La verdad hundida (Christian Vinther 3) Capítulo 30
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Capítulo 30

Christian empujó la pesada puerta cortafuegos con el hombro y se adentró en las entrañas del MS Estonia . A su alrededor, el estruendo de la bodega de vehículos, atestada de camiones, rebotaba contra las paredes de acero blanco. Bajo sus botas, la cubierta comenzó a temblar.

Un chasquido hidráulico, brutal y sordo, retumbó en la proa. La enorme visera del ferri acababa de cerrarse.

Habían zarpado.

Caminó deprisa hacia el hueco de la escalera de estribor.

Junto a los extintores encontró uno de los teléfonos públicos de a bordo.

Introdujo en la ranura un puñado de monedas de cinco coronas estonias, una tras otra, y marcó el número seguro de Londres.

Tuvo que taparse el oído libre para aislarse del rugido ensordecedor de los cuatro motores principales.

—Ashcroft & Sons —respondió la secretaria.

—McCabe. Rápido. Soy Vinther.

Hubo un clic seco. La voz de su jefe llegó envuelta en escarcha .

—Creí haber sido extremadamente claro sobre la conveniencia de que se alojara en un hotel de Tallin, Vinther.

Christian sonrió.

—He encontrado algo con mejores vistas. Sabemos que el Vironia fue un señuelo, jefe. Volkov nos la jugó, pero yo he sido más rápido. Lo tengo.

Esperó. Quería oír la sorpresa, quizá incluso la validación que McCabe jamás regalaba, pero el silencio al otro lado se volvió absoluto.

—¿Dónde está? —preguntó finalmente.

—A bordo del MS Estonia . Zarpamos hacia Estocolmo en este preciso instante. He encontrado el cargamento. Está aquí abajo.

—Bájese.

—McCabe, usted dijo que el Registro viajaba con ese camión. Si tenía razón, también está a bordo. Volkov está a trescientos metros y yo…

—Le ordeno que abandone ese ferri. Ahora mismo.

A través del grueso ojo de buey salpicado de lluvia, Christian vio cómo el muelle de hormigón de Tallin se convertía en una franja gris que se difuminaba en la oscuridad. El mar abierto rugía, negro y violento.

—Es tarde para eso. Ya estamos en mar abierto.

—¡Dé media vuelta! —El estallido le golpeó los tímpanos. Christian nunca había oído gritar a McCabe—. ¡Vuelva a la pasarela! ¡Láncese al agua si es necesario, pero bájese!

Christian se quedó sin palabras. Tardó unos segundos en responder.

—Ya hemos zarpado. No me voy a bajar .

—¡No discuta mis órdenes!

—Tengo al objetivo. Puedo manejarlo. No necesito que me lleve de la mano, ¿me oye?

—Vinther... No intente hacerse el héroe... —Un chasquido desgarró la línea—. El barco...

Una ráfaga de estática devoró la conexión. La tormenta que azotaba el Báltico empezaba a interferir en la señal de la antena de cubierta.

—Conseguiré el Registro. Yo solo.

—¡Salga de la bodega! —La orden se quebró entre nuevas interferencias.

La línea se hundió en un abismo de ruido blanco y, poco después, murió por completo. El MS Estonia escoró violentamente a estribor al recibir el primer embate del oleaje en alta mar. Un camión rechinó contra sus correas de sujeción.

Si volvía a Londres con las manos vacías, nada de aquello —su esfuerzo, su huida e incluso la traición a Diana en Barcelona— habría servido de nada.

Sabía que el camión y su carga rondaban las cuarenta toneladas.

Volkov estaba en alguna parte de aquel gigante de acero. McCabe podía irse al infierno.

Durante las horas siguientes, Christian recorrió las zonas públicas del ferri sin encontrar a Volkov.

Lo buscó en los restaurantes, en el bar, entre las máquinas recreativas y por los corredores de camarotes.

Vio familias cenando, camioneros bebiendo cerveza y parejas mayores que se retiraban a dormir mientras la tormenta golpeaba las cristaleras.

A las 00:40, cuando empezaba a preguntarse si Volkov había utilizado otro señuelo, lo vio franquear una puerta reservada a la tripulación.

El ruso se dirigía hacia la cubierta.

Christian esperó tres segundos, empujó la puerta de servicio y siguió a Volkov hacia el laberinto de vehículos.