Capítulo 35
El olor a yodo le llegó antes que la consciencia.
Christian abrió los ojos, pero una luz cruda lo obligó a cerrarlos de golpe. Tenía la garganta seca, la lengua pastosa y, cuando intentó moverse, cada músculo del cuerpo protestó con un latigazo sordo.
El mar Báltico había desaparecido. En su lugar estaban el calor asfixiante de dos mantas térmicas y el goteo rítmico de una vía intravenosa clavada en su mano izquierda.
Tardó unos segundos en enfocar la vista y comprender dónde se encontraba.
Estaba tumbado en una camilla baja, en el centro de lo que parecía un gran pabellón hospitalario.
A su alrededor se alineaban decenas de camas y cuerpos envueltos en mantas térmicas de aluminio.
Algunos temblaban en silencio; otros mantenían la mirada clavada en el alto techo del pabellón, vacía de toda expresión.
Llevaba una bata de hospital demasiado fina y unos calcetines gruesos de lana gris. Tenía la piel tirante por la sal reseca y el intenso olor a desinfectante le llenaba las fosas nasales.
En una silla plegable, junto a la camilla, alguien había dejado una bandeja de plástico con sus pertenencias.
Sobre ella descansaba el bolso de cuero de Diana, rígido por la sal y deformado por el agua.
Al verlo, un recuerdo fragmentado le golpeó la sien: el rotor de un helicóptero Super Puma y un rescatista finlandés abriéndole por la fuerza los dedos congelados para obligarlo a soltar la correa del bolso, a la que se había aferrado en el agua como un animal ciego.
Al otro lado de la sala, en el puesto acristalado de enfermería, un pequeño televisor mostraba a una presentadora dando las noticias.
Reconoció la musicalidad del idioma: finés.
Debía de estar en algún punto de la costa de Finlandia.
No necesitaba entender las palabras para comprender las imágenes: helicópteros suspendidos sobre un mar gris y furioso, chalecos salvavidas vacíos flotando entre la espuma, una balsa volcada y un gráfico que mostraba la inmensa silueta del ferri mientras escoraba hasta volcar.
En la parte inferior de la pantalla parpadeaban dos cifras junto a palabras en finés: 138 y más de 800. Las imágenes bastaban para comprender lo que significaban.
Christian se quedó inmóvil.
—Diana... —susurró .
El murmullo del pabellón desapareció de su mente.
Las imágenes de la pesadilla real lo arrollaron: el ángulo imposible de la cubierta exterior, la lluvia horizontal, su brazo extendiéndose hacia ella en la oscuridad, la muñeca de Diana deslizándose entre sus dedos...
y la ola negra que la golpeó y se la tragó.
El ferri había desaparecido tragado por las aguas negras del Báltico.
Y Diana con él.
Al incorporarse, una punzada aguda le atravesó el hombro y otra le mordió las costillas. El pabellón giró a su alrededor durante unos segundos. Alargó el brazo hacia la bandeja, cogió el bolso y lo apretó contra el pecho.
La correa le mordió el antebrazo.
Christian volvió a sentir la pechera de Volkov cerrada en su mano derecha y la muñeca de Diana escapándose de la izquierda.
Había elegido un orden.
El mar había convertido aquella elección en una sentencia.
Diana estaba muerta. La había arrancado de su vida segura y predecible en Barcelona y la había engañado para conseguir un puto ascenso.
Y aquel bolso, endurecido por la sal como un pedazo de cartón, era lo único que quedaba de ella. Permaneció encorvado al borde de la camilla durante treinta segundos interminables, balanceándose mientras se tragaba el llanto.
No, no, no...
Apretó la mandíbula y reprimió el dolor con violencia. Lo encerró en la caja más oscura de su mente para no derrumbarse allí mismo, delante de decenas de supervivientes heridos y traumatizados.
Cuando volvió a levantar la cabeza, sus ojos eran hielo puro.
Volkov.
Los habían sacado juntos del agua en la misma cesta de rescate. Si el ruso había sobrevivido a la hipotermia, debía de estar en algún lugar de aquel recinto.
Christian apartó las mantas térmicas de un manotazo y apoyó los pies en el suelo.
Las rodillas le temblaron, amenazando con ceder, pero la urgencia de la misión sustituyó al calor que aún no había recuperado.
Se obligó a mantenerse en pie. Avanzó por el pasillo central, examinando una cama tras otra.
Rostros magullados, labios morados, miradas perdidas.
Ni rastro del ruso. Los habían separado.
Una mano firme lo agarró del codo por detrás y lo frenó en seco.
Christian se giró con los músculos tensos, listo para golpear. Era una enfermera rubia, con profundas ojeras. Le espetó una orden en finés y tiró de él hacia la cama, tratándolo como a un paciente que deliraba a causa de la hipotermia.
Tenía que quitársela de encima sin llamar la atención del personal de seguridad.
— Toilet? —balbuceó, señalando el pasillo—. Bathroom... please.
La enfermera aflojó el agarre y le señaló una puerta de doble hoja situada al fondo. Él asintió con docilidad y avanzó arrastrando los pies hacia el baño, empujando con una mano el soporte del suero.
Una vez dentro, cerró el pestillo. Miró la vía intravenosa de su mano izquierda, agarró el esparadrapo ensangrentado y se arrancó la aguja de un tirón.
Tenía que encontrar a Volkov. Tenía que averiguar si el Registro Báltico seguía con él.
Era lo único que le quedaba para justificar aquella pesadilla.