Capítulo 34
El viento les arrancó el aire de los pulmones.
La cubierta exterior del MS Estonia era una rampa húmeda de teca que se perdía en la oscuridad. El ferri, escorado, convertía cada paso en una lucha contra la gravedad. Las olas embestían el casco y el frío les cortaba la piel a través de la ropa empapada.
Los botes salvavidas blancos colgaban inútiles de sus pescantes.
Algunos chocaban una y otra vez contra la superestructura como péndulos de acero.
Otros flotaban sobre el agua, demasiado lejos y demasiado abajo para alcanzarlos.
No había una evacuación ordenada. Solo decenas de sombras que resbalaban por la pendiente, gritaban y se aferraban a las barandillas como insectos a punto de ser barridos de una pared.
Christian se pegó a la base de una escalera exterior.
—¡Aléjate de los botes! Si bajamos ahí, nos partirán contra el casco.
Diana asintió. Tenía el pelo pegado a la cara y los ojos entrecerrados contra la lluvia. Volkov se aferraba a la barandilla con ambas manos.
Christian recorrió la cubierta con la mirada.
Necesitaban tres cosas: un punto firme al que agarrarse, una vía de descenso que no los estrellara contra el casco y, con suerte, una zona donde las olas los acercaran a alguna balsa, bote o resto del buque capaz de mantenerlos a flote. No había tiempo para planear más.
—Nos movemos hacia proa —ordenó.
Se ancló al pasamanos con la mano derecha y tiró de Volkov con la izquierda.
Un hombre con el chaleco salvavidas mal abrochado les cortó el paso, aferrado a la misma barandilla. Gritaba en estonio. Cuando vio a Christian y a Diana, intentó agarrarse a ellos, presa de un pánico ciego. Christian le apartó la mano de un tirón seco y siguió avanzando.
Más adelante, una mujer en camisón resbaló desde arriba y fue a chocar contra las piernas de Diana.
El impacto casi le arrancó los dedos del metal.
Diana soltó un quejido, se inclinó lo suficiente para agarrar a la mujer por el hombro y empujarla hacia otro tramo firme antes de volver a aferrarse a la barandilla.
—¡No sueltes la barandilla! —rugió Christian.
No sabía si ella lo oía.
Avanzaron palmo a palmo, agarrándose a barandillas, respiraderos y pilares de ventilación.
Cada pocos segundos, alguien se cruzaba en su camino: una mano que se aferraba a la chaqueta de Christian, un cuerpo que se estrellaba contra su costado y lo desviaba hacia el vacío.
Cada contacto exigía una decisión: soltarse, apartar a alguien o empujarlo con el hombro para no caer todos juntos.
Diana tropezó con una junta de la cubierta. Perdió pie y se deslizó medio metro por la pendiente antes de que la barandilla la frenara en seco. Quedó colgando en diagonal. Christian la agarró por la parte posterior del abrigo, a la altura de la nuca, y tiró de ella hacia arriba.
—Te tengo —jadeó.
El barco eligió ese momento para recordarle lo contrario.
El bandazo llegó sin previo aviso. Un crujido monstruoso recorrió toda la estructura, seguido de una inclinación más violenta y repentina. La cubierta superó los cincuenta grados.
La pendiente se convirtió en un precipicio.
Volkov perdió el asidero. Las manos le resbalaron de la barandilla y su cuerpo cayó hacia el borde abierto de la cubierta. Lanzó un alarido.
Christian se arrojó al suelo y logró atraparlo por la pechera del abrigo cuando ya tenía medio cuerpo suspendido sobre el vacío.
El peso del ruso casi le arrancó el hombro.
—¡Christian!
La voz de Diana llegó desde diez metros más abajo.
La barandilla de aquel tramo había cedido bajo el impacto de una ola. Diana estaba atrapada entre el tubo retorcido y un compresor de aire, con el bolso cruzado sobre el pecho y el agua subiéndole hasta la cintura.
Christian miró a Volkov.
Después miró a Diana.
La distancia entre ambos no superaba los diez metros. En una cubierta normal habría podido recorrerla en segundos. Pero el MS Estonia ya no era un barco. Era un precipicio de acero cubierto por toneladas de agua.
Volkov se deslizó unos centímetros más. Los dedos de Christian empezaron a abrirse alrededor de la tela mojada.
Podía soltarlo.
El ruso caería al mar.
Christian tendría las dos manos libres. Podría dejarse deslizar hacia Diana antes de que llegara la siguiente ola. Quizá alcanzaría su muñeca. Quizá conseguiría liberarla.
La opción existió.
Duró menos de dos segundos.
Entonces apareció la voz de McCabe dentro de su cabeza.
El Registro Báltico.
