Capítulo 20
Había desatornillado la rejilla con la presilla metálica del cinturón.
Al pegar la oreja al conducto vertical, descubrió que aquellos tubos antiguos funcionaban como perfectas cajas de resonancia.
Con la cabeza apoyada torpemente contra los azulejos, captó la vibración metálica que descendía desde el techo.
Volkov no dormía.
No hubo visitas. No hubo llamadas. Solo el crujido ocasional de un muelle y el ritmo hipnótico de unas pisadas sobre la moqueta.
El cansancio le cayó encima como una losa. Al final, el frío venció su resistencia y la barbilla de Christian descendió hasta el pecho.
A las cinco y media, un golpe seco lo arrancó del letargo. Abrió los ojos en medio de la oscuridad. El corazón le dio un vuelco. Intentó enderezarse de golpe, pero un latigazo de dolor le atravesó las cervicales. Se quedó inmóvil, mordiéndose el labio para no soltar un quejido.
Pegó la oreja al conducto, aterrorizado.
Silencio.
Se ha ido.
Entonces, tres pitidos electrónicos, rápidos y secos, descendieron por el conducto. Arriba, alguien descolgó un auricular. La voz de Volkov llegó grave y hueca a través del tubo, arrastrando las erres en un inglés áspero:
— I need a cab to Arlanda. Terminal Five. Ten minutes.
El ruso estaba pidiendo un taxi para regresar al aeropuerto.
Christian se incorporó como un resorte, frotándose la nuca con una mueca de dolor. Terminal 5. Vuelos internacionales. Volkov volvía a moverse.
Encajó la rejilla con un golpe sordo, sin perder tiempo en atornillarla.
Salió de la bañera con las piernas entumecidas, cogió la cazadora de cuero y dejó la llave de la habitación sobre la cama.
Abrió la puerta y salió al pasillo. Si el ruso aparecía en el vestíbulo al cabo de diez minutos, Christian tenía que estar dentro de un taxi, apostado en la esquina, antes de que se cumpliera el noveno.