La verdad hundida (Christian Vinther 3) Capítulo 29
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Capítulo 29

La lluvia se había transformado en finas agujas que el viento lanzaba de costado contra las vallas metálicas de la terminal D.

Christian caminó con determinación hacia la zona de aduanas comerciales, donde una hilera de camiones aguardaba su turno bajo unos focos blancos que distorsionaban sus sombras.

La entrada estaba bloqueada por una garita de hormigón en la que dos guardias revisaban pasaportes. Esperó en la oscuridad.

Cuando un gigantesco camión frigorífico recibió luz verde y se puso en marcha con un bufido de los frenos neumáticos, Christian se movió. Caminó pegado a las ruedas gemelas del lado izquierdo, utilizando la mole como escudo visual frente a la garita. Cruzó la barrera oculto por el vehículo.

Una vez dentro del perímetro restringido, localizó la oficina de expedición de mercancías: una caseta prefabricada junto a las rampas.

Aprovechó el ruidoso caos del puerto. El conductor de un tráiler le gritaba al funcionario de guardia mientras agitaba un precinto roto bajo la lluvia.

Con ambos discutiendo a voces, Christian empujó la puerta de chapa y se coló en el interior.

Ignoró el terminal de fósforo verde y fue directo a la pared, donde colgaba un grueso portapapeles de aluminio con el rótulo: «SALIDAS RO-RO · 27 SEPT.».

No intentó descifrar cada formulario. Recorrió únicamente los nombres mecanografiados de remitentes, buques y conductores.

Con el pulso latiéndole en la garganta, empezó a pasar las hojas a toda velocidad, revisando los campos correspondientes al remitente: madereras, empresas textiles, exportadoras de pescado. Pasó diez, quince páginas.

Hasta que se detuvo en seco.

Costa Azul Investments.

Christian sintió el impacto en el centro del pecho. Era la misma empresa pantalla, el mismo hilo del que Diana había tirado días atrás para descubrir la ruta. Recorrió rápidamente el documento con la mirada.

Carga: maquinaria pesada/piezas para equipos frigoríficos.

Buque asignado: MS Estonia .

Firma del conductor responsable: V. P. Volkov.

Christian devolvió el portapapeles a su sitio y salió de la caseta justo a tiempo de fundirse con las sombras antes de que el funcionario regresara maldiciendo. Miró hacia el muelle principal.

Allí estaba.

El MS Estonia se alzaba como una gigantesca muralla de hierro blanco, tragándose los últimos vehículos por la compuerta de popa. Era un monstruo a punto de internarse en la tormenta.

La lluvia le resbaló por la nuca. El eco de la voz glacial de McCabe volvió a golpearlo: «A partir de este instante, queda apartado».

Se giró hacia la terminal con los puños apretados. Compró en efectivo un billete de cubierta con el dinero que le quedaba y echó a correr hacia la pasarela de cristal. El viento le golpeó el rostro. Entregó el billete al marinero, que lo perforó con gesto mecánico.

Christian puso un pie en la rampa metálica.

El eco de sus pasos se ahogó en el rumor grave de los motores del MS Estonia .

Cada peldaño que ascendía lo alejaba un poco más de la posibilidad de regresar.

Iba a encontrar al ruso y completar su primera misión como agente de campo: robar el Registro Báltico.

Cuando empujó la pesada barra antipánico de la puerta de servicio, un golpe cavernoso sacudió la estructura del barco.

El MS Estonia acababa de sellarse.