Capítulo 43
Christian no se dirigió directamente a Djurgården.
Pidió al taxista que se detuviera junto a la estación de Östermalmstorg. Si McCabe enviaba agentes al parque, registrarían a Volkov y también podrían registrarlo a él. No permitiría que las pertenencias de Diana acabaran esparcidas sobre la grava como una pieza más de una operación.
Alquiló una pequeña consigna automática, introdujo el bolso y cerró la puerta metálica. Guardó la llave plana dentro del calcetín, pegada al tobillo.
Después tomó otro taxi.
Cuando llegó a Djurgården, el conductor arrancó antes de que Christian terminara de cerrar la puerta.
Estocolmo no daba la bienvenida a nadie; solo dejaba claro que el hielo estaba en camino.
Se detuvo junto a la verja de hierro.
El parque de Djurgården se abría ante él, húmedo y cubierto de hojas cobrizas. El ruido del tráfico se ahogaba bajo el griterío de los niños en la zona de juegos.
Avanzó por el sendero de grava.
Sobre el césped, un hombre y un niño se pasaban una pelota. Era Volkov. Todavía llevaba el mono azul de trabajo con el que había escapado del carguero. Parecía exhausto, pero tranquilo. El pequeño soltó un grito de victoria en ruso, corrió hacia la pelota y se la devolvió a su padre.
Christian se detuvo a cinco metros. El silencio se alzó entre ambos como un muro.
—Se acabó, Volkov.
El ruso giró la cabeza. No mostró sorpresa, sino la profunda resignación de un animal acorralado. El niño se pegó a la pierna de su padre y observó a Christian con una mezcla de miedo y hostilidad.
—Dame el Registro Báltico. O te juro que te arrancaré lo que te quede de vida delante del crío.
—Hueles a ellos, Vinther. A los cientos de muertos que siguen ahí abajo, en el fondo del Báltico. Vete.
—No me iré con las manos vacías después de lo que me ha costado. Dámelo.
Volkov se agachó para recoger la pelota mientras negaba lentamente con la cabeza.
—No lo tengo.
—No juegues conmigo.
Volkov lo observó durante unos segundos. En sus ojos apareció una certeza casi compasiva.
—El viaje fue un infierno. Pero a veces los muertos nos dejan un equipaje que cargamos durante el resto de nuestra vida. Siento lo de Diana, Vinther. Lo siento de verdad.
Christian tensó la mandíbula y extendió la mano.
—El Registro.
—Cuida de mi hi...
Un chasquido seco.
Volkov se quedó rígido. Los ojos se le desorbitaron y la pelota resbaló de sus manos. Un segundo chasquido quebró el aire y el cuerpo del ruso se desplomó como un saco de harina sobre la grava húmeda.
—¡Papá! —chilló el niño antes de caer de rodillas junto a su padre.
Antes de que Christian pudiera asimilar lo que acababa de ver, alguien a su derecha le habló en inglés.
—Al suelo. Las manos donde pueda verlas.
El pánico le heló la sangre. Un hombre salió de entre los árboles y le apuntó a la cara con una pistola provista de silenciador. Otro avanzaba por el flanco este. Vestían ropa civil de otoño: abrigos oscuros, gorros de lana y bufandas que les cubrían hasta la nariz.
Profesionales.
Los lobos de McCabe.
Christian se arrodilló despacio. La grava le mordió las rodillas a través del pantalón.
La sangre de Volkov ya formaba un halo negro alrededor de su cabeza. El niño tiraba de la chaqueta de su padre, aullando de terror.
El segundo operativo llegó hasta el cuerpo. No comprobó el pulso. Apartó al niño de un empujón y lo hizo rodar por el césped.
—¡Déjalo en paz! —gritó Christian .
El cañón de la pistola se apoyó contra su frente.
—Cierra la boca.
En el suelo, el segundo hombre sacó una navaja táctica.
En menos de quince segundos, rajó el forro de la chaqueta de Volkov, abrió las costuras interiores de los pantalones y presionó las suelas de las botas con dedos expertos.
Después vació los bolsillos sobre la sangre: llaves, monedas, un pañuelo.
Volkov soltó un último gorgoteo. Giró la cabeza en un movimiento agónico hacia su hijo y su mirada quedó vacía.
—Limpio —dijo el hombre de la navaja—. No lo tiene.
—Revisa otra vez.
El agente le abrió la boca al cadáver, le palpó el cabello y pasó los dedos por detrás de las orejas.
Nada.
A unos cincuenta metros, la gente empezó a gritar. El aullido creciente de las sirenas de la policía sueca atravesó el viento. Tenían menos de un minuto.
El hombre de la pistola evaluó a Christian. Ladeó la cabeza y dudó durante un instante. Las sirenas sonaban cada vez más cerca y resonaban contra los edificios de la avenida.
—Vámonos —ordenó el operativo de la navaja.
El de la pistola asintió y miró a Christian a los ojos.
—Desaparece, Vinther.
Acto seguido, ambos hombres se alejaron hacia la salida sur con pasos rápidos y silenciosos.
Christian se puso en pie.
