Capítulo 50
La luz no era blanca, sino de un amarillo sucio, como el que se estanca en los pasillos industriales. La acompañaba un penetrante olor a yodo y amoníaco.
Diana parpadeó varias veces hasta que los fluorescentes dejaron de latir en su campo de visión. La cama metálica chirrió cuando intentó incorporarse.
El mundo se inclinó.
Le dolían todos los músculos, pero un calambre profundo y rítmico en el bajo vientre la paralizó. Permaneció inmóvil hasta que el dolor retrocedió lo suficiente para permitirle respirar.
Miró su brazo.
Tenía una vía insertada en el dorso de la mano. Más arriba, varios pinchazos aparecían rodeados de hematomas amarillentos. Algunos eran recientes; otros empezaban a cambiar de color.
Aquello no tenía sentido.
El agua helada, la cubierta inclinándose y los dedos de Christian resbalando de su muñeca parecían recuerdos de hacía apenas unos minutos.
Su cuerpo, sin embargo, indicaba que habían transcurrido varios días.
Los recuerdos regresaron sin orden:
El rotor de un helicóptero.
Una etiqueta amarilla atada a la muñeca, con un número en lugar de su nombre.
Una sala con una luz intensa.
El techo blanco de una ambulancia.
Voces en finés.
Después, un hombre con bata que no sabía canalizarle una vía. Una inyección en el brazo. El interior estrecho de un avión de dos hélices.
El último fragmento era una carretera nocturna contemplada desde otra ambulancia. Los vehículos circulaban por la izquierda.
Diana cerró los ojos. No intentó reconstruirlo todo. Buscó únicamente aquello que pudiera ayudarla.
La ambulancia había frenado frente a un portón para vehículos. Recordaba el pitido de la marcha atrás y el olor a combustible que se filtraba en el habitáculo. Después habían empujado la camilla por una rampa descendente.
Primero, un giro a la derecha.
Un tramo recto.
Una puerta metálica.
Después, un ascensor o una plataforma hidráulica. Había sentido cómo se le elevaba el estómago mientras la camilla descendía .
Al salir, las ruedas habían cruzado dos juntas de acero.
Clac.
Clac.
La segunda puerta era amarilla y tenía un volante circular en el centro.
Mientras esperaban a que se abriera, alguien había pronunciado una frase en inglés:
—El sello del Refugio Tres vuelve a perder presión.
Otro hombre se había agachado junto a un banco metálico. Diana solo había alcanzado a ver una palanca amarilla, un conducto negro y el movimiento brusco de una mano. Después llegó un siseo de aire y la puerta cedió.
En aquel momento no había comprendido lo que estaba viendo.
Ahora sí.
No la habían trasladado a un hospital. La habían bajado a una instalación subterránea.
Abrió los ojos.
Tenía una correa de cuero alrededor de la muñeca izquierda. Estaba abrochada, pero floja. La mano derecha permanecía libre.
Alguien había sido descuidado. O la consideraban demasiado débil para resistirse.
Todavía no intentó liberarse.
Giró la cabeza sin levantarla de la almohada.
La habitación tenía tres camas alineadas.
Las dos contiguas quedaban parcialmente ocultas tras cortinas de plástico.
No había ventanas. Tampoco reloj, botón de llamada ni toma de oxígeno junto a las camas.
Las sillas eran de acero y estaban atornilladas al suelo.
Los conductos eléctricos no estaban ocultos en el interior de las paredes, sino que recorrían el hormigón dentro de gruesos tubos pintados de gris.
Cerca del techo, una rejilla de ventilación expulsaba aire a intervalos regulares.
Cincuenta segundos de zumbido.
Cinco de silencio.
Después, el motor volvía a activarse.
Diana contó dos ciclos.
A la izquierda de la puerta principal había una segunda salida, mucho más pequeña, pintada del mismo amarillo industrial que las puertas que recordaba del traslado. Sobre ella, un cartel en inglés indicaba que era un acceso de mantenimiento.
Debajo, una línea roja recorría el suelo y desaparecía bajo el umbral.
La puerta principal, en cambio, no tenía manilla interior. Solo una placa lisa de acero y una estrecha abertura rectangular a la altura de los ojos.
Una mirilla de vigilancia.
Apartó la vista antes de que alguien pudiera sorprenderla observando.
El corazón se le aceleró. El monitor respondió con una sucesión de picos.
Se obligó a respirar despacio.
Unos pasos se aproximaron por el corredor.
No eran los de un médico apresurado. Eran botas pesadas y regulares, con idéntico intervalo entre una pisada y la siguiente.
Una sombra cubrió la abertura de la puerta .
Diana relajó el rostro y dejó caer los párpados.
La mirilla se abrió.
Esperó sin moverse.
Tres segundos.
Cuatro.
La placa volvió a cerrarse.
Las botas se alejaron hacia la derecha. Veinte pasos después, se detuvieron. Sonó una puerta. Después, un golpe metálico y el roce de unas llaves.
Diana memorizó la secuencia.
Veinte pasos hacia la derecha.
Una puerta cerrada con llave.
Más allá, el eco se volvía más profundo. Quizá hubiera una escalera o un pasillo descendente.
Volvió a mirar la puerta de mantenimiento.
La línea roja del suelo conducía hasta ella.
La mano derecha descendió lentamente por el lateral de la cama. Fingió buscar una postura menos dolorosa mientras recorría con los dedos el bastidor metálico.
Encontró dos tornillos, una soldadura rugosa y una fina tira de acero que cubría una junta.
Uno de sus extremos estaba levantado.
Diana introdujo la uña por debajo.
El metal no cedió.
Esperó a que el motor de ventilación volviera a arrancar. El zumbido llenó la habitación y ocultó el primer chasquido cuando tiró de la pieza.
La tira se levantó apenas un milímetro.
Siguió trabajando con el pulgar.
La arista le abrió la piel, pero no retiró la mano .
Durante el siguiente ciclo de ventilación volvió a tirar.
Esta vez, la pieza se desprendió.
Era un fragmento estrecho, de unos diez centímetros, lo bastante rígido para utilizarlo como palanca y lo bastante fino para ocultarlo dentro del puño.
Cerró la mano a su alrededor y la dejó descansar junto a la cadera.
El sonido que llegó desde la cama contigua no fue el pitido de un monitor ni el zumbido de los fluorescentes.
Fue la respiración de otro ser humano.
Diana giró ligeramente la cabeza. A través de la abertura de la cortina distinguió una silueta en la cama contigua.