La verdad hundida (Christian Vinther 3) Capítulo 42
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Capítulo 42

La línea quedó en silencio. Christian solo oía su propia respiración irregular y las sirenas de las carretillas elevadoras que circulaban entre los contenedores.

—Explíquese —exigió McCabe—. Tengo un equipo en Estocolmo esperando mi señal.

—Hice lo que me ordenó. Embarqué con el ruso en el carguero y nos escondimos en un compartimento de carga. No sé en qué momento me venció el cansancio —confesó—. Cuando abrí los ojos, el barco ya había atracado y él había desaparecido.

—¿Revisó el conducto de ventilación?

—Lo manipuló desde dentro. No fue un secuestro, jefe. Tampoco intervinieron los equipos de limpieza. Esperó a que me durmiera, burló mi vigilancia y escapó por su cuenta.

Una pausa se instaló al otro lado del auricular.

—Bienvenido a las grandes ligas, Vinther. Le dije que no apartara los ojos de la mercancía. Acaba de soltar una bomba de relojería geopolítica en la capital sueca.

—Volkov busca asilo político. Suecia es perfecta para...

—Si quisiera asilo, se habría entregado nada más desembarcar. Volkov y el Registro Báltico tenían que haberse hundido con el MS Estonia y sus víctimas. Muerto el perro, se acabó la rabia. Si ese documento ve la luz, provocará una crisis diplomática de consecuencias incalculables.

Fuera, alguien golpeó con el puño la puerta metálica de los aseos. Christian dio un respingo.

— Hallå? —rugió una voz áspera—. Är det någon där inne?

—Tengo que salir de aquí. Están aporreando la puerta.

—Salga del puerto. Desaparezca. Desplegaré a mi equipo en las estaciones de tren y en el aeropuerto. Usted queda fuera de la fase táctica. Busque un agujero y espere.

—No. Puedo ser útil.

La puerta tembló bajo un nuevo golpe.

—No sea estúpido, Christian.

—Sus lobos no van a encontrarlo en ninguna terminal porque...

Las palabras se le atascaron en la garganta. De pronto, algo encajó. El recuerdo de Estocolmo, días antes del desastre, lo golpeó como un tren de mercancías.

—Hable, Vinther. No es momento para adivinanzas.

—Los hombres como Volkov no huyen hacia el dinero cuando se ven acorralados —dijo Christian, hablando cada vez más deprisa—. Huyen hacia lo único que les aterra perder.

—¿De qué demonios está hablando?

—Sé adónde va. Antes de que viajara a Tallin, lo seguí por Estocolmo. Rompió su protocolo de seguridad solo para ir a un parque. Djurgården. Se quedó observando a un niño. A su hijo.

El silencio de McCabe fue puro cálculo.

—¿Está seguro?

—No. Pero es la única pista que tenemos. Antes de viajar a Tallin, rompió todo su protocolo de seguridad solo para ir a Djurgården a ver a su hijo. Si ahora está huyendo hacia alguien, ese parque es el primer sitio que comprobaría. Estoy a menos de cinco kilómetros. Merece la pena intentarlo.

El pomo giró con violencia. El hombre al otro lado empezó a embestir la puerta con el hombro. El metal gimió.

—Tengo a operativos de verdad sobre el terreno —ladró McCabe—. Enviaré a uno a inspeccionar la zona. Usted quédese al margen.

Christian recordó el agua negra y el peso muerto de su propia culpa.

—Sus operativos ya siguieron una pista falsa en Estonia por mi culpa. Y, por mi culpa, alguien importante para mí está muerta. Iré a Djurgården.

—Vinther, escúcheme bien. Si interfiere con mis hombres, lo tratarán como a un objetivo hostil. Obedezca y...

Esta vez fue Christian quien colgó .

Una patada reventó la cerradura. Un hombre inmenso irrumpió maldiciendo y sacudiéndose la lluvia de la ropa. Al levantar la vista hacia el teléfono, parpadeó, desconcertado.

El vestíbulo estaba vacío.

Christian Vinther ya había desaparecido en el laberinto de contenedores.