Capítulo 37
Arriba resonó el golpe seco de la puerta al ceder bajo una patada de los rusos.
El hueco de servicio era más estrecho de lo que había parecido desde la habitación. Christian tanteó los peldaños en la oscuridad y empezó a descender.
—Despacio —murmuró sin volver la cabeza.
Volkov cerró el panel tras ellos y bajó un peldaño con torpeza. Se había calzado las botas a medias, sin atarse los cordones, y respiraba por la boca para no hacer ruido. La sangre de la herida de la frente le había empapado el cuello del pijama.
Christian se detuvo y, a través de una rejilla, vio a dos celadores que empujaban un carro de ropa sucia hacia el fondo del pasillo. Uno mascaba chicle; el otro mantenía la vista clavada en el suelo.
—No podemos volver arriba —murmuró Volkov.
—Ya lo sé.
Christian continuó bajando.
El hueco desembocaba en una planta técnica donde el aire era más cálido y cargado. La luz era pobre y amarillenta, y confería a todo un aspecto enfermizo.
Se refugiaron en la sombra de unas jaulas metálicas llenas de bolsas selladas con bridas rojas. Christian se secó el sudor frío de la frente con el dorso de la mano.
—Saldremos por el muelle de suministros —dijo en voz baja.
Volkov negó con la cabeza.
—Estará vigilado.
—Todo está vigilado. La diferencia es quién nos encuentra primero.
Christian oyó pasos en la planta superior.
—Ahora —ordenó, señalando la puerta del fondo.
Corrieron agachados entre las jaulas de lavandería y las tuberías. Al acercarse a la salida industrial, les llegó el olor frío de la lluvia sucia y el asfalto mojado.
Christian empujó la hoja metálica con el hombro, protegiéndose el costado. La puerta cedió con un breve gemido.
Fuera los recibió la luz mortecina del atardecer finlandés y un frío húmedo que les quemó los pulmones. Todavía no había oscurecido por completo, pero las farolas ya estaban encendidas sobre el aparcamiento de carga.
Christian se estremeció. La adrenalina que lo había sacado de la camilla empezaba a disiparse y su cuerpo herido le exigía a gritos ropa de abrigo.
El aparcamiento estaba medio vacío. Había una furgoneta del servicio técnico y marcas de neumáticos sobre el asfalto encharcado.
—Muévete —dijo Christian .
Cruzaron el aparcamiento pegados a la pared, evitando las zonas iluminadas.
Llegaron a la verja lateral que daba a una calle secundaria.
Christian se detuvo en seco. Una cadena nueva unía las dos hojas de la verja, asegurada por un candado macizo que parecía recién colocado.
Aquello no parecía una medida de seguridad del hospital: alguien había bloqueado la salida de servicio.
Entonces oyó un motor.
Una furgoneta negra entró por la calle de servicio y se detuvo al otro lado del aparcamiento.
Christian tiró de Volkov y lo empujó hacia la sombra de una caseta de transformadores. Desde allí observaron el vehículo a través de la oscuridad. Dos siluetas permanecían inmóviles en los asientos delanteros.
—Nos están esperando —dijo Volkov.
Christian no respondió. Esperó alguna reacción, pero la furgoneta permaneció quieta, como si sus ocupantes solo aguardaran a que ellos movieran ficha.
Entonces el conductor encendió un cigarrillo. La brasa brilló en el interior de la cabina.
Christian tiró de Volkov.
—Atrás.
Atravesaron de nuevo el patio a la carrera, protegidos por una fila de contenedores industriales. A cada paso, el agua se les metía en el calzado y les helaba los tobillos.
Llegaron a un edificio auxiliar de una sola planta adosado al complejo principal, con una puerta lateral sin pintar.
Christian reventó de un rodillazo la vieja cerradura.
La punzada de dolor en las costillas casi lo hizo peder el equilibrio, pero consiguió entrar tras Volkov y cerrar la puerta con el pie.
