La verdad hundida (Christian Vinther 3) Capítulo 48
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Capítulo 48

Cuarenta minutos después, Christian cruzó las inmensas puertas de cristal de la estación de Waterloo.

El vestíbulo era un océano de abrigos grises y viajeros atrapados por las prisas de la tarde.

El nivel de alerta seguía siendo palpable.

Agentes uniformados de la Policía Británica de Transportes patrullaban el vestíbulo sin armas largas, mientras la megafonía instaba a los viajeros a mantener sus pertenencias consigo y a informar al personal de cualquier bulto abandonado.

Las antiguas consignas automáticas habían desaparecido de muchas estaciones debido al riesgo de atentado, pero Waterloo conservaba un depósito de equipajes atendido por personal.

Christian localizó el mostrador de Left Luggage en el vestíbulo principal y recordó el apellido que aparecía en el micropunto: H. Kelly.

—Buenas tardes. Busco al señor Kelly.

El empleado, un hombre de unos cincuenta años con una placa de latón que solo mostraba la inicial «H», bajó el periódico.

—¿Quién pregunta?

Christian dejó sobre el mostrador un papel en el que había copiado la referencia.

—Arthur Vance. Referencia 884-B.

El hombre miró el papel sin tocarlo.

—Necesito el resguardo original y un documento de identidad.

Christian bajó la voz.

— Evening Tide.

Los ojos del empleado cambiaron durante una fracción de segundo.

Volkov no había confiado en el procedimiento ordinario de British Rail. Había pagado a un empleado para que actuara como contacto y había incluido en el micropunto tanto la referencia del depósito como la contraseña.

Kelly abrió el libro de registros, localizó la referencia y comprobó una pequeña marca a lápiz en el margen.

—El señor Vance dijo que vendría otra persona si él no podía hacerlo.

—No puede.

Christian deslizó cincuenta libras por la ranura. Kelly no las contó: las hizo desaparecer bajo el libro y le tendió una hoja.

—Firme.

Christian reprodujo la rúbrica fotografiada en el micropunto: una «A» alta, una «V» convertida en ángulo y el resto del apellido reducido a una línea ascendente .

Kelly se internó en el almacén y regresó con un maletín Samsonite de cuero oscuro, cierres de latón y un arañazo junto al asa derecha.

—No conozco al señor Vance —dijo el empleado.

—Yo tampoco.

Christian agarró el maletín y se fundió con la corriente de viajeros antes de que Kelly pudiera arrepentirse. No salió a la calle. Siguió los carteles luminosos hacia los aseos públicos del ala este y entró en el último cubículo. Cerró la puerta y pasó el pestillo metálico.

El espacio era asfixiante y apestaba a lejía industrial y orina, pero quedaba fuera del alcance de las cámaras.

Apoyó el maletín sobre la tapa del inodoro. Recordó la segunda anotación manuscrita del micropunto:

8-8-6.

Giró las ruedas de latón hasta colocar las tres cifras.

Clac. Clac.

Los cierres saltaron hacia arriba como dos disparos secos.

Abrió la tapa.

El Registro Báltico no era un solo libro. Contenía varios bloques de folios grapados y tres disquetes encajados en una protección de espuma de alta densidad. El primer bloque llevaba un sello del Ministerio de Defensa ruso y otro de los servicios de inteligencia británicos.

Leyó.

Nombres. Cuentas suizas. Políticos suecos sobornados y generales rusos comprados. Años utilizando ferris repletos de familias que viajaban de vacaciones y camioneros agotados como tapadera para extraer tecnología militar de la antigua Unión Soviética .

EVALUACIÓN DE SEGURIDAD

CORREDOR BÁLTICO

La hoja estaba fechada dos semanas antes de que McCabe lo enviara a Barcelona.

«Moscú ha identificado el uso de transportes civiles entre Tallin y Estocolmo. Se considera probable una acción de represalia contra la próxima transferencia confirmada. Posibles objetivos: cargamento, intermediario o embarcación».

Debajo aparecía la recomendación del analista:

«Suspender inmediatamente el corredor. Informar a las autoridades marítimas suecas y estonias».

Alguien había trazado una línea roja sobre ambas frases.

En el margen figuraba una autorización cifrada:

CROWN-6 / PRIORIDAD ESTRATÉGICA.

MANTENER ACTIVO EL CORREDOR.

NO INFORMAR A LAS AUTORIDADES CIVILES.

LOCALIZAR AL INTERMEDIARIO COMPROMETIDO.

RECUPERAR EL ARCHIVO.

CONFIRMAR LA EMBARCACIÓN.

Christian sintió que el cubículo de Waterloo se encogía a su alrededor.

CROWN-6.

El mismo código estampado en la carpeta de la National Gallery. El mismo que aparecía en las transferencias de Ashcroft & Sons, en sus pagos clandestinos y en cada orden que McCabe había emitido sin estampar su firma.

Continuó leyendo.

La autorización no llevaba iniciales. Llevaba algo mucho más difícil de falsificar: una secuencia contable de ocho dígitos vinculada a una cuenta operativa de Ashcroft & Sons. Christian reconoció los cuatro últimos: aparecían en sus propios justificantes de pago.

McCabe no había ordenado hundir el ferri. Había recibido un informe que advertía de un ataque probable y había decidido mantener activo el corredor. Después, había enviado a Christian a identificar al intermediario y a confirmar qué embarcación utilizaría Moscú como objetivo.

No había apretado el gatillo. Había colocado el blanco delante del arma y eliminado a los civiles de la ecuación.

Christian recordó la forma blanca junto a la proa. El impacto. El agua irrumpiendo en la cubierta de vehículos. La voz de McCabe ordenándole que abandonara el barco sin explicarle por qué.

El dolor por Diana dejó de ser una masa sin dirección. Se convirtió en una furia blanca, precisa y completamente despierta.

McCabe le había enseñado que toda organización dependía de algo invisible que soportaba su peso desde las sombras.

Christian acababa de encontrar la cuerda.