Después, la puerta de mantenimiento. La línea roja. El fragmento de acero oculto en la mano.

—Entonces no tendremos que esperar a que entren.