Capítulo 28
La cafetería junto a las dársenas era una caja de luz amarillenta que ofrecía refugio contra el frío.
Tenía mesas de fórmica rayada, cortinas raídas y una cafetera italiana que parecía haber sobrevivido a la era soviética por pura obstinación.
Christian eligió una mesa junto al ventanal, pidió un té negro que sabía a agua hervida y se dejó caer en la silla.
Su trabajo había terminado. Solo le quedaba buscar un hotel, dormir doce horas seguidas y volver a Londres.
El buscapersonas vibró contra su cadera con un zumbido abrupto que le recorrió la columna vertebral. Miró la pantalla. Tres letras parpadeaban en verde radiactivo: «RED» .
Código de emergencia táctica.
Se levantó de un salto, volcó el té humeante sobre la mesa y salió a trompicones al aire helado. Localizó una cabina telefónica cubierta de arañazos junto a una columna de hormigón y marcó el número seguro de Londres.
La voz de McCabe sonó nítida y glacial.
—Vinther.
—¿Qué ocurre? —disparó Christian, con la vista clavada en la silueta iluminada del ferri—. ¿Tienen al ruso?
—Nuestros contactos en el control de pasaportes de Estline acaban de confirmar el cierre de las rampas —dijo McCabe—. Volkov nunca cruzó la pasarela.
El estómago de Christian se encogió.
—Eso es imposible. Su nombre estaba en la lista VIP. Lo vi con mis propios ojos.
—Lo único que vio fue un nombre en una lista —lo cortó McCabe—. ¿Confirmó visualmente el embarque del objetivo? ¿Lo vio subir al buque?
—No.
—Un truco de desinformación de primer curso de la KGB que hasta un cadete ciego habría detectado.
Los rusos llevan décadas dejando billetes sin dueño para entretener a los idiotas.
Y usted ha mordido el anzuelo hasta el fondo.
La maniobra de un solo hombre ha paralizado toda la operación.
Mi equipo viaja hacia Suecia con las manos vacías por su culpa.
—Yo... Podría haber utilizado otra vía...
—Sobran las palabras —lo interrumpió McCabe—. A partir de este instante, queda apartado de Equilibrium. Vuelva a Londres.
El golpe invisible le destrozó el estómago, aunque el verdadero dolor llegó un segundo después.
—¿Eso es todo?
El clic de la desconexión sonó como un disparo.
Christian se quedó inmóvil, escuchando el tono muerto de la línea.
Colgó con lentitud. Se apoyó contra el metal helado de la cabina y cerró los ojos mientras la lluvia repiqueteaba contra la chapa.
McCabe lo había evaluado, lo había considerado defectuoso y lo había tirado a la basura. Exactamente igual que su padre.
Se enderezó despacio. El agua le resbalaba por la nuca.
El puerto seguía siendo un caos oscuro de grúas, contenedores y bocinas.
Si no estaba en el Vironia , Volkov lo había engañado desde el principio.
Sabía que lo seguían. Le había dejado una pista falsa y Christian la había seguido hasta el final.
Pero el incidente de Santander había revelado el método: Volkov movía tecnología militar en camiones frigoríficos. Y en Tallin lo esperaba el cargamento principal.
Equilibrium había estado persiguiendo a Volkov. Él también. Pero el ruso podía reservar un camarote con un nombre falso, cambiar de ruta y desaparecer. Un camión cargado de tecnología militar no. Necesitaba un manifiesto, espacio en la bodega y una rampa capaz de soportar su peso.
El hombre era el cebo.
El camión, el premio .
Y Christian sabía exactamente hacia qué otro ferri estaban desviando aquella carga.
Echó a correr hacia la zona de aduanas comerciales. No tenía que buscar el nombre de un fantasma. Tenía que encontrar un camión.