Capítulo 33
La puerta cortafuegos se cerró a sus espaldas con un chasquido sordo, amortiguando el gorgoteo oscuro del mar, que ya devoraba la bodega de vehículos.
La escalera de servicio era un pozo vertical de acero.
La escora del MS Estonia hacia estribor los empujaba con una fuerza aplastante hacia el mamparo inferior.
Dos tramos más arriba, los peldaños habían dejado de ser horizontales.
Subir exigía aferrarse a las barandillas tubulares e izar el cuerpo a pulso, como si escalaran por el lateral de un andamio.
Era el preámbulo de la estampida .
Christian empujó a Volkov hacia arriba y se abrió paso entre la multitud. Diana seguía pegada a ellos. Un hombre con la camisa abierta lo agarró del brazo y le suplicó ayuda con los ojos desorbitados. Christian se zafó de un tirón y continuó avanzando. No había tiempo para la compasión.
Alcanzaron la cubierta 5. El corredor principal se bifurcaba.
A la izquierda, unos inmensos carteles luminosos verdes señalaban el salón principal y las cafeterías.
La masa avanzaba como un rebaño ciego en esa dirección, atraída por los espacios abiertos y por el falso refugio de la multitud.
A la derecha, un pasillo de servicio comenzaba tras una puerta metálica.
—Por ahí —dijo Diana, señalando hacia la izquierda—. Es la ruta hacia los botes.
Volkov negó con la cabeza, aferrado a la barandilla de acero.
—El salón, no. Tiene grandes cristaleras, mesas pesadas, barras y decenas de tragaperras ancladas al suelo. Con esta escora, los anclajes acabarán cediendo. Esa sala se convertirá en una trituradora de carne.
La lógica de la gravedad aplastó cualquier duda. Christian alcanzó la puerta de servicio. La deformación del casco había descuadrado el marco, por lo que tuvo que apoyar una bota en la pared y tirar de la manivela con todo su peso hasta que el pestillo chilló y cedió.
Entraron en el corredor técnico y la pesada puerta se cerró tras ellos, amortiguando temporalmente los gritos de la multitud.
Durante un único y frágil segundo se permitieron recuperar el aliento, apoyados contra la chapa fría. Christian miró a Diana. Tenía el abrigo destrozado, la cara manchada con la grasa de la bodega y el pecho agitado, pero seguía viva.
—Si salimos de esta, te invito a un café que no salga de una máquina —murmuró, intentando rescatar una chispa de normalidad de aquel infierno.
Diana clavó en él sus ojos oscuros. Se limpió con el dorso de la mano un hilo de sudor que le recorría la frente, sin perder la firmeza.
—Si salimos vivos de esta, me debes algo mucho más caro que un café, Vinther.
Fue la última concesión a la humanidad que el barco les permitió.
Un instante después, el pasillo gimió a su alrededor.
Las paredes crujían como hielo a punto de quebrarse y la pendiente hacia estribor era ya tan extrema que avanzar en línea recta resultaba imposible.
Se desplazaban apoyando los pies en el ángulo formado por la cubierta y el mamparo inferior.
Un pesado extintor rojo se desprendió de sus sujeciones sobre sus cabezas y se estrelló contra la chapa a escasos centímetros de Diana.
A diez metros de la salida, un hombre mayor de pelo blanco estaba encajado contra el mamparo inferior.
Sostenía a su mujer por los hombros. Ella tenía los ojos cerrados y respiraba de manera entrecortada, paralizada por el pánico.
La inclinación letal del pasillo los había convertido en prisioneros de su propia fragilidad.
Al verlos acercarse, el anciano levantó una mano vacilante. No gritó. Solo miró a Christian con un terror lúcido que lo comprendía todo .
Era la mirada de un hombre que pedía permiso para seguir viviendo.
Christian aminoró el paso durante una fracción de segundo. Levantar a aquella mujer requería al menos dos personas. Arrastrar a dos ancianos paralizados hasta una cubierta exterior azotada por un vendaval los mataría a todos. Si se detenía, el Báltico se cobraría cinco vidas en lugar de dos.
Apretó la mandíbula, clavó la vista en la chapa del fondo y dio una zancada larga, pasando por encima de las piernas del anciano.
Detrás de él, los pasos se detuvieron. Diana se había quedado inmóvil frente a la pareja. Su necesidad visceral de ayudar y proteger chocaba contra la realidad brutal del pasillo inclinado. El anciano levantó la vista hacia ella.
Christian retrocedió, la agarró del brazo por encima del codo y tiró de ella hacia arriba.
—No mires abajo. Camina.
Diana le clavó una mirada cargada de asco y furia.
Pero avanzó.
Ninguno pronunció una palabra más. El sonido del barco rompiéndose ahogó el lamento que dejaron a sus espaldas.
Llegaron al final del pasillo: la salida a la cubierta exterior de babor. La brutal escora del navío había alterado por completo la arquitectura. La puerta exterior ya no era una salida lateral; la inclinación la había convertido en una pesada escotilla de acero situada casi sobre sus cabezas.
Christian agarró la rueda de cierre y se colgó de ella .
—¡Empujad! —bramó.
Diana encajó el hombro bajo el dintel. Volkov empujó con la espalda.
Christian tiró hacia arriba mientras las suelas le resbalaban sobre el mamparo convertido en suelo.
Los músculos le ardieron. El metal chilló al rozar contra el marco descuadrado y la pesada hoja se alzó lo suficiente para abrir una rendija hacia el caos.
Salieron a la intemperie a gatas.
El vendaval los golpeó en el pecho con la fuerza de un bloque de hormigón.
La noche del Báltico era un abismo ruidoso, helado y salvaje.
Christian parpadeó bajo los latigazos de la lluvia salada y buscó los botes salvavidas con desesperación.
El aire, de apenas diez grados, le quemó la garganta, pero lo que vio le congeló el alma.
Entre dos cortinas de lluvia, creyó distinguir algo junto a la proa. Una forma blanca, baja y alargada, sin luces de navegación y demasiado cerca del casco. La espuma la cubrió antes de que pudiera determinar si era otro buque, una parte desprendida del ferri o una alucinación nacida del pánico.
Un segundo después, ya no estaba.
La inmensa cubierta exterior no era un balcón.
Se había convertido en un tobogán liso, inclinado unos cuarenta grados hacia un mar de espuma negra.
Decenas de sombras humanas se aferraban a las barandillas y a los respiraderos metálicos, y resbalaban hacia la nada cada vez que una ola gigantesca sepultaba el flanco hundido del ferri.
Algunos botes salvavidas permanecían atascados en los pescantes por culpa del ángulo imposible; otros se balanceaban sin control y aplastaban cuanto encontraban a su paso como péndulos asesinos.
Christian se aferró al marco de la puerta con los nudillos blancos mientras el viento intentaba arrancarlos de la cubierta y arrojarlos al vacío. Miró la inmensidad del agua helada y tragó saliva con sabor a sal.
Habían manchado sus conciencias y dejado atrás a dos ancianos en un pasillo para alcanzar la superficie. Pero el Báltico no tenía piedad ni ofrecía rutas de escape.
Solo les había cobrado el peaje para permitirles elegir el lugar exacto en el que iban a morir.