La verdad hundida (Christian Vinther 3) Capítulo 47
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Capítulo 47

Cuando Roberto se marchó, Christian permaneció apoyado contra la puerta hasta que sus pasos desaparecieron escaleras abajo.

Después regresó al salón.

Sacó del bolsillo las dos mitades del test de embarazo y las colocó sobre la mesa. La carcasa se había partido por el centro. Entre los fragmentos de plástico había quedado adherida una fina gravilla gris que no pertenecía a ninguno de sus componentes.

Acercó el flexo.

No era suciedad del naufragio. El interior del dispositivo seguía seco: una fina capa de masilla gris sellaba la junta. Alguien había abierto la carcasa, extraído parte del mecanismo y vuelto a encajarla.

Separó los granos con la punta de una aguja.

La yema del dedo tropezó con algo rígido.

Un disco negro, liso y apenas mayor que la cabeza de un alfiler.

Christian dejó de respirar .

Un micropunto.

Durante su formación había visto documentos enteros fotografiados y reducidos hasta alcanzar un tamaño microscópico. Mapas, cuentas bancarias, órdenes operativas.

Se levantó, caminó hasta el armario y abrió el falso fondo. De su interior extrajo una pesada caja metálica. Entre pasaportes falsos y fajos de billetes encontró un pequeño cilindro de latón: un microscopio de bolsillo de cincuenta aumentos, diseñado para examinar microfilmes sobre el terreno.

Regresó a la mesa, se llevó la lente al ojo derecho y colocó el disco bajo el haz de la lámpara halógena.

Ajustó la distancia focal.

La mancha negra empezó a adquirir estructura.

No era el Registro Báltico.

Era la fotografía microscópica de un resguardo de consigna:

brITISH RAIL — WATERLOO STATION

LEFT LUGGAGE

DEPOSITOR: ARTHUR VANCE

REFERENCE: 884-B

ATTENDANT: H. KELLY

En la parte inferior aparecía la firma de Arthur Vance. Bajo ella, Volkov había añadido dos anotaciones manuscritas:

EVENING TIDE

8-8-6

Christian comprendió la lógica. Volkov nunca había llevado el archivo completo a bordo del MS Estonia . Lo había depositado en Londres —o había hecho que alguien lo depositara— antes de viajar a Tallin. El micropunto no contenía el secreto.

Contenía la ruta para encontrarlo.

El recuerdo del carguero regresó.

La arandela entre los dedos de Volkov.

El ruso agachado a menos de un metro mientras Christian se despertaba.

Su mirada descendiendo hacia el bulto del bolso de Diana oculto bajo la ropa.

Los muertos nos dejan un equipaje que cargamos durante el resto de nuestra vida.

Volkov había utilizado la arandela para separar las pestañas del test, deslizado bajo el mecanismo el micropunto ya protegido y sellado la junta con masilla mientras Christian dormía.

Si los rusos o los hombres de McCabe lo capturaban, le registrarían la boca, el cabello, las costuras de la ropa y las suelas de las botas. Nunca buscarían dentro de un objeto perteneciente a una mujer a la que todos daban por muerta.

Y Volkov había apostado por algo todavía más seguro: Christian protegería aquel bolso con su vida. Había convertido su culpa en una cámara acorazada.

Cerró la mano alrededor del micropunto.

Acababa de convertirse en el único guardián de uno de los secretos más letales de Europa.