La verdad hundida (Christian Vinther 3) Capítulo 46
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Capítulo 46

Christian despertó sobresaltado por el timbre de la puerta.

Abrió los ojos en la penumbra y comprobó la hora en el reloj digital de la mesilla: las cinco y cuarto de la tarde. No había conseguido dormirse hasta que el cielo empezó a clarear, y solo después de beberse media botella de whisky .

Si era el cartero, podía dejar un aviso. Pero el timbre insistió. Esta vez sonó de forma prolongada, sostenida e impaciente.

—Joder... —murmuró.

Se incorporó con un gruñido y el dolor le taladró las sienes. Arrastró los pies por el pasillo y tropezó con la botella de whisky vacía que había dejado tirada en el suelo. Horas antes había sido su mejor somnífero; ahora era la responsable de la resaca que le nublaba la vista .

— Yes?

Nadie respondió. En su lugar, empezaron a golpear la puerta.

Christian se acercó y miró por la mirilla. Al otro lado esperaba un hombre al que no había visto en su vida. Llevaba un abrigo bien cortado sobre los hombros rectos, el pelo oscuro cuidadosamente peinado y una expresión de profundo agotamiento. Había algo en él que resultaba dolorosamente normal.

Pulcro.

Doméstico.

El desconocido volvió a levantar el puño y pronunció una sola palabra que le heló la sangre.

—¿Diana?

Era Roberto.

Apartó el rostro de la mirilla como si la puerta quemara. El hombre levantó la mano para golpear de nuevo, pero Christian descorrió el pestillo y abrió.

De cerca, Roberto resultaba atractivo sin esfuerzo, aunque el cansancio le hundía las facciones.

— You... Christian Vinther? —preguntó con un inglés torpe y un marcado acento español—. I need Diana. Where is Diana?

—Roberto —dijo.

El desconocido asintió de inmediato.

— Yes. Roberto.

El nombre cayó entre ellos como una piedra. Frente a Christian se encontraba la vida segura y predecible de la que él mismo había arrancado a Diana por pura ambición .

—Entra —dijo en inglés, articulando cada palabra despacio—. Por favor. Pasa.

Roberto dudó durante un segundo, pero entró.

—¿Cómo encontraste esta dirección? —preguntó.

Roberto no lo miró. Tenía la atención clavada en las sombras del apartamento, como si esperara que su prometida apareciera en cualquier momento por la puerta de la cocina. Metió la mano en el bolsillo del abrigo y sacó un trozo de papel arrugado.

—El jueves, la abuela de Diana me llamó. Me dio esta dirección de Londres.

Se lo tendió. En él estaba escrita la dirección exacta de su apartamento de Camden.

Christian lo entendió de inmediato. Antes de marcharse, Diana había dejado a su abuela su dirección como último recurso. Una forma de conducir a Roberto hasta él si algo salía mal.

—¿Dónde está? —preguntó, volviéndose por fin hacia él—. ¿Está en un hospital?

Christian caminó hacia la mesa del salón. Allí, sobre un ejemplar de The Times del día anterior, descansaba el bolso de cuero, rígido por la sal marina, que había rescatado del agua.

Miró al hombre que tenía enfrente. Vio la honestidad en sus ojos. Era un hombre decente. Un arquitecto que construía casas, elegía muebles y esperaba a Diana para cenar.

Habría sido un buen padre.

—Roberto, por favor. Siéntate.

—No .

—Siéntate.

—¡No! ¡No sentarme! —Dio un paso atrás y chocó contra la pared del pasillo—. ¡Solo dime qué hospital!

Mientras Roberto gritaba, Christian llevó una mano hacia atrás, introdujo los dedos en el bolso y agarró el cilindro de plástico del test. Se lo guardó rápidamente en el bolsillo del pantalón del pijama. Después se volvió, cogió el periódico y se lo tendió en silencio.

La portada de The Times mostraba una inmensa fotografía en blanco y negro con la silueta fantasmal del MS Estonia . El titular hablaba de más de ochocientos muertos.

El silencio que siguió fue absoluto.

Roberto dejó de respirar. Sus ojos pasaron de la fotografía del naufragio al bolso de cuero, endurecido por la sal, que permanecía junto al periódico.

—No... —Negó con la cabeza y retrocedió hacia la puerta—. No, no...

—Ella vino conmigo —dijo Christian, obligándose a no bajar la mirada—. Estábamos investigando algo. Todo salió mal y tuvimos que huir. Subimos a ese barco. Yo aseguré primero mi posición. El agua entró demasiado rápido y... la perdí.

Christian no supo si Roberto había comprendido todos los detalles hasta que este se llevó las manos a la cabeza. De su garganta surgió un sonido animal y quebrado. Un llanto sin lágrimas: el sonido de un hombre al que acababan de arrancarle el futuro del pecho.

Se dejó caer de rodillas en el suelo del pasillo mientras balbuceaba una retahíla de palabras en español que Christian no necesitaba entender para reconocer su dolor.

La necesidad de contarle toda la verdad le quemaba la lengua. Quería decirle que Diana estaba embarazada, que la había dejado allí abajo para salvar una puta operación y conseguir un ascenso. Quería confesarlo todo para aliviar su propia culpa.

Pero miró a Roberto, destrozado en el suelo y sollozando en su lengua materna, y comprendió que hacerlo sería el acto más egoísta de su vida.

Se agachó junto a él, sin tocarlo.

—Lo siento muchísimo —susurró.

Roberto no respondió. Continuó llorando contra el suelo de madera, y Christian comprendió que su castigo acababa de empezar: sería el único guardián del recuerdo de un hijo cuya existencia su padre jamás llegaría a conocer.

El dolor en el pecho era tan agudo que apretó los puños. La mano derecha, todavía dentro del bolsillo, se cerró alrededor del test de plástico de Diana. La apretó contra el hueso de la cadera hasta que la carcasa crujió.

Y se partió.

De inmediato, Christian sintió que una fina gravilla gris, helada al tacto, se derramaba en el interior del bolsillo y se adhería a sus dedos.

Parpadeó, arrancado de golpe de su duelo.

Aquello no tenía sentido.

Bajó la vista. Roberto continuaba sollozando en el suelo .

Christian sacó la mano del bolsillo y observó los pequeños fragmentos grises adheridos a la piel.

Después apoyó la otra mano sobre el hombro de Roberto.

—Yo me ocuparé de todo —prometió, con el secreto de Diana deshaciéndose entre sus dedos.