Capítulo 41
Cuando Christian despertó, el barco vibraba de forma diferente. Las revoluciones del motor principal habían disminuido.
Estaban atracando.
El compartimento de carga seguía en penumbra, apenas iluminado por la bombilla oscilante.
Christian giró la cabeza.
El lugar junto a la pared donde Volkov había pasado buena parte de la travesía estaba vacío.
Se incorporó de golpe. Las costillas protestaron con un latigazo y tuvo que apoyarse en la estantería de chapa para no caer. El ruso había desaparecido. Solo quedaban la pared de acero, cubierta de humedad, y una certeza helada que empezaba a instalarse en su estómago.
—¿Volkov? —murmuró al aire.
La puerta seguía cerrada .
La rejilla de ventilación también parecía intacta, pero la pequeña arandela que Volkov le había mostrado estaba encajada bajo uno de los tornillos e impedía que este sujetara el marco correctamente.
Tiró de la rejilla y toda la estructura cedió hacia dentro.
Detrás se abría un conducto técnico lo bastante ancho para que un hombre de la complexión de Volkov pudiera avanzar a rastras.
Christian asomó la cabeza. El conducto obligaba a arrastrarse, sin espacio para girarse ni defenderse. Si Volkov lo esperaba en alguno de los recodos, quedaría vendido. Retrocedió.
Tenía que escapar de allí lo antes posible.
Empujó la puerta con cautela y salió al corredor. Solo había dado dos pasos hacia las escaleras cuando se le acabó la suerte.
—¡Eh, tú!
Se volvió. Un marinero de cubierta, embutido en un mono azul y con un gorro de lana hasta las cejas, lo observaba desde el cruce del pasillo. Detrás de él apareció un segundo hombre con un portapapeles. El marinero le espetó una pregunta en sueco. Christian captó lo esencial.
—Me he perdido buscando los baños —respondió en danés.
El hombre no se creyó la mentira. Entrecerró los ojos, dio un paso al frente y descolgó la radio del cinturón.
Christian no esperó a que empezaran las preguntas.
Giró sobre los talones y echó a correr. Las botas le resbalaron sobre la plancha metálica aceitosa.
A su espalda estalló un grito de alarma.
Apartó con el hombro una pesada cortina de lamas de plástico industrial y bajó los escalones de rejilla de tres en tres.
Aterrizó en la cubierta inferior con un golpe sordo en las rodillas.
A su izquierda, la enorme compuerta lateral del carguero estaba abierta de par en par y dejaba entrar a raudales la luz de la mañana.
Se abalanzó hacia ella, esquivó a un trabajador del puerto que surgió de entre unos palés con el brazo extendido y saltó el último tramo de la pasarela hasta alcanzar tierra firme.
Estaba en el muelle industrial de Frihamnen, en Estocolmo.
Miró a su alrededor. El puerto era un laberinto de grúas pórtico amarillas, filas interminables de contenedores y naves de ladrillo bajo un cielo de color cemento.
Las alarmas de los montacargas sonaban por todas partes.
Se internó en el laberinto, corriendo agachado entre dos semirremolques y chapoteando en los charcos que cubrían el asfalto.
Los gritos procedentes del barco empezaban a atraer la atención de los trabajadores del muelle. Necesitaba desaparecer, y necesitaba hacerlo ya.
Dobló una esquina ciega y se pegó contra la chapa helada de un contenedor rojo. El pecho le ardía y el corazón le golpeaba los tímpanos. A veinte metros vio la garita acristalada del control de aduanas, con dos agentes tomando café.
Descartada.
Miró hacia el otro lado. Aislado junto a una valla, había un bloque prefabricado de chapa: los aseos y las duchas de los transportistas. Corrió hacia allí, abrió la puerta de un empujón y echó el cerrojo a sus espaldas.
Era un vestíbulo estrecho de baldosas sucias, con dos puertas que daban a los aseos y una pequeña ventana opaca en lo alto. En la pared desconchada, justo al lado de los lavabos, sobrevivía un viejo teléfono público metálico de Televerket.
Marcó el número de la operadora y solicitó una llamada a cobro revertido. Esperó mientras recuperaba el aliento, con la mirada clavada en el cerrojo de la puerta que acababa de bloquear.
Finalmente, la voz de McCabe sonó al otro lado de la línea.
—¿Están ya en Estocolmo?
Christian apoyó la frente contra el metal helado del teléfono y cerró los ojos.
—Sí, pero tenemos un problema.
—Defina el problema, Vinther.
—Volkov. Ha desaparecido.