Capítulo 21
Vasili Petróvich Volkov entregaba el pasaporte a la agente de facturación.
Pero Christian no vigilaba únicamente al ruso.
Examinaba sin descanso a cada persona situada en un radio de treinta metros.
Con los equipos de McCabe desplegados para el plan original en Tallin, Christian era el único que seguía pegado a Volkov.
Estaba jodidamente solo. Si lo perdía de vista un solo instante, el ruso desaparecería.
Christian esperó a que se alejara, corrió hacia el mostrador de billetes de última hora y deslizó su credencial de British Airways sobre la superficie pulida .
La agente de SAS consultó la ruta en el ordenador. Su expresión profesional se congeló al reparar en su camisa arrugada y en la ausencia de corbata.
—El vuelo está cerrado y completo. Además, hay pasajeros en lista de espera.
—Me conformo con el jump seat . Tienen a un tripulante en traslado asignado al asiento auxiliar trasero para reincorporarse al servicio, ¿verdad?
La agente parpadeó, desarmada por el uso preciso de la jerga técnica.
—Sí, pero no puedo autorizarle el acceso a bordo sin el uniforme completo. Es política de la compañía. Además, necesito la firma del responsable de operaciones.
—Si espero al responsable de operaciones, perderé el vuelo —la interrumpió Christian.
Se inclinó hacia delante y bajó la voz hasta convertirla en una súplica tensa—.
Mi sobrecargo está en Tallin. Si no llego a la rotación de esta noche por un problema de vestuario, estoy en la calle.
Y los dos sabemos que puede anular el bloqueo del sistema. Por favor.
La agente le sostuvo la mirada. Resopló, tecleó una secuencia y extrajo una tarjeta de embarque de papel.
—Asiento auxiliar trasero, junto al baño. Sea discreto y no moleste a los pasajeros.
Christian esperó hasta que los últimos pasajeros hubieron embarcado. Entró al final de la fila, con la cabeza baja y pegado a dos tripulantes de SAS, y fue directamente al asiento auxiliar trasero. Volkov ya estaba sentado en el 12C, mirando hacia delante.
Cuarenta minutos más tarde, Christian estaba sujeto por un arnés de cuatro puntos en el asiento auxiliar trasero, orientado hacia la cabina de pasajeros.
Había embarcado el último y no pensaba abandonar aquel asiento hasta tomar tierra.
Desde la cola tenía una vista perfecta de la nuca de Volkov, sentado en el 12C.
No se levantó ni una sola vez.
El vuelo duró una hora sobre el Báltico, que parecía una plancha de plomo surcada por cicatrices blancas.
Al tomar tierra en la pista húmeda y oscura del aeropuerto de Ülemiste, Christian tuvo que contener la impaciencia que le abrasaba por dentro: al ser el último en desembarcar, corría el riesgo de perder de vista al objetivo.