Era una oficina de supervisión vacía: dos archivadores, una mesa estrecha y un teléfono, con un largo cable, anclado a la pared.
Volkov se dejó caer en una silla plegable, exhausto.
Christian se quitó la bata blanca empapada en sudor, se pasó la correa del bolso de Diana por encima del hombro y se puso una chaqueta acolchada azul que colgaba detrás de la puerta.
Después caminó hacia la mesa y descolgó el teléfono.
No necesitó consultar ninguna agenda. Marcó un número seguro de Londres.
Al tercer tono, alguien descolgó.
—Hola, jefe.
Tras un breve silencio, la voz de McCabe sonó distinta en aquella oficina vacía.
—Pensé que estaba muerto —dijo con alivio.
—Siento decepcionarlo. Estuve a punto.
—¿Dónde demonios está?
—Agradezco la cálida bienvenida. He sacado a su premio de consolación de la cama del hospital.
—¿Qué premio? ¿De qué está hablando?
—De Volkov. Está conmigo.
—No.
—Sí.
—Eso no formaba parte del plan.
—¿El plan? —Apoyó la frente contra la pared durante un segundo—. El plan se hundió, jefe.
—Mi última orden fue que saliera de ese ferri y desapareciera. Nadie le pidió que jugara a ser el héroe.
La frase se le clavó bajo las costillas con más fuerza que cualquier golpe. McCabe le había ordenado abandonar el Estonia antes del desastre. ¿Qué sabía?
—No es momento para discursos. El hospital está cercado. Hay equipos de limpieza buscándonos. Tenemos que escapar. Ese es el nuevo plan: si mantengo vivo al ruso, nos entregará el Registro Báltico. Si lo dejo aquí, Moscú lo despedazará en cinco minutos.
Al otro lado se oyó una breve exhalación.
—¿Cómo sabemos que no nos miente?
Christian le tendió el auricular a Volkov.
—Sea quien sea —dijo el ruso a McCabe—, quiero un lugar seguro y protección. Sin protección, no hay Registro Báltico.
—¿Cómo sé que no miente?
—No lo sabe.
Christian recuperó el auricular.
—¿Jefe?
Transcurrieron unos segundos interminables.
—¿El ruso sigue escuchándome? —preguntó finalmente su jefe.
Christian dio un paso atrás sin apartar la mirada de Volkov.
—No.
—Siga mis instrucciones al pie de la letra. No pueden desplazarse por las rutas habituales: ni aeropuerto, ni terminal de pasajeros, ni hotel.
—Eso ya lo había deducido.
—Pues no espere una medalla.
—Entonces, ¿qué hago? Porque no puedo teletransportarnos .
Volkov lo observaba con impaciencia. McCabe volvió a hablar.
—Finlandia queda fuera de nuestro radio operativo y, aunque enviara a mi gente, no llegaría a tiempo. Muévanse hacia el puerto industrial. En el muelle de carga hay un mercante que zarpa esta noche rumbo a Suecia.
—¿Cómo sabe eso?
—Porque todavía tengo ojos. El buque llegará mañana por la mañana a Frihamnen, en Estocolmo. Y no se le ocurra quedarse dormido junto a su mercancía.
Christian miró la ventana cubierta por las persianas. No veía nada en el exterior, pero podía imaginar la furgoneta, la nieve y a los dos hombres inmóviles dentro de ella.
—Cuando llegue a Suecia, ¿qué hago?
—Vuelva a llamar.
La línea se cortó.
Volkov levantó la cabeza desde la silla plegable y lo escrutó en la penumbra.
—¿Qué?
—Muelle de carga. Vamos a Suecia.
Volkov no sonrió. Ni siquiera pareció sorprendido.
—¿Ese es el plan de tu jefe? ¿Otra vez al agua?
A él tampoco le gustaba el plan de McCabe.