La verdad hundida (Christian Vinther 3) Capítulo 27
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Capítulo 27

Mientras tanto, Christian, atrapado en primera línea del atasco, golpeaba el asiento delantero.

—¡Pase, joder! ¡Pase! —gritó.

El estonio golpeó el volante y farfulló, pero el denso tráfico no cedió. Para cuando los camiones despejaron la intersección, la calle estaba vacía. El Mercedes gris se había esfumado.

El frío del Báltico se coló por la ventanilla.

Se ha ido.

Christian bajó del taxi y echó a correr hacia la inmensa fachada de hormigón coronada por el letrero «TERMINAL A».

El puerto lo recibió con una bofetada de viento que olía a pescado podrido.

El interior era un enorme hangar de cristal sucio, abarrotado de pasajeros bajo letreros luminosos y carteles incomprensibles.

En las pantallas aparecían salidas hacia Estocolmo, Helsinki y otros destinos cuyos nombres apenas podía pronunciar.

Respiró hondo. Volkov había ido a Tallin para cruzar el Báltico.

Su nombre tenía que figurar en la lista de pasajeros de alguno de aquellos ferris.

Se abrió paso hasta los mostradores de la naviera Estline. Eligió a la empleada que parecía más abrumada. Apoyó las manos en el mostrador, adoptó la actitud de un asistente corporativo al borde del pánico y deslizó un billete de cien marcos alemanes bajo el pasaporte.

—Señorita, tiene que salvarme la vida —dijo en inglés—. Mi jefe ha llegado en avión desde Estocolmo y me ha dejado atrás con su medicación para el corazón. Vasili Volkov. ¿Puede comprobar si ha embarcado? Si le da un infarto, me despiden.

La mujer miró el billete, equivalente a varias semanas de sueldo. Bajó la vista hacia una pila de hojas impresas con las reservas de última hora y recorrió los márgenes con el dedo.

—Aquí está —murmuró mientras ocultaba el billete bajo los papeles—. Volkov, Vasili. Billete de solo ida. Ferri Vironia . Camarote VIP.

Una sacudida de adrenalina le atravesó el pecho. Lo tenía.

Antes de salir, cambió parte de los marcos que llevaba por coronas estonias. En la primera cabina telefónica introdujo varias monedas y marcó Londres.

—Vinther —respondió McCabe al primer tono.

—Volkov embarcará en el Vironia , de la naviera Estline —soltó Christian, con el triunfo vibrándole en la voz—. Tiene un camarote VIP. Puedo subir a bordo, mantenerlo bajo vigilancia hasta que...

Al otro lado se hizo un silencio .

—Ya tengo un equipo preparado. Les transmitiré la posición del objetivo —dijo McCabe al fin—. Buen trabajo de rastreo, Vinther. Métase en un hotel y descanse. Nosotros nos ocuparemos del ruso.

La línea hizo clic.

Christian se quedó con el auricular pegado a la oreja. Acababa de entregarle el objetivo en bandeja y, a cambio, McCabe volvía a despacharlo como a un recadero.

A través de la lluvia que empezaba a golpear el cristal, contempló los muelles. Había dos grandes barcos atracados. A su izquierda, iluminado únicamente por las luces de mantenimiento, descansaba el Vironia . La rampa ya estaba levantada y el ferri zarparía de un momento a otro.

Christian apretó los puños, furioso por haberse quedado en tierra. No tenía ni la más remota idea de que, en Londres, el nombre Vironia acababa de activar una cadena de comprobaciones que nadie se molestaría en explicarle.