La verdad hundida (Christian Vinther 3) Capítulo 39
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Capítulo 39

Christian soltó una exhalación lenta. Se agachó, apoyó la espalda contra una estantería y se pasó una mano por la cara.

Volkov se dejó caer junto a una caja de embalaje. No se quitó las botas ni estiró las piernas. Permaneció encorvado, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada fija en la puerta.

—No me gusta.

Christian lo miró.

—A mí tampoco.

El ruso apoyó la cabeza contra la pared durante un instante. La llave inglesa descansaba en horizontal sobre sus rodillas, pero sus ojos no abandonaban la puerta.

—Te manda volver a meterte en un barco horas después de que casi te ahogaras en otro y tú obedeces —murmuró—. Eres un buen perro, Vinther. Muy dócil.

—Y tú eres la jodida garrapata que tengo que transportar para volver a casa. Ahórrate el análisis.

Volkov esbozó una sonrisa sin alegría .

—No lo haces para volver a casa. Lo haces para demostrarle algo al hombre del teléfono.

El zumbido de la ventilación pareció intensificarse. Christian se acomodó contra la estantería, intentando encontrar una postura que no le clavara las costillas doloridas contra el metal.

—No sabes quién estaba al otro lado.

—Un superior británico. Inteligencia o algo lo bastante parecido como para no necesitar un nombre. Te da órdenes, tú protestas y, después, haces exactamente lo que te ha ordenado.

—Eso se llama jerarquía.

—Eso se llama buscar la aprobación de un padre.

—No vuelvas a hablar de mi padre.

—Entonces he acertado.

Christian se inclinó hacia delante a pesar del dolor.

—Hablemos de ti como padre. Del hijo al que observabas en Djurgården sin atreverte a acercarte.

La sonrisa desapareció del rostro del ruso. Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor de la llave inglesa.

—¿Me seguiste hasta el parque?

—Soy mejor perro de lo que parezco.

—¿Qué viste?

Christian se encogió de hombros.

—A un niño de unos ocho años. Chaqueta roja. Un gorro de lana calado hasta las cejas. Una mujer que se lo llevó en cuanto te vio.

Volkov desvió la mirada hacia la puerta.

Christian había encontrado la grieta.

—¿Cómo se llama?

—Eso no te importa .

—Importa si es la razón por la que intentas llegar a Suecia.

—Quiero protección.

—Quieres mucho más que eso. Si solo buscaras asilo, te habrías entregado a las autoridades al bajar del helicóptero. En lugar de hacerlo, escapaste de un hospital cercado y te escondiste en un carguero. No huyes hacia Suecia. Huyes hacia alguien.

Volkov permaneció inmóvil.

—El Registro —continuó Christian—. ¿Lo llevas encima?

—Si lo llevara encima, los hombres de Moscú ya lo habrían encontrado.

—¿Dónde está?

—En un lugar seguro.

—No existe ningún lugar seguro para algo así.

—Entonces comprenderás por qué no pienso decírtelo.

Christian apoyó la nuca contra la estantería.

—Están soltando amarras —dijo Volkov, alzando la cabeza.

El ruido aumentó durante unos segundos y luego se estabilizó en un bramido constante. El carguero empezaba a avanzar hacia el mar.

Volkov levantó la llave inglesa y golpeó suavemente la rejilla de ventilación.

Clang.

—¿Qué haces? —preguntó Christian, incorporándose.

—Comprobar si está bien sujeta. Vibra demasiado.

—Déjala .

El ruso volvió a apoyar la herramienta sobre las rodillas.

—Te aterra volver a estar encerrado en un barco.

—Acabo de salir de uno que se hundió.

—Y, aun así, entraste en este.

—Para mantenerte con vida.

—Para conseguir el Registro.

—No son cosas incompatibles.

—Sí lo son. Lo descubriste en la cubierta. —Bajó los ojos hacia el bulto oculto contra su costado—. La elegiste a ella después de elegirme a mí.

Christian notó cómo la culpa le endurecía la mandíbula.

—No sabes lo que ocurrió.

—Me sujetabas con una mano. Ella gritaba tu nombre. Podías soltarme.

—Habrías muerto.

—Pero no lo hiciste.

—No acostumbro a dejar caer a la gente al mar.

—No. Solo eliges en qué orden intentas salvar a los demás.

Christian se puso en pie de golpe. El dolor le atravesó el costado y tuvo que agarrarse a la estantería. Varios rollos de cable se estremecieron sobre su cabeza.

—Vuelve a mencionar a Diana y te entrego al primer marinero que cruce esa puerta.

—Diana —repitió el ruso.

Christian dio un paso hacia él.

Volkov levantó la llave inglesa para mostrar que podía defenderse .

Christian volvió a sentarse, más por el dolor que por voluntad propia.

—¿Eso es lo que te dices sobre tu hijo? —preguntó—. ¿Que todo lo que has hecho ha sido para protegerlo?

—Es la verdad.

—Has vendido armamento a países donde otros hijos morirán por culpa de esas armas.

—Los gobiernos para los que trabajas llevan décadas haciendo exactamente lo mismo.

—No soy un gobierno.

—Eso es lo que te permite dormir.

Christian dejó escapar una risa amarga.

—No estoy durmiendo demasiado últimamente.

—Un padre no elige al mundo entero. Elige a su hijo.

—Eso no te convierte en un buen padre.

—No. Mantenerlo vivo sí. Tú todavía crees que la moral consiste en no ensuciarse las manos. Es una idea propia de los hijos. Los padres sabemos que, cuando llega el momento, la única pregunta es quién paga el precio.

—Tu hijo pagará por tus actos cuando descubra quién eres.

Algo se quebró en el rostro de Volkov. Desapareció antes de que Christian pudiera determinar si había sido rabia, miedo o vergüenza.

—Mi hijo ya sabe quién soy —respondió—. Sabe que soy el hombre al que su madre no permite acercarse.

—Entonces quizá ella intenta protegerlo de ti .

—Como tu jefe intenta protegerte mandándote a morir.

Christian lo miró con desprecio.

Volkov le sostuvo la mirada.

Los dos sabían que aquel intercambio había terminado en tablas. Christian había confirmado que el hijo era el verdadero destino de Volkov. El ruso había descubierto que Diana era el punto vulnerable del británico y que su obediencia a McCabe no era puramente profesional.