Capítulo 36
Christian salió del baño con la cabeza baja. Le dolían las costillas, pero aquel era ahora el menor de sus problemas.
El pasillo de aquel centro estaba en ebullición. Había periodistas retenidos tras los cordones policiales, enfermeras que corrían con bolsas de suero y pasajeros envueltos en mantas isotérmicas que deambulaban con la mirada vacía de quienes habían contemplado el abismo.
Se mezcló con el ir y venir del personal. Antes de que nadie reparara en él, empujó una puerta sin cristal y se coló en el interior.
Era un cuarto de suministros. Cogió un pantalón de pijama quirúrgico verde y una bata blanca de un carro de lavandería. Se cambió de ropa, se colocó el bolso de Diana bajo la axila y lo ocultó con la tela gruesa de la bata. Después agarró un portapapeles vacío.
Salió al pasillo, esquivó a dos celadores y cruzó las puertas batientes que conducían a la planta de observación. Nadie lo miró dos veces.
Volkov no era un superviviente cualquiera.
Si alguien había alertado a las autoridades sobre su presencia a bordo, los finlandeses lo habrían identificado durante el triaje y separado del resto.
Solo tuvo que fijarse en las anomalías: un pasillo de linóleo más despejado de lo normal y un agente de la policía finlandesa vestido de paisano, apostado junto a la máquina de café y vigilando un par de puertas.
Esperó a que un equipo médico pasara empujando una camilla y utilizó sus cuerpos como pantalla. Cruzó por detrás del policía y empujó una de las puertas.
Volkov estaba sentado en el borde de la cama.
Llevaba un pijama azul de hospital y sostenía un vaso de plástico con ambas manos.
Tenía una herida profunda suturada en la frente, la piel mortecina y la mirada exhausta.
Al ver que Christian cerraba la puerta y echaba el pestillo, ni siquiera parpadeó.
—Sobreviviste —dijo en inglés, con su áspero acento ruso—. Una lástima.
—¿Dónde está el Registro Báltico?
Volkov se llevó el vaso a los labios y bebió despacio.
—¿Para qué? ¿Para quitarme de en medio después? Estaré más seguro en esta cama, rodeado de testigos.
Christian cruzó la habitación en tres zancadas, le arrancó el vaso de las manos y lo agarró por la pechera del pijama.
—Si hubiera querido quitarte de en medio, te habría ahogado en la cubierta de vehículos.
He pagado por salvarte un precio que ni siquiera puedes imaginar — siseó—.
Tu trato con los suecos está en el fondo del mar.
Te han aislado del resto de los supervivientes.
¿Te has preguntado por qué? No soy yo quien quiere eliminarte, así que dime: ¿dónde está el Registro Báltico?
Volkov no se inmutó, pero desvió los ojos hacia la mirilla de cristal translúcido de la puerta.
—Alguien dio el chivatazo, Volkov. Vienen a...
—Cállate —lo interrumpió el ruso.
El sonido habitual del pasillo —el murmullo de las voces, los pasos y el zumbido aséptico del hospital— había cambiado. Oyó a alguien hablar en ruso.
Volkov se soltó del agarre de Christian y se acercó al cristal. Palideció.
—Moscú —susurró.
El policía finlandés apostado junto a la puerta estaba revisando las credenciales de dos hombres vestidos con chaquetas de paramédico de la Cruz Roja. No empujaban ninguna camilla. Sonreían con educación, pero mantenían las manos hundidas en los bolsillos laterales.
—¿El Registro Báltico se hundió con el camión o lo tienes tú?
Volkov se volvió hacia él.
—Mientras no sepas la respuesta, me necesitas vivo. Y, si me necesitas vivo, eres mi escudo. No mi dueño.
Fuera, el policía finlandés asintió y se hizo a un lado. Los hombres avanzaron hacia la puerta.
Christian miró a su alrededor. No había conductos ni otra salida visible. Era un edificio brutalista de los años sesenta. Agarró la manilla de la segunda puerta de la habitación.
—Al baño. Ya .
Entraron a trompicones. No era un baño convencional, sino un aseo compartido que comunicaba aquella habitación con la contigua. Christian giró el pestillo justo cuando oyó a sus espaldas el clic metálico de la puerta principal al abrirse.
Atravesó el aseo, abrió la puerta que daba a la habitación contigua y tiró de Volkov hacia un corredor de servicio utilizado para transportar la ropa sucia y los residuos médicos.
Empujó al ruso a través de unas puertas batientes, hacia la zona del montacargas, y se pegó a él en la penumbra. Lo sujetó por la nuca mientras los pasos acelerados resonaban en la habitación que acababan de abandonar.
—Escúchame bien —le susurró al oído, a dos centímetros de la cicatriz de la frente—. Si intentas separarte de mí cuando salgamos a la calle, te romperé las piernas y te entregaré yo mismo. ¿Entendido?
Volkov no contestó. En la oscuridad, rodeado por el zumbido del extractor del hospital, Christian sintió la respiración acompasada del ruso.
Acababan de quedar encadenados el uno al otro.