Capítulo 45
Christian podría haber ido al Soho aquella noche para ahogar sus penas en alcohol y perderse en el sudor de una cama ajena.
Estuvo tentado.
Pero esta vez no lo hizo.
Esta vez, el dolor era tan absoluto, tan pesado en el centro del pecho, que sabía que regresar a la realidad a la mañana siguiente sería insoportable. Así que tomó una dirección distinta: caminó hasta el cementerio victoriano de Highgate.
La niebla se enredaba en las ramas retorcidas de los robles centenarios y lamía las lápidas hundidas en la hiedra salvaje.
Era un mar de ángeles descabezados, cruces torcidas y obeliscos devorados por el musgo negro bajo la luz mortecina de las farolas.
El silencio no era pacífico, sino denso, vigilante, cargado con el peso de los secretos enterrados bajo el suelo de Londres.
Christian llevaba un ramo de lirios blancos en la mano .
No tuvo que buscar la tumba.
La recordaba.
El rostro del joven seguía observándolo desde la fotografía incrustada en la piedra. Treinta años. La edad que Christian cumpliría unos meses después. Los lirios que alguien había dejado una semana antes se habían marchitado y ahora descansaban sobre la tierra como dedos amarillentos.
Christian los retiró y depositó en su lugar el ramo fresco.
«Siempre fuiste suficiente».
La inscripción seguía allí.
Exactamente una semana antes había recorrido aquel mismo cementerio con una certeza fría clavada en la mente: la próxima tumba que honrara con flores llevaría su nombre.
Ahora lo entendía.
Hay tumbas que llevan dos nombres: el de quien yace bajo ellas y el de quien carga con su muerte.
Regresó a su apartamento de Camden. No encendió las luces. Se dejó resbalar por la pared del salón hasta quedar sentado en el suelo de madera y escuchó el silencio del piso vacío.
Alargó la mano hacia el teléfono de la repisa. Descolgó el auricular y marcó el prefijo internacional de Dinamarca, 00 45, seguido del número de la clínica psiquiátrica de Odense.
— Klinik for Psykiatri, Odense —respondió una voz femenina y aséptica.
—Soy Christian Vinther. Necesito... Póngame con la habitación de Anne Vinther .
—Señor Vinther, son las once de la noche. Su madre está descansando. Y, de todas formas...
—Ya sé que no habla —la interrumpió Christian—. Acérquele el teléfono al oído. Por favor.
Hubo un suspiro molesto al otro lado, seguido del crujido de unos pasos sobre el linóleo.
—Ya puede hablarle —susurró la enfermera al cabo de un largo minuto.
La línea quedó en silencio.
Después llegó la respiración de su madre.
Inhalar.
Exhalar.
Christian cerró los ojos y apoyó la cabeza contra la pared.
—Hola, mamá —susurró en danés—. Soy Christian. Esta vez no voy a colgar. No sabía a quién más...
Se atragantó. Quiso conservar la calma y hablarle como el hombre frío en el que creía haberse convertido, pero la garganta se le cerró de golpe.
—La he matado —confesó. Al pronunciar aquellas palabras, la realidad le partió el pecho en dos—.
La utilicé para conseguir un puto ascenso.
Y ahora Diana está a ochenta metros bajo el agua.
Hice lo mismo contigo cuando papá te dejó a la deriva en ese lugar.
Te abandoné. Y ahora he vuelto a hacerlo con ella.
Las lágrimas que había jurado no derramar jamás delante de McCabe caían ahora en la oscuridad y le empapaban la cara.
—Lo siento —susurró, encogiéndose sobre sí mismo como un niño aterrorizado—. ¿Fui un mal hijo? Lo siento tanto .
Se dispuso a apartar el teléfono de la oreja. Ya estaba hecho. Había buscado un castigo y el abismo se lo había concedido en forma de silencio absoluto. Pero entonces la respiración al otro lado se entrecortó. Hubo un roce de tela. Un jadeo extraño, como el de alguien que se ahogaba en seco.
— Min...
Christian dejó de respirar. El corazón le dio un vuelco brutal.
— Min... —El esfuerzo al otro lado de la línea era agónico—. Min skat.
Mi tesoro.
Las palabras se quebraron al atravesar la línea, débiles como un cristal resquebrajado, pero perfectamente claras. Eran las dos únicas que habían logrado abrirse paso a través del cerebro devastado de Anne Vinther.
