La verdad hundida (Christian Vinther 3) Capítulo 38
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Capítulo 38

Christian abrió de un tirón la taquilla metálica del fondo. Sacó dos monos de trabajo azules y le lanzó uno a Volkov.

—Póntelo —ordenó.

El ruso no protestó. Se quitó la bata del hospital con una mueca de dolor y, al introducir el brazo en la manga, soltó un gemido. Mientras Volkov forcejeaba con la cremallera, Christian se vistió de espaldas. Se subió el mono azul hasta el pecho.

Encontró un chaleco reflectante amarillento y un gorro de lana, y se los lanzó a Volkov.

—Tápate la venda de la frente —dijo. Abrió el cajón de la mesa y sacó una llave inglesa mediana—. Y coge esto. Ahora eres un operario.

El ruso atrapó la llave en el aire.

A continuación, Christian entreabrió la puerta y examinó el exterior. El puerto industrial era un laberinto de grúas, farolas y contenedores. La furgoneta negra ya no estaba a la vista, pero sabía que el perímetro seguía vigilado.

—Cuando salgamos, no te separes de mí —dijo—. Camina con la cabeza baja. Ni muy rápido ni muy lento.

Salieron.

El viento del Báltico les golpeó el rostro con un filo helado. Las luces de seguridad caían sobre el asfalto mojado con una claridad amarilla y enfermiza. Christian caminó con paso firme. Volkov avanzaba medio paso por detrás, aferrado a la llave inglesa y rígido por la tensión.

Rodearon la esquina del almacén y pasaron junto a una hilera de remolques madereros vacíos.

A la derecha, detrás de una verja de malla, el vigilante seguía en su caseta, con la vista hundida en un periódico.

A la izquierda, la barrera de acceso permanecía bajada mientras un camión esperaba a que lo dejaran pasar.

Christian no aminoró el paso.

Unos metros más adelante, el acceso al muelle se abría hacia una zona de carga estrecha y mal iluminada. Varias rampas de servicio conducían hasta el costado de un carguero atracado en el muelle. Desde allí, el casco se alzaba como una masa negra y ciega.

Volkov levantó la vista durante un instante y siguió caminando.

Pasaron por detrás de dos remolques vacíos y dejaron atrás a un grupo de operarios que fumaba al abrigo de la pared de un almacén.

Uno de ellos soltó una carcajada. Otro, de espaldas, hablaba por una radio portátil.

Christian bajó la cabeza y mantuvo el paso, adoptando la prisa fatigada de un trabajador al final de su turno, con Volkov pegado a él.

Cuando se encontraban a pocos metros de la puerta de servicio que daba a la zona de carga, un hombre con mono azul salió de golpe al exterior empujando una carretilla.

Se detuvo.

Christian no llegó a frenar; se limitó a levantar la barbilla en un saludo mudo, con la dosis exacta de fastidio de un compañero de otro turno que tenía prisa.

El operario parpadeó, examinó los monos azules y el chaleco, dudó durante un segundo y, finalmente, tiró de la carretilla hacia atrás para dejarles pasar.

Enfilaron la pasarela de acero y entraron por la compuerta lateral del carguero. El frío desapareció, sustituido por una bofetada de calor mecánico y olor a gasóleo pesado.

—Por aquí —dijo Christian, guiándose por el instinto de alejarse de los accesos principales.

Bajaron por una estrecha escalera de rejilla hacia un corredor técnico cuyas paredes rezumaban humedad. Un motor rugía en algún punto cercano del casco. Christian sintió cómo se le oprimía el pecho al volver a encontrarse dentro de una estructura cerrada.

Volkov lo seguía, atento a cada puerta, cada sombra y cada recodo del pasillo, como si buscara una vía de escape antes incluso de encontrar un escondite.

Se detuvieron ante una puerta sin señalizar en el nivel −2. Christian giró la rueda y entró.

Era un compartimento de servicio. Había estanterías metálicas, cajas de herramientas, rollos de cable y bidones sujetos con correas.

El espacio era más amplio de lo que esperaba, pero no dejaba de ser un agujero dentro de una máquina mucho mayor.

Contaba con una rejilla de ventilación, una bombilla desnuda y una pequeña mesa plegable atornillada a la pared.

Volkov entró detrás de él y se quedó quieto, escuchando.

Christian cerró la puerta con cuidado. Aun así, el clic del mecanismo le pareció demasiado fuerte.

Permanecieron inmóviles.

Pasaron unos segundos.

Nada.

Solo el ronroneo lejano de la maquinaria.