Capítulo 51
El nombre de Diana quedó suspendido en el aire helado del andén, apagando el rumor lejano de la estación.
—Repita eso —dijo Christian.
La mano derecha, que sostenía el maletín sobre el vacío de las vías electrificadas, empezó a temblarle.
McCabe no se movió ni un milímetro. Mantuvo los ojos grises clavados en los de Christian mientras evaluaba la reacción que acababa de provocar.
—Diana. Está. Viva.
El mundo se detuvo para Christian. El ruido de Waterloo se convirtió en una masa blanca y distante. Mantuvo el maletín suspendido sobre las vías, pero sus dedos dejaron de responderle.
—¿Cómo...? —La voz se le quebró—. Está mintiendo.
McCabe dejó escapar una breve exhalación, casi aburrida .
—No tengo tiempo para inventarme fantasmas, Vinther.
—No le creo. Vi cómo el agua...
—La sacaron del mar —respondió McCabe—. Un equipo médico de la División Norte la extrajo de Turku en un vuelo sanitario antes de que las autoridades cerraran la lista provisional de supervivientes. Está en Inglaterra.
—Quiero hablar con ella.
—No.
—Entonces está mintiendo.
Christian aflojó otro dedo del asa.
McCabe bajó la mirada hacia el maletín.
—La señorita Valenti llevaba una etiqueta amarilla atada a la muñeca cuando la recogieron. El número terminaba en 74. Tenía una herida abierta en la sien, hipotermia grave y la recogieron sin documentación ni efectos personales.
Christian dejó de respirar. El bolso de Diana estaba en Camden. Nadie podía conocer aquellos detalles por casualidad.
—¿Dónde está?
—El Registro.
—Primero Diana.
—No está negociando por dos cosas, Vinther. Está eligiendo una.
Bajo el maletín, el tercer carril emitía un zumbido eléctrico. Dentro estaban las pruebas contra McCabe, los nombres, las cuentas y la verdad sobre la muerte de ochocientas cincuenta y dos personas. Bastaba con abrir la mano para convertir el secreto en un incidente imposible de ocultar.
Pero el precio era Diana.
Volvió a sentir la muñeca de ella deslizándose entre sus dedos sobre la cubierta inclinada. A bordo del MS Estonia había elegido primero a Volkov. Había resuelto la ecuación según las reglas de McCabe.
No volvería a hacerlo.
Dio un paso hacia delante y apartó el maletín de las vías.
—Si le han hecho daño...
—Ya le han hecho daño —lo interrumpió McCabe—. La cuestión es si seguirá viva dentro de dos horas.
Christian dejó el maletín sobre el pavimento del andén. Dos agentes se abalanzaron sobre él. Le retorcieron los brazos, lo empujaron contra una columna y registraron cada costura de su ropa. Un tercero abrió el maletín, examinó los documentos y asintió.
McCabe esperó hasta que confirmaron que no llevaba encima ningún otro documento ni dispositivo.
—¿Dónde está?
McCabe consultó su reloj.
—RAF Bentwaters. El antiguo búnker de mando.
—¿Quién la retiene?
—Una unidad de la División Norte. No responde ante mi cadena de mando directa y ha iniciado el protocolo de cierre.
—¿Cierre?
—Borrado de archivos, retirada de material y eliminación de testigos. Cuando terminen, ese lugar volverá a estar vacío .
Christian miró el reloj del andén.
—Ha dicho dos horas.
—He dicho que tal vez siga viva dentro de dos horas. No es exactamente lo mismo.
Los agentes lo soltaron.
—¿Por qué me da la dirección?
McCabe se ajustó el cuello del abrigo.
—Porque mis operativos no pueden atravesar ese perímetro sin provocar una guerra interna en Equilibrium. Usted, en cambio, ya no pertenece a ninguna división. Oficialmente, es un informante expulsado, desarmado y desesperado.
Christian comprendió una parte, pero no toda.
—Me está enviando allí.
—Le estoy diciendo dónde está Diana. Lo que haga con esa información será, por primera vez en esta misión, responsabilidad exclusivamente de usted. —Se dio la vuelta—. Corra, Vinther. El tiempo que está perdiendo en odiarme también cuenta.