Capítulo 44
A última hora de la tarde, un taxi dejó a Christian en Wapping con un frenazo brusco. Bajó a la acera y cerró la puerta de un portazo.
La lluvia de Londres era distinta de la del Báltico.
No golpeaba: calaba. Un sirimiri persistente convertía las fachadas de ladrillo en superficies sudorosas.
El anodino edificio donde McCabe tenía su oficina no llevaba ninguna placa.
Solo había una pesada puerta gris y el ojo ciego de una cámara de seguridad que pivotó hacia el rostro de Christian.
El cierre eléctrico chasqueó al instante.
Subió las escaleras de dos en dos. Cada peldaño le devolvía un eco: el crujido del acero del MS Estonia al hundirse, la mano de Diana escapándose de la suya, el golpe del cuerpo de Volkov contra la grava, el grito del niño al ver caer a su padre.
La puerta del fondo estaba entreabierta .
Christian entró sin llamar.
McCabe estaba de pie junto a la ventana, de espaldas, con una taza de café en la mano. El Támesis se reflejaba en el cristal, gris y distante, mientras la lluvia trazaba vetas oblicuas sobre los tejados.
—Cierre la puerta, Vinther.
Él obedeció.
McCabe se volvió despacio. Su mirada recorrió a Christian.
—Ha tenido un viaje interesante —dijo al fin—. Siéntese.
Pero decidió permanecer de pie.
—Sus hombres ejecutaron a Volkov delante de su hijo de ocho años.
McCabe dejó la taza sobre el escritorio y la centró cuidadosamente en el posavasos.
—Volkov era un activo contaminado. Un riesgo letal. Lo sabe.
—Podían haberlo detenido. Interrogarlo.
—¿Interrogarlo sobre qué? Jugó con usted. Le hizo creer que tenía el Registro Báltico.
Christian parpadeó varias veces.
—Entonces, ¿quién lo tiene?
—Está a ochenta metros de profundidad, junto al ferri y cientos de pasajeros. El cargamento era su negocio. El Registro, su seguro de vida.
—¿Eso cree? ¿Que se fue al fondo con el MS Estonia ?
—Y es lo mejor que podía haber ocurrido.
—McCabe entrelazó las manos—. Un documento que no existe no puede filtrarse ni arrastrarnos ante una comisión parlamentaria.
Los suecos se han librado de un problema.
Moscú ha perdido a un traidor. Nosotros hemos evitado una catástrofe diplomática.
Es una tragedia, por supuesto. Pero, conveniente.
Desde el punto de vista operativo, es el mejor desenlace posible.
—¿Eso es lo que les dirán a las familias? ¿Que fue «una tragedia conveniente»?
—Todo apunta a un accidente durante un fuerte temporal. Usted mismo estuvo allí.
—¿Y la embarcación sin luces?
McCabe no se movió.
—¿Qué embarcación?
—La que se dirigía hacia nosotros. La razón por la que me ordenó abandonar el ferri.
—Una interpretación errónea del tráfico marítimo. El Báltico estaba lleno de embarcaciones que cambiaban de rumbo a causa de la tormenta.
—Usted no gritó como un hombre que hubiera cometido un error de interpretación.
—Grité porque uno de mis informantes se había introducido sin autorización en la cubierta de vehículos de un ferri durante un temporal. No convierta mi preocupación por usted en una conspiración.
Christian recordó la tormenta y los bandazos del barco.
—Si no hubiera aceptado su misión, Diana seguiría en Barcelona. Nunca habría subido a ese ferri.
McCabe apoyó los antebrazos sobre el escritorio y se inclinó apenas hacia él.
—No retuerza los hechos, Vinther. Nadie obligó a esa mujer a subir a bordo a punta de pistola.
Y, si vamos a repartir culpas, recibió órdenes de mantenerse al margen.
Usted desobedeció, jugó a ser un operativo de campo y arrastró a una civil a su desastre personal.
¿También es culpa mía su complejo de héroe?
Christian descargó la palma contra la mesa.
—Yo la arrastré. La manipulé. Le mentí con el guion que usted había escrito, palabra por palabra. Como me enseñó.
McCabe ni siquiera pestañeó ante el golpe.
—Y funcionó. La utilizó para llegar hasta Volkov.
Lo que ocurrió después fue responsabilidad suya.
Habrá comisiones e informes, y la versión oficial será que la visera de proa falló durante un temporal.
Fin de la historia. Ha impedido que Volkov hablara.
Me conformo con eso. Aprenda la lección correcta.
—¿Que, si mueren suficientes personas en el momento adecuado, usted lo llama «una tragedia conveniente» y brinda con whisky ?
—Que los sentimientos son un lujo en este edificio —sentenció McCabe, señalándolo con un bolígrafo de plata—. Yo lo invité a trabajar para mí. Le di un propósito dentro de un tablero cuya existencia ni siquiera conocía. Si no tiene estómago para jugar, devuelva las fichas.
El silencio cayó a plomo sobre la oficina.
Christian bajó la vista hacia la madera inmaculada. La humillación le quemaba por dentro, pero algo más frío y pesado terminó por apagarla.
Respiró hondo.
—Tiene razón —dijo despacio—. Usted no fabricó la ilusión. Solo supo aprovecharse de ella. ¿Alguna orden más ?
McCabe lo observó, satisfecho al verlo ceder.
—Se acabó, Vinther. Vuelva a su vida. Guarde esto en el cajón de las experiencias desagradables. Aprenda algo, si puede. Y no vuelva a llamar a este número.
Se dio la vuelta y regresó a la ventana, dando por terminada la reunión.
Christian permaneció inmóvil durante dos segundos más, con los ojos clavados en la nuca de McCabe. Esperó sentir el impulso de añadir algo: un último desafío, una amenaza, cualquier frase que pusiera un broche digno a la escena.
No llegó.
Se volvió, abrió la puerta y salió al pasillo.
La moqueta amortiguó sus pasos. En la calle, la lluvia continuaba cayendo con la misma paciencia viscosa.
Caminó deprisa hasta la estación de Wapping y descendió al andén, rodeado por el anonimato de la multitud londinense. Solo cuando se sentó en el vagón, comprendió que no había mirado atrás.