Volkov era el único camino hacia el archivo. Hacia la misión. Hacia el ascenso. Hacia la prueba definitiva de que Christian servía para algo más que transportar mensajes.
Diana podía aguantar unos segundos.
Volkov no.
Christian tomó la decisión.
Encajó el antebrazo del ruso bajo su axila y utilizó la mano libre para buscar una unión firme en la barandilla.
—¡Aguanta! —gritó hacia Diana—. ¡Ya voy!
Pero todavía no iba.
Primero tiró de Volkov .
Centímetro a centímetro, arrastró sus setenta kilos hasta una pequeña plataforma entre dos pasamanos. Los músculos de sus brazos temblaron, a punto de desgarrarse. Encajó el cuerpo del ruso contra el metal y le cerró los dedos alrededor de la barandilla.
—No te muevas.
Solo entonces se volvió hacia Diana.
Ella seguía allí.
Durante una fracción de segundo, sus miradas se encontraron a través de la lluvia.
Christian soltó la barandilla y empezó a deslizarse hacia ella.
La ola llegó antes.
Un muro de agua gris reventó contra el flanco del ferri y barrió la cubierta con el peso del cemento. Diana recibió el impacto de lleno. El torrente la arrancó de los hierros retorcidos y la arrastró cuesta abajo.
—¡Diana!
Christian se lanzó tras ella.
Consiguió agarrarla por la muñeca. Sus dedos se cerraron sobre la piel helada.
Durante un instante, la tuvo.
Diana colgaba sobre el oleaje, con los ojos abiertos de par en par. La correa del bolso se le deslizó del hombro y se enredó alrededor del antebrazo de Christian.
Otra masa de agua golpeó el casco.
La muñeca de Diana empezó a escapársele entre los dedos.
Christian apretó con toda la fuerza que le quedaba, pero sus manos mojadas no encontraban agarre. La piel se escurrió centímetro a centímetro.
Hasta que solo quedó la punta de sus dedos.
Después, nada.
El agua la engulló.
Christian no gritó. La conmoción le bloqueó la respiración. Quedó tendido sobre la cubierta inclinada, medio sumergido, con la mano inútilmente abierta hacia el vacío. De su brazo izquierdo, atrapado por la gruesa correa, colgaba el bolso de cuero empapado.
El MS Estonia no le concedió tiempo para asimilarlo. La cubierta giró con una sacudida atronadora. El ferri alcanzó los noventa grados de escora. El estruendo de los inmensos motores diésel al desprenderse de sus bancadas y estrellarse contra las entrañas del buque ahogó cualquier sonido humano.
Otra masa de agua barrió el flanco, ahora convertido en una superficie horizontal, y los escupió al abismo.
El Báltico, a unos diez grados, los recibió con un espasmo de puro dolor físico. El agua negra se los tragó. La mano derecha de Christian seguía aferrada por puro instinto al abrigo de Volkov. En la izquierda, la correa de cuero le cortaba la circulación.
Salieron a la superficie tosiendo sal y bilis. La oscuridad era absoluta, apenas perforada por los destellos intermitentes de los chalecos salvavidas esparcidos entre las crestas de las monstruosas olas. A escasos metros, una balsa salvavidas flotaba medio desinflada.
Christian pateó con furia y aprovechó el impulso de una ola para empujar el cuerpo de Volkov hacia la balsa. El ruso era un saco inerte, atenazado por el frío. Christian lo empujó por encima del borde de goma y, después, rodó tras él hasta caer en el interior con el último aliento que le quedaba.
A lo lejos, la mole azul y blanca del MS Estonia emitió un último gemido estructural y se hundió por la popa, tragada por el mar negro, dejando tras de sí un torbellino de aceite, objetos y ecos humanos.
El tiempo dejó de tener sentido. Pudo pasar una hora o el fin de los tiempos.
El batir rítmico y pesado de las palas de un helicóptero rompió la noche. Unos focos cegadores descendieron desde el cielo negro y atravesaron la neblina. A lo lejos, otros grandes ferris iluminados maniobraban lentamente en respuesta a la llamada de socorro.
Seguían vivos.
Pero Christian no miró hacia los focos del helicóptero ni agitó los brazos. Tenía la vista clavada en su propia mano izquierda, apoyada sobre el borde de goma. Sus nudillos estaban azules. Alrededor del antebrazo, firmemente enredada, seguía la correa del bolso de Diana.
Pesaba.
Pesaba más que el ruso que temblaba a su lado. Más que el Registro Báltico o cualquier promesa de McCabe.
Bajo el fragor del mar y de los helicópteros, Christian tiró de la correa hasta subir el bolso empapado a la balsa.
Lo abrazó contra el pecho helado, cerró los ojos y supo que, aunque había aprendido a salvar la misión a cualquier precio, tendría que vivir el resto de sus días sabiendo exactamente cuánto había costado.