La verdad hundida (Christian Vinther 3) Capítulo 31
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Capítulo 31

El rugido profundo de los motores devoraba cualquier otro sonido mientras Christian descendía por el esqueleto funcional del MS Estonia .

Una vez al otro lado, la atmósfera cambió por completo.

La escalera técnica era un túnel de metal cubierto de pintura verde desconchada.

Al llegar a la cubierta de vehículos, la vibración del barco le subió por las suelas de los zapatos.

Catorce mil toneladas de acero embestían las olas del Báltico .

El garaje era una caverna inmensa llena de coches, furgonetas y remolques aparcados a escasos centímetros unos de otros y sujetos a la cubierta con pesadas cadenas de trincaje. Olía a gases de escape, grasa industrial y claustrofobia.

Avanzó agachado entre el flanco de un Volvo y un camión soviético cubierto con una lona. Los encontró en la sección de babor, cerca de la popa.

Vasili Volkov estaba arrinconado contra las puertas dobles de un remolque frigorífico. Tres hombres se habían desplegado ante él formando un semicírculo perfecto que bloqueaba cualquier vía de escape.

El líder del grupo dio un paso al frente y sacó del interior de la chaqueta una pistola Makarov provista de silenciador. Quienquiera que los hubiera enviado no pretendía que cruzaran el Báltico para negociar.

Christian calculó las distancias. A dos metros de donde se encontraba, sujeto a un pilar estructural, había un extintor industrial rojo.

No se lo pensó dos veces. Arrancó el precinto de un tirón, desencajó la manguera negra y salió al pasillo central.

Golpeó la base del extintor contra el chasis de la furgoneta.

El estruendo metálico se impuso durante un instante al rugido de los motores.

—¡Eh! —gritó a pleno pulmón.

El líder giró el torso. Antes de que terminara de orientar el arma hacia el sonido, Christian apretó a fondo la palanca del extintor.

El cilindro bramó. Un chorro de polvo blanco salió disparado a gran presión y golpeó de lleno la cara y el pecho del hombre .

La Makarov escupió un disparo ciego que impactó contra el techo del garaje con una detonación amortiguada.

En un segundo, todo el pasillo quedó sepultado bajo una nube espesa y asfixiante.

A través de la niebla, Christian vio cómo Volkov pasaba de víctima a fantasma: se arrojó al suelo aceitoso y rodó bajo el eje de un tráiler hasta desaparecer.

Dos de los hombres tosían de manera espasmódica, con la garganta abrasada. Christian no soltó el extintor. Lo utilizó como un ariete y embistió contra la silueta del líder. El cilindro de acero chocó brutalmente contra las costillas del hombre, que cayó de espaldas sobre el capó de un furgón.

Pero la niebla los cegaba a todos.

Mientras Christian parpadeaba para combatir el escozor de los ojos, sintió una embestida desde su punto ciego.

Una masa muscular de más de cien kilos se estrelló contra su costado.

La cazadora de cuero se le abrió con el impacto.

Reconoció el cuello grueso, la mandíbula cuadrada y los ojos que habían fingido leer el Financial Times desde el asiento 3D.

El lobo de Arlanda no había perdido el rastro de Volkov.

Se había limitado a seguir una ruta diferente hasta Tallin.

El impacto levantó a Christian del suelo y le arrancó el extintor de las manos. El cilindro salió rodando con un estruendo metálico. Christian voló hacia atrás y se golpeó la espalda contra las enormes cadenas de trincaje de un camión. El aire abandonó sus pulmones en un gemido ahogado.

Antes de que pudiera recuperarlo, la bestia rusa cayó sobre él. Una rodilla pesada como un yunque le inmovilizó el pecho y dos manos duras como el cuero se cerraron alrededor de su garganta.

Christian intentó girar la cadera y golpear al hombre en la cara, pero el peso era aplastante. Los pulgares del asesino se hundieron en su tráquea y le comprimieron el cartílago. El polvo químico terminó de asfixiarlo.

La falta de aire fue inmediata. Las venas de las sienes le palpitaban, a punto de reventar.

A través de la visión borrosa, solo distinguía el rostro impasible del matón, manchado de polvo blanco.

Arañó con las uñas el suelo grasiento, buscando un punto de apoyo, cualquier cosa.

El zumbido de los motores empezó a desvanecerse bajo un pitido agudo.

Sus brazos cayeron inertes contra la cubierta.

Se acabó.

Entonces, tras el ruso y abriéndose paso entre la niebla lechosa, una figura pequeña y oscura se recortó en medio del caos. Alguien levantaba una pesada llave de cruceta de acero por encima de la cabeza, dispuesto a descargarla con todas sus fuerzas.