Capítulo 49
Christian cerró el maletín, se lo pegó al costado y salió del cubículo. Se detuvo frente a los espejos, abrió el grifo y se mojó la cara.
Tenía la prueba.
Por primera vez desde que había conocido a McCabe, el equilibrio de poder se había alterado. El viejo podía desacreditarlo, hacerlo desaparecer o convertirlo en otro cadáver sin nombre, pero no podía permitir que aquellos documentos llegaran a un periódico.
Contempló su reflejo.
Salió al vestíbulo y localizó una hilera de teléfonos públicos junto a las taquillas. Introdujo una moneda y marcó el número de Ashcroft la presencia de la Policía Británica de Transportes obligaría a sus hombres a actuar con discreción; y bajo el andén 12, el tercer carril conducía una corriente continua de 750 voltios.
Si McCabe intentaba arrebatarle el maletín, Christian lo dejaría caer a las vías. Recuperarlo exigiría cortar la corriente, interrumpir el tráfico y atraer a las autoridades.
Convertiría el secreto en un incidente público.
No pensaba negociar su reincorporación.
No pensaba pedir explicaciones.
Iba a obligar al hombre que le había enseñado a convertir a las personas en recursos a reconocer el precio de su aritmética.
Veinte minutos después, McCabe apareció bajo el inmenso panel de salidas.
No venía solo.
Tres hombres con abrigos oscuros se separaron de la multitud y ocuparon discretamente las posibles salidas. McCabe avanzaba apoyado en su bastón, rematado por una cabeza de león de plata.
Christian sonrió sin humor. Había convocado a un hombre. Había acudido una organización entera .
McCabe hizo un gesto mínimo hacia la zona de los andenes.
—Camine —dijo—. No vamos a montar un espectáculo delante de la Policía Británica de Transportes.
Christian echó a andar. McCabe se colocó a su lado y los tres operativos los siguieron a varios metros, separados entre sí y procurando no llamar la atención de los agentes uniformados.
Llegaron al andén 12, cerrado por mantenimiento. Los tres hombres tomaron posiciones a su espalda y bloquearon la única vía de salida.
Christian y McCabe se detuvieron cerca del extremo del andén, justo donde la luz de la estación empezaba a morir contra la oscuridad de los raíles.
—Tres gorilas para un andén vacío —dijo Christian—. El presupuesto de operaciones está por las nubes.
—Siempre he dicho que era mi mejor activo, Vinther —comentó McCabe, apoyando ambas manos sobre el bastón—. Y también el más inestable. Podemos hablar de cómo limpiar este desastre.
Le tendió la mano.
Christian observó la palma abierta. Después bajó la vista hacia el maletín y sintió el peso denso del cuero. Dentro estaban los documentos y, detrás de ellos, las voces de quienes se habían ahogado en el MS Estonia .
—Usted dejó que se hundiera.
McCabe retiró lentamente la mano. Su expresión se endureció.
—No sea infantil. Sabe perfectamente lo que lleva ahí. Si el Registro sale a la luz, el caos arrastrará a media Europa. Y usted no es tan idiota como para confundir eso con justicia.
—Justicia no es mirar hacia otro lado mientras un ferri se hunde con casi mil personas a bordo. Justicia no es autorizar que cientos de familias se conviertan en daños colaterales aceptables.
Un músculo palpitó en la sien de McCabe.
—No tiene ni idea de lo que dice —replicó—.
Solo conoce una parte: la melodramática.
Yo no ordené el ataque contra ese ferri, Vinther.
Ordené mantener abierto el corredor después de recibir la advertencia.
Lo hundieron los rusos. Quizá no le sirva de consuelo, pero mantener esa operación fuera de la luz pública es lo único que separa su apartamento de Camden de una guerra directa.
—Ese pragmatismo puede irse al infierno. No protegió mi apartamento. Condenó a las personas que usted decidió sacrificar para mantener a salvo sus fuentes y sus operaciones. El mundo tiene que saberlo.
McCabe inclinó la cabeza y lo evaluó en silencio.
—Siempre pensé que su ambición acabaría llevándolo a la cima —musitó—. Pero está claro que subestimé la otra parte: su necesidad patológica de redención.
Levantó una mano y, sin mirar, hizo un gesto breve hacia atrás. Los tres hombres avanzaron dos pasos y cerraron el semicírculo. Mantenían las manos en los bolsillos, pero el mensaje era inequívoco.
—Deme el maletín —ordenó McCabe, marcando cada sílaba—. Ahora.
Christian retrocedió bruscamente dos pasos. Los talones le rozaron el vacío. Quedó a un centímetro del borde del andén, con el brazo derecho extendido hacia atrás y el maletín suspendido sobre las vías.
Los tres hombres tensaron los hombros. McCabe levantó una mano y los inmovilizó.
—No sea estúpido —advirtió. Por primera vez, su voz perdió la compostura—. Ponga el maletín sobre el andén y apártese del borde. Ahora.
Christian no obedeció. Tampoco buscó posibles vías de escape.
Vio el rostro de Diana mientras gritaba en la cubierta inclinada.
Vio a Roberto de rodillas en su apartamento de Camden.
Vio a su madre en Odense, encerrada dentro de una mente rota.
Buscó el miedo en su interior, pero se había ahogado en el Báltico. Ya no le quedaba nada que McCabe pudiera arrebatarle.
—No voy a negociar —dijo finalmente—. No voy a mendigar mi ascenso ni su aprobación. Si mi vida es el precio para que su tablero de ajedrez se vaya a la mierda, McCabe, lo pagaré con gusto.
—¡Deténgase!
—Se acabó.
Christian exhaló lentamente y aflojó tres dedos del asa. Solo el índice y el pulgar sostenían ahora el Registro Báltico sobre las vías.
Estaba dispuesto a dejarlo caer.
Necesitaba hacerlo.
La mirada de McCabe descendió hacia el maletín, pasó a los tres agentes y regresó a la mano de Christian .
La mandíbula se le tensó.
—Si muere, no sabré si ha hecho copias ni quién más ha visto los documentos. Y usted no es tan estúpido como para no haberlo previsto, ¿verdad?
Christian no respondió.
McCabe bajó lentamente el bastón. Por primera vez desde que había aparecido en Waterloo, parecía estar buscando una salida en lugar de tenerla preparada.
—No quiero que muera —dijo—. Lo necesito con vida.
Christian aflojó un poco más los dedos.
Una gota de sudor descendió por la sien de McCabe. Sus ojos siguieron el movimiento del maletín hacia el vacío.
Después regresaron al rostro de Christian.
—Diana. Está. Viva.