El auricular se movió bruscamente.
—¿Señor Vinther? —La voz de la enfermera regresó, alterada—. Señor Vinther, ¿sigue ahí?
—Sí. ¿Qué ha pasado?
—Ha hablado. Lleva meses mirando a la pared sin articular una sola palabra y acaba de hablar. —La enfermera tomó aire—. Señor Vinther..., su madre está llorando.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
—¿Llorando?
—Sí. Tiene los ojos cerrados, pero las lágrimas le caen por las mejillas. No sé qué le ha dicho, pero ella lo ha escuchado. Sigue ahí dentro.
Christian apretó el auricular con fuerza .
—Cuídenla, por favor —dijo con la voz quebrada—. Cuídenla por mí.
Colgó antes de que la enfermera pudiera responder.
Permaneció en la oscuridad, dejando por fin que las lágrimas cayeran sin luchar contra ellas. Después se secó la cara con el dorso de la manga. Aquellas dos palabras rotas le habían devuelto una parte de la humanidad que creía perdida.
Se quedó sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared y el teléfono sobre las piernas. Durante varios minutos no fue agente, informante ni superviviente. Fue únicamente el hijo de una mujer que acababa de regresar del silencio para llamarlo «mi tesoro».
Las palabras no lo absolvieron. Tampoco borraron a Diana, a Volkov ni al niño arrodillado sobre la grava. Pero abrieron una grieta en la condena que llevaba años pronunciando contra sí mismo.
A su lado, el bolso de Diana descansaba sobre el suelo. Christian lo observó sin tocarlo. Hasta entonces había sido una reliquia, la prueba física de su culpa. Abrirlo significaba convertir a Diana en una colección de objetos y aceptar que nunca regresaría para reclamarlos.
Tanteó el suelo hasta encontrar el bolso. Lo agarró por el asa, se puso en pie y caminó hasta el escritorio.
Encendió el flexo. La luz amarilla golpeó el cuero oscuro: el único fragmento de la vida de Diana que el mar no había conseguido arrebatarle.
Tiró varias veces de la cremallera, agarrotada por la sal. Metió la mano y empezó a sacar su vida a pedazos, buscando algo, cualquier cosa que le permitiera comprender quién había sido la mujer a la que había decidido salvar en segundo lugar.
Una cartera de piel gastada con recibos de supermercado de Barcelona.
Su credencial de la Agencia Tributaria. Diana Valenti le devolvía la mirada desde el plástico con aquella severidad tan suya, la de una mujer que no perdonaba la debilidad, empezando por la propia.
Era hermosa, con rasgos mediterráneos y unos ojos que parecían desafiar incluso al objetivo de la cámara.
Un tubo de crema de manos a medio terminar. Un paquete de chicles de menta. Pequeños vestigios de la vida cotidiana que había construido junto a Roberto.
Una navaja táctica negra, pesada, con los bordes astillados. Una concesión silenciosa a la agente de campo de la Guardia Civil que, en el fondo, nunca había dejado de ser. Y, por último, encajado contra la costura del fondo, un pequeño objeto alargado, envuelto cuidadosamente en papel de seda.
Christian frunció el ceño y lo tomó entre los dedos. Apenas pesaba. Durante un segundo, su mente de espía, entrenada para la paranoia, pensó en un carrete fotográfico, la copia de un albarán naviero o una llave de seguridad.
Desplegó lentamente el papel.
Un dispositivo de plástico blanco.
Una pequeña ventana ovalada.
Dos líneas rojas, nítidas e implacables.
El aire de la habitación pareció desaparecer. Miró el objeto, después la pared y, finalmente, volvió a fijarse en las dos rayas.
Positivo.
El dolor, que creía haber apaciguado durante aquella larga noche, regresó con la fuerza destructiva de un tren de mercancías. La certeza le golpeó las costillas desde dentro. No solo había aniquilado a la mujer a la que una semana antes había manipulado en beneficio propio.
Había ahogado un futuro.
El de ella.
El del hombre que la esperaba en casa.
Y el de una vida que apenas empezaba a formarse en su interior.
La frágil tregua que las palabras de su madre le habían concedido se evaporó, consumida al instante por un fuego negro y absoluto.