Capítulo 40
Pasaron varios minutos en silencio.
El barco avanzaba a través de la oscuridad. La bombilla oscilaba con cada vaivén del oleaje y proyectaba sobre las paredes las sombras danzantes de las herramientas.
Volkov volvió a mirar la rejilla, pero esta vez no la tocó.
—Cuando lleguemos a Estocolmo —dijo Christian—, mi gente recogerá el Registro y después pondrá a salvo a tu hijo.
—Primero mi hijo.
—Primero, una prueba de que el documento existe.
—Ya sabes que existe.
—Sé que quieres que crea que existe.
Volkov se frotó los nudillos.
—Hay nombres británicos. También suecos, alemanes y estadounidenses. Gente que ha construido su carrera política hablando de paz mientras pagaba a generales rusos para vaciar los arsenales por la puerta trasera.
—Eso podría inventármelo yo en cinco minutos.
Christian notó que el cansancio empezaba a cerrarle los ojos. La adrenalina que lo había mantenido en pie desde el hospital se retiraba y dejaba tras de sí dolor, frío y un agotamiento casi febril.
Volkov lo observó.
—Tendrás que dormir en algún momento.
—Tú primero. No pienso despertarme con esa llave clavada en la cabeza.
El ruso dejó la herramienta en el suelo y la empujó hacia el centro del compartimento.
—Ahora ninguno de los dos puede alcanzarla sin que el otro lo vea.
Christian calculó la distancia. Era cierto mientras ambos siguieran despiertos. El problema era que él no sabía cuánto tiempo más conseguiría mantener los ojos abiertos.
El carguero cabeceó. La estructura emitió un gemido largo y grave. La bombilla se duplicó durante un segundo.
Volkov seguía sentado al otro lado, inmóvil.
Christian intentó concentrarse en sus manos. En la distancia hasta la puerta. En los cerrojos. En la llave inglesa situada entre ambos.
Contó las respiraciones del ruso.
Una.
Dos.
Tres .
La siguiente vez que abrió los ojos, Volkov estaba agachado a menos de un metro de él.
—¿Qué estás haciendo?
—Se ha soltado de la rejilla —dijo levantando lentamente las manos. Entre los dedos sostenía una pequeña arandela metálica—. Si cae en el ventilador, tendremos compañía.
Christian comprobó el bolso. La cremallera seguía cerrada. La correa continuaba enrollada alrededor de su muñeca.
—Vuelve a tu lugar.
Volkov obedeció y dejó la arandela junto a su bota.
Christian le sostuvo la mirada durante varios segundos. Después volvió a apoyar la cabeza contra la pared, esta vez con los ojos abiertos.
—Duerme, Vinther.
—Vete al infierno.
—Cuando despiertes, quizá los dos estemos más cerca de casa.
Christian quiso preguntarle qué significaba aquello, pero el cansancio no se lo permitió.
La bombilla osciló una vez más y el compartimento pareció inclinarse a su alrededor. La barbilla le cayó lentamente sobre el pecho. Al otro lado del compartimento, Volkov continuó observándolo en silencio.