Capítulo 32
Una sombra cruzó el campo de visión de Christian. La pesada llave de cruceta describió un arco torpe en el aire y cayó con un crujido húmedo y brutal sobre la nuca del ruso.
Las pupilas del gigante se dilataron y su mirada quedó fija en el vacío. La presión sobre la tráquea de Christian desapareció de golpe y el hombre se desplomó en un charco de aceite.
Christian rodó hacia un lado, tosiendo y aspirando aire a grandes bocanadas. Se apoyó en los codos y parpadeó para recuperar la visión. Al alzar la vista, la vio.
Diana Valenti estaba de pie al otro lado del cuerpo. Soltó la llave de cruceta. El eco del hierro contra la cubierta pareció detener el tiempo. Tenía el abrigo manchado de grasa y el pecho le subía y bajaba como si acabara de correr hasta allí desde el fin del mundo.
Se puso en pie a trompicones, la agarró con fuerza por los hombros y la arrastró hacia el espacio oscuro que quedaba entre dos coches.
—¿Qué coño haces tú aquí? —escupió con la garganta destrozada.
—Evitar que te maten —dijo ella, con las mejillas salpicadas de polvo blanco—. De nada.
No hubo tiempo para discutir. Un disparo seco impactó contra la chapa de un remolque a su espalda y arrancó chispas a un palmo de sus cabezas. Christian la empujó hacia abajo.
—Quedan dos. Al menos uno sigue armado —murmuró—. Volkov continúa ahí.
Bajo el camión soviético, el ruso permanecía encogido y aferrado al chasis. Los otros dos hombres se habían separado: uno buscaba un ángulo de tiro entre los ejes de los vehículos y el otro se alejaba entre la niebla blanca.
Christian señaló con un gesto corto.
—Tú, a la derecha. Yo sacaré a Volkov en cuanto distraigas al tirador.
—No te debo nada.
—Y yo no te lo estoy pidiendo.
Diana apretó la mandíbula, se deslizó por el suelo aceitoso hacia el flanco derecho y desapareció tras las ruedas gemelas. Arrastraba la llave de cruceta con una mano.
Christian se pegó al parachoques trasero de una furgoneta.
El pulso le golpeaba las sienes. Escuchó unas suelas que se deslizaban a su izquierda.
El hombre armado intentaba flanquearlos.
A través de la niebla, alzó el arma en dirección a Diana.
Ella salió de su escondite antes de que Christian pudiera gritar.
Diana blandió la llave de cruceta hacia la cabeza del ruso, pero resbaló en el aceite.
El hierro macizo cayó sobre la clavícula del hombre y produjo un chasquido sordo.
Este soltó un gruñido y cayó de rodillas, pero no soltó el arma.
Disparó a ciegas. La bala reventó la luna de un coche a espaldas de Diana y la bañó en cristales.
Christian aprovechó aquel instante de distracción y salió de su escondite con una embestida baja. Clavó el hombro en las costillas del ruso y ambos cayeron entre las cadenas de trincaje. La pistola salió despedida.
El hombre intentó rodar hacia su arma, pero Christian le descargó un puñetazo en el tabique nasal. El cartílago crujió. Diana apareció de la nada, plantó la bota sobre la muñeca con la que intentaba alcanzar el arma y le apoyó la cruceta en el cuello. Christian pateó la Makarov lejos de su alcance.
—Se acabó —jadeó.
El hombre se incorporó a medias, escupiendo sangre.
Miró a Christian. Después, calculó la distancia que lo separaba de la pistola y evaluó su propia clavícula destrozada.
El pragmatismo ruso se impuso. Dio media vuelta y desapareció cojeando hacia la lejana escalera de babor, hasta fundirse con las sombras.
Christian se giró hacia el remolque.
—Volkov. Sal de ahí.
El ruso emergió unos segundos después. El sudor frío le pegaba el cabello al cráneo. Christian lo agarró por el codo y tiró de él.
—Nos vamos a.. .
El barco entero emitió un quejido agónico.
No fue el rugido habitual de los motores, sino un golpe metálico, colosal y sordo, como si una fuerza descomunal hubiera desgarrado la proa. La cubierta vibró bajo sus pies.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Diana, mirando hacia el techo cubierto de tuberías.
Christian sintió una nueva oscilación, mucho más violenta. La cubierta se inclinó varios grados. Una llave inglesa empezó a rodar con un cascabeleo seco hasta chocar contra un neumático.
Y entonces lo vio. Una lámina de agua negra y helada serpenteaba entre las pesadas cadenas de trincaje y avanzaba de manera imparable desde la zona de proa.
—Agua —susurró Volkov.
El exingeniero militar se agachó y tocó con dos dedos la película oscura. La paranoia desapareció por completo de su expresión, sustituida por el terror de quien comprendía exactamente lo que estaba ocurriendo.
—Si el agua sigue acumulándose, perderemos la estabilidad.
El MS Estonia cabeceó otra vez. Un turismo se deslizó un par de centímetros hacia babor, arrancando un gemido estridente de los cables de acero que lo sujetaban.
Diana dio un paso atrás. El agua ennegrecida por el aceite y la suciedad ya les cubría los tobillos y estaba tan fría que parecía quemarles los huesos.
Christian la miró. El bolso seguía cruzado sobre el pecho, con la correa tensada contra el abrigo. Después miró a Volkov y, finalmente, a la lejana escalera metálica que conducía a la cubierta 4.
—¡Fuera! —ordenó, alzando la voz por encima del pánico—. ¡Salgamos de esta jodida tumba ya!
Las hileras de luces fluorescentes del techo parpadearon con un zumbido eléctrico y se apagaron de golpe. Y, en la oscuridad absoluta y helada del garaje, solo quedó el sonido implacable del océano tragándose el acero.