Los dos hombres ya estaban cerca de la salida. No corrían. Caminaban deprisa, separados por varios metros y sin mirar atrás, pero sin llamar la atención. Dentro de unos segundos se mezclarían con el tráfico de la avenida y dejarían de existir.
Christian observó el cuerpo de Volkov.
No habían intentado detenerlo.
No habían comprobado si llevaba un arma.
No habían formulado una sola pregunta.
Le habían disparado, rajado la ropa y buscado el Registro mientras todavía respiraba.
Aquello no había sido una extracción. Había sido una ejecución seguida de un cacheo.
El niño se arrastró hasta su padre y apoyó ambas manos sobre su pecho ensangrentado.
—Papá...
La palabra se convirtió en un gemido.
Christian dio un paso hacia él.
Las sirenas estaban ya al otro lado de la verja. Unas luces azules destellaban sobre las fachadas de la avenida y teñían los troncos de los árboles con fogonazos eléctricos.
Miró hacia la salida sur. Todavía podía seguir a los hombres.
Estaba herido, desarmado y apenas había dormido en los últimos días, pero conocía la dirección que habían tomado.
Si conseguía mantenerlos a la vista, quizá descubriría el vehículo, una matrícula o el lugar desde el que recibían órdenes.
Quizá averiguaría si de verdad trabajaban para McCabe.
El de la pistola conocía su apellido.
Eso debería haber bastado.
No bastaba .
McCabe le había advertido que sus operativos lo tratarían como a un objetivo hostil si interfería.
Sin embargo, aquellos hombres lo habían dejado con vida.
No habían intentado detenerlo, registrarlo ni llevárselo.
Ni siquiera parecían interesados en saber por qué había llegado antes que el equipo enviado desde Londres.
Solo les importaba encontrar el Registro.
Y no lo habían encontrado.
Limpio , había dicho el hombre de la navaja.
Christian volvió a mirar a Volkov.
La boca abierta.
Las costuras destripadas.
Las botas arrancadas.
El ruso había muerto sin entregarles lo único que todos buscaban.
Una mujer gritó al fondo del sendero. Varios padres empezaron a alejar a sus hijos de la zona de juegos. Un anciano se acercaba ya al pequeño de Volkov con las manos levantadas y le hablaba despacio en sueco.
La policía estaría allí en menos de treinta segundos.
Christian podía quedarse. Podía levantar las manos, esperar a los agentes y contarles que acababa de presenciar el asesinato de un ciudadano ruso delante de su hijo. Después tendría que explicar quién era. Por qué conocía al muerto. Qué era el Registro Báltico.
Y por qué dos asesinos aparentemente vinculados a los servicios británicos sabían su nombre.
La policía protegería al niño.
También lo encerraría a él.
Las primeras patrullas frenaron junto a la verja. Las puertas se abrieron antes de que los vehículos se detuvieran por completo.
Christian retrocedió hacia los árboles. Atravesó una zona de arbustos, saltó una valla baja y apareció en un paseo paralelo al canal. Una pareja que empujaba un cochecito se apartó al verlo salir de la vegetación con la ropa manchada y el rostro desencajado.
Continuó caminando.
No correr.
No mirar atrás.
No dar a nadie una razón para recordarlo.
Al llegar al puente, utilizó el cristal de una marquesina para vigilar el paseo a su espalda. Dos policías aparecieron en el extremo opuesto, pero se dirigían hacia el parque.
Nadie lo seguía.
Todavía.
Detuvo un taxi y abrió la puerta trasera.
—Östermalmstorg.
El conductor miró su ropa por el retrovisor.
—¿Está herido? —preguntó el conductor en inglés.
Christian sacó varios billetes húmedos del bolsillo.
—No.
El dinero eliminó el resto de las preguntas.
Durante el trayecto mantuvo la vista fija en los vehículos que circulaban detrás. Cambió de postura cada vez que el taxi giraba, buscando el mismo coche, el mismo rostro o una distancia demasiado constante.
Nada.
Los hombres podían haberlo dejado escapar .
También podían haber decidido seguirlo hasta que los condujera al Registro.
Pidió al conductor que se detuviera dos calles antes de la estación.
—Aquí no hay ninguna entrada —protestó el hombre.
—Ya la encontraré.
Salió y esperó a que el taxi desapareciera. Después cruzó la calle, entró en unos grandes almacenes por un acceso y salió por otro antes de dirigirse al metro.
La estación de Östermalmstorg estaba llena de gente que regresaba a casa: abrigos oscuros, paraguas que goteaban y rostros empeñados en no mirar a nadie.
Christian se dejó absorber por la multitud.
Descendió un tramo de escaleras y continuó hacia las consignas.
La llave plana seguía dentro del calcetín, pegada al tobillo por el sudor.
La sacó y la introdujo en la cerradura. Giró la llave y la puerta se abrió con un chasquido metálico.
El bolso permanecía en el interior, doblado sobre sí mismo.
Lo sacó.
El olor a humedad y sal le devolvió de golpe el recuerdo de la sangre de Volkov.
Durante un instante volvió a sentir cómo la cubierta se inclinaba bajo sus pies.
La mano de Diana.
Sus dedos escapándose de los suyos.
Cerró los ojos.
Ahora no.
Regresó al vestíbulo.
Era hora de volver a